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29 Septiembre 2020

¿Por qué el mundo necesita un nuevo Consejo de Seguridad?

¿Por qué el mundo necesita un nuevo Consejo de Seguridad?
Alberto Rojas M.
Boletín Observatorio Internacional
No. 50 / Septiembre-octubre 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 

 

En el calendario de efemérides de 2020, ocupaba un lugar especial la conmemoración de los primeros 75 años de existencia de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), que en septiembre inició su nuevo periodo de sesiones. Sin embargo, en esta ocasión -debido a la pandemia-, las celebraciones han sido mucho más modestas y los tradicionales discursos de los principales líderes mundiales fueron reemplazados por intervenciones online.

A pesar de todo lo anterior, en este aniversario tan emblemático, un tema recurrente desde hace al menos dos décadas ha vuelto a cobrar visibilidad: la necesidad de reestructurar el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.

Cuando la ONU nació en 1945 -a la sombra de un mundo que comenzaba a dejar atrás los horrores de la Segunda Guerra Mundial-, su objetivo era transformarse en un foro en el que los países pudieran resolver sus diferencias a través de la vía diplomática, sin necesidad de entrar en conflicto. En gran medida, la misma idea que había inspirado a su fallida predecesora: la Liga de las Naciones.

De esta forma, el Consejo de Seguridad se convirtió en el “corazón” de la ONU, en la medida que este organismo asumió la responsabilidad de mantener la paz y la seguridad a nivel mundial. Una tarea compleja, que a lo largo de las décadas ha estado marcada por diversos aciertos y fracasos.

Diferentes candidatos

Actualmente, el Consejo de Seguridad está compuesto por quince países, separados en dos categorías distintas. Están los miembros permanentes (Estados Unidos, Rusia, China, Reino Unido y Francia) y los miembros no permanentes, que van rotando cada dos años.

El punto es que al momento de autorizar el uso de la fuerza militar o el establecimiento de sanciones económicas, los miembros no permanentes pueden votar a favor, en contra o abstenerse.

Consejo de Seguridad

Por su parte, los miembros permanentes tienen esas mismas tres opciones, pero además pueden ejercer su derecho a veto, que muchas veces sirve como un instrumento para bloquear votaciones que puedan afectar los intereses de alguno de ellos o de sus aliados. Y que en más de una oportunidad ha acabado entrampando temas que exigían una solución rápida.

Al margen de las diferentes atribuciones de los países que lo integran, lo cierto es que el actual Consejo de Seguridad representa un mundo que ya no existe. Esto, porque los miembros permanentes originales eran los vencedores de la Segunda Guerra Mundial y después, al sumarse China, se convirtió en el grupo de países que tenían el monopolio de las armas nucleares.

Todo lo anterior cambió a partir de diciembre de 1991, con la desaparición de la Unión Soviética y el fin de la Guerra Fría. Y el mundo pasó de una estructura bipolar (post Segunda Guerra) a un escenario que EE.UU. defendió durante gran parte de los años ’90 como unipolar, aunque en la práctica el sistema político internacional fue avanzando hacia un modelo multipolar.

Asimismo, el desarrollo de armas nucleares dejó de ser privilegio de los cinco miembros permanentes del Consejo, ya que hace décadas que Pakistán, India y Corea del Norte cuentan con arsenales de este tipo.

Desde entonces, ha habido tiempo suficiente para reformar el Consejo de Seguridad, y hacerlo más democrático y representativo del mundo actual. El punto es que las grandes potencias parecen tener poco interés en compartir el poder que han ejercido a lo largo de 75 años.

El primer paso de una eventual reestructuración implicaría eliminar las diferencias entre miembros permanentes y no permanentes, lo que ciertamente sería resistido por los integrantes del primer grupo. Pero otra opción podría ser, al menos, aumentar el número de miembros permanentes. ¿Y qué países podrían sumarse? Hay varios candidatos.

Sede ONU

Alemania, en su condición de indiscutida potencia política y económica de la Unión Europea, sería una opción lógica. Sobre todo, cuando Berlín ha demostrado su capacidad (además de voluntad) para buscar acuerdos, además de sensibilidad ante temas como las cada vez más frecuentes crisis humanitarias.

Otro candidato es Japón. Un actor imprescindible en términos de la economía mundial y líder en el ámbito del desarrollo tecnológico. A lo cual se suma su vocación pacifista, por ejemplo, en la búsqueda del desarme y control de las armas nucleares.

India, que es un verdadero subcontinente, el segundo país con mayor población del planeta y una potencia nuclear, también debería sumarse como miembro permanente, al igual que Brasil, Sudáfrica, Australia o Corea del Sur.

¿Por qué no podría existir un asiento permanente para América Latina y el Caribe, que fuera ocupado de manera alternada por países de esta región? Lo mismo se podría replicar con miembros de continentes como África u Oceanía.

Las opciones solo están limitadas por la voluntad de las grandes potencias.

Sin embargo, es importante reconocer que Naciones Unidas es lo que los países que la integran -incluido Chile- han querido que sea a lo largo de sus 75 años. De modo que una coyuntura tan grave como la actual pandemia, podría ser la ocasión para detenerse a repensar el funcionamiento del Consejo de Seguridad.

Es urgente actualizar y ampliar una institución de su importancia y que eso cambie antes de 2045, cuando la ONU cumpla su primer siglo de existencia. De lo contrario, podría correr el riesgo de acabar como la Liga de las Naciones.

 
 
Alberto Rojas Moscoso
Director del Observatorio de Asuntos Internacionales
Facultad de Comunicaciones y Humanidades Universidad Finis Terrae.
Periodista, Universidad Diego Portales.
Magíster en Ciencia Política, mención Relaciones Internacionales, Pontificia
Universidad Católica.