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24 Abril 2019

Brasil: Bolsonaro y sus primeros cien días en el poder

Brasil: Bolsonaro y sus primeros cien días en el poder
Gonzalo Vega S.
Boletín Observatorio Internacional
No. 37. Abril 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 

“Misión dada, es misión cumplida”, es una de las frases favoritas del presidente Jair Bolsonaro. ¿Cuál es la misión –autoimpuesta- del Mandatario? Producir cambios profundos en un país golpeado por la mayor crisis económica de su historia, la corrupción generalizada, una violencia creciente y romper con la “vieja política”. ¿La está cumpliendo? Por ahora no, aunque, claro, esto recién comienza.

El retirado militar ha obtenido algunos logros, como presentar una propuesta de ley impulsada por el juez del caso Lava Jato, Sergio Moro —actual ministro de Justicia- para luchar contra el crimen organizado y la violencia; la privatización de una decena puertos, y la entrega en concesión de 12 aeropuertos en licitaciones exitosas, que se consideraron como una prueba de la confianza de los inversores extranjeros.

Sin embargo, estos hechos se han visto eclipsados por conflictos internos, el estancamiento legislativo, declaraciones controvertidas de funcionarios de un gobierno que suele generar sus propias crisis, y un marcado descenso en su popularidad: Bolsonaro es el mandatario peor evaluado en sus primeros meses de mandato desde el regreso a la democracia, en 1990. Solo el 32% de los brasileños tiene una opinión positiva sobre cómo lo ha hecho el Gobierno.

El eje de todo

Hay acuerdo en que el futuro político de Bolsonaro depende de la reforma previsional, pilar fundamental de su política económica, pero que es fuertemente resistida por los sindicatos y sectores de la izquierda brasileña. Según los especialistas, el sistema previsional brasileño es una bomba de tiempo que, de estallar, augura una profundización de la crisis a límites que pueden ser insospechados. El ministro de Finanzas, Paulo Guedes, se lo dejó claro a los legisladores: el país gasta diez veces más en pensiones que en educación.

El déficit previsional en 2018 alcanzó los US$ 77 mil millones (más del 4% del PIB), y el proyecto del Ejecutivo promete un ahorro fiscal de US$ 310 mil millones la próxima década, lo que le permitiría acabar con el déficit fiscal y liberar recursos para la inversión en áreas esenciales como salud y educación, y atraer la siempre necesaria inversión extranjera, la que ha estado estancada en los últimos años.

La reforma plantea, en un plazo de diez años, avanzar desde un sistema de reparto hacia uno de capitalización individual privado -similar al chileno-, con una edad mínima para jubilar de 62 años para las mujeres, y 65 para los hombres. El problema es que si no se aprueba la reforma previsional, Bolsonaro deberá aplicar otras políticas de ajuste para evitar traspasar el techo de gasto público que se impuso constitucionalmente durante la administración de Michel Temer.

Según los análisis, es probable que la reforma sea aprobada en el Legislativo -necesita tres quintos de los votos de los senadores y diputados-, pero sufriendo modificaciones que le permitirían ahorrar al fisco solo un 60% de la propuesta original. Ante ese escenario, los mercados ya pronostican que Brasil no podrá cumplir con sus obligaciones, controlar su deuda pública ni recibir inversiones de la magnitud que se esperan.

La colectividad de Bolsonaro, el Partido Social Liberal, solo controla 54 de los 513 escaños, y el mandatario no ha logrado construir alianzas. Ha pretendido gobernar sin negociar con diputados y senadores, con el fin de lograr apoyos, pero sin tener que distribuir cargos u otros beneficios a cambio de ese respaldo. Esto le ha significado derrotas políticas en el Legislativo, y un estancamiento en la agenda del gobierno.

Un gobierno con botas militares

La falta de respaldo en el Congreso va de la mano con el importante sello militar de su gobierno. Vamos viendo. Bolsonaro fue oficial de Ejército; su vicepresidente, Hamilton Mourão, es general (r); un tercio del gabinete es de origen militar, y alrededor de 100 cargos secundarios pertenecieron a alguna rama de las Fuerzas Armadas.

Esto marca un hito en la creciente participación de militares en la política brasileña desde la crisis de 2013. Sin embargo, no necesariamente es un lastre para Bolsonaro, ya que los militares históricamente han gozan de un alto índice de confianza en la sociedad, pese a los 21 años de dictadura militar (1964 a 1985).

En un país golpeado por el escándalo de Lava Jato y sus largos e interminables tentáculos, las Fuerzas Armadas representan la honestidad frente a la corrupción de la política, la respuesta ante la violencia y un soporte para un Bolsonaro con bajo respaldo de partidos políticos.

La influencia de los militares no es solo presencial, sino que también se ha hecho notar en la posición de Brasil respecto de la crisis venezolana, moderando la postura más beligerante del Ejecutivo.

Ruido interno

Bolsonaro también ha sufrido traspiés internos. En febrero, tuvo que sacar de su cargo al secretario general de la Presidencia, Gustavo Bebianno, luego que se revelara la supuesta existencia de un esquema para crear candidatos “fantasma” en el partido oficialista. Y a comienzos de abril, y tras una serie de polémicas que implicaron la salida de varios funcionarios de la cartera, destituyó a su ministro de Educación, Ricardo Vélez Rodríguez, un filósofo de origen colombiano identificado con causas ultraconservadoras.

La salida de Vélez se enmarca en un “gallito” entre dos sectores que, según la prensa brasileña, se disputan la influencia en el gobierno: el ala militar y el ala “ideológica”, que tiene entre sus representantes al canciller Ernesto Araújo.

Un giro en 180°

En el plano internacional, Bolsonaro debutó como mandatario en el Foro de Davos, en enero pasado, y su intervención era muy esperada por los inversionistas, quienes veían en el nuevo presidente brasileño, y en especial en su ministro de Finanzas, Paulo Guedes, la esperanza de una recuperación económica del gigante sudamericano. Sin embargo, su discurso fue decepcionante, y no incluyó propuestas claras para los inversores internacionales.

Paralelamente, con sus visitas a Estados Unidos, Chile e Israel, dejó en evidencia su ruptura con la diplomacia de los gobiernos de izquierda de la región: eliminó la exigencia de visas para estadounidenses, canadienses, japoneses y australianos, sin reciprocidad; participó en el lanzamiento de Prosur, foro que pretende reemplazar a Unasur, entidad creada cuando la izquierda estaba en auge en la región; y se comprometió a trasladar la embajada de Brasil en Israel a Jerusalén, lo que por ahora no ha cumplido por la presión de sectores militares vinculados al ámbito agrícola, quienes temen perder presencia en mercados árabes.

Pero todo lo anterior queda en segundo plano ante lo central: la reforma previsional. Su eventual aprobación no bastará para que Brasil vuelva a crecer a buenas tasas, porque se requieren –además- una reforma tributaria y otras medidas para aumentar la competitividad. Pero las pensiones son el pilar principal. Y el escenario lo graficó muy bien el vocero de Gobierno: “Tenemos dos alternativas. Aprobar la reforma de pensiones o hundirnos en un pozo sin fondo”. Un desafío de proporciones para Bolsonaro y su equipo.

Gonzalo Vega Sfrasani
Periodista, Universidad Finis Terrae.
Subeditor de Opinión e Internet de El Mercurio.
Profesor de Chile Contemporáneo: Instituciones Políticas, en la carrera de Periodismo de la Universidad Finis Terrae.
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