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24 Septiembre 2020

Cómo entender el populismo, la demagogia y el personalismo

Cómo entender el populismo, la demagogia y el personalismo
Eduardo Olivares C.
Boletín Observatorio Internacional
No. 50 / Septiembre-octubre 2020
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 

Durante los últimos años, conceptos como el populismo se han levantado como una ola en la tormenta. En medio de las corrientes políticas disruptivas que han sacudido al hemisferio norte y los conflictos ideológicos que también se han intensificado en Chile, han surgido de unos las acusaciones hacia otros de comportarse como populistas, y hay también quienes llevan las banderas del populismo con genuino orgullo.

Sin embargo, el mar de los conceptos se ha arremolinado. Lo que unos denotan como actitudes “populistas” son en realidad meras descripciones de demagogia, y lo que otros llaman liderazgos populistas pueden ser mejor catalogados como personalismos.

¿De qué realmente hablamos cuando mencionamos todos esos términos?


El asunto del populismo

 

En 1967, el académico norteamericano Richard Hofstadter expuso un paper en una conferencia sobre populismo realizada en Londres. El titulo del documento fue: “Todos hablan del populismo, pero nadie puede definirlo”. Ya entonces, por lo tanto, se trataba de un concepto muy utilizado e igualmente difuso.

El populismo corresponde principalmente a un discurso político, una tradición política o un movimiento distintivo que propone que existe una oposición entre una élite habitualmente “corrupta” y un pueblo “puro”.

Lo que sigue es una corriente que asegura que cualquier institución que va contra los “designios” del pueblo está corrompiendo al propio sistema político. Son las élites, por lo tanto, las que ensombrecen la voluntad soberana de los ciudadanos que estarían oprimidos.

Un populista se define como un representante verdadero de ese pueblo y, por lo mismo, antagónico ante las clases dirigentes. Para esos movimientos, las élites suelen estar constituidas por empresarios, políticos profesionales y medios de comunicación, entre otros actores privilegiados.

Persona escuchando a un politico

Según Cas Mudde y Cristóbal Rovira, existen populismos de izquierda y de derecha. Los populismos de izquierda suelen hablar del pueblo cuyos derechos han sido atropellados, donde hay desigualdades perpetradas por las élites dirigentes. El populismo de derecha, en cambio, apela al pueblo como un conjunto perteneciente a una nación. Por eso, en algunos casos, se habla de “nativismo”, que distingue entre los “locales” y los “alienígenas”; en tales casos, es la élite la culpable de horadar los valores nacionales.

En países como Chile, el populismo representa una degradación de la política, y de hecho el adjetivo “populista” se entiende en forma peyorativa. El segundo gobierno de Carlos Ibáñez del Campo se considera populista, en línea con la influencia que en América Latina ejerció el peronismo (Argentina).

Pero el populismo, en cualquier caso, tiene sus defensores a ambos lados del espectro. El propio Hofstadter publicó en 1955 un libro que muestra que los orígenes del populismo en Estados Unidos provienen del Partido del Pueblo, en el siglo XVIII, de sentido antioligárquico (sobre todo contra Wall Street).

Franklin D. Roosevelt es considerado uno de los presidentes más ilustres de la historia de ese país y fue un populista. El estratega de la primera campaña presidencial de Donald Trump, Steve Bannon, también enarbola la bandera del populismo, e incluso intentó crear un movimiento (bautizado precisamente como “El Movimiento”) de populistas europeos.

En el otro extremo, autores como Ernesto Laclau hablan del populismo como un “modo de política”. La lectura marxista de Laclau y de otros teóricos contemporáneos reivindican el concepto como uno que unifica una demanda contra un enemigo común. Es en ese camino cuando el colectivo popular se vuelve un sujeto que busca desasirse de, por ejemplo, la presión oligárquica.

 

El asunto de la demagogia

 

Si el populismo sirve como gran canal discursivo de ideologías de cualquier sector del espectro, la demagogia es más bien un filtro distorsionador. La demagogia es una práctica política consistente en la apelación a los instintos de deseo y de prejuicios populares.

En términos directos, el demagogo es aquel que adula al pueblo, aunque en ese propósito lo engañe. La demagogia como discurso ha sido criticada desde Platón (en su lucha contra los sofistas) y Aristóteles en adelante, y retratada en forma sarcástica en obras desde Aristófanes a Shakespeare. El odio, por ejemplo, es un recurso recurrente de los demagogos, planteaba Platón. Y puede ser el canal mediante el cual se establezcan regímenes autoritarios, advertía Aristóteles.

Persona pancarta protesta

Se trata simplemente del obedecimiento torcido a las masas, pero no necesariamente al “pueblo” como ocurre con el populismo. Se puede ser populista y demagogo, sí, pero también se puede ser un demagogo pluralista o elitista. El demagogo azuza las pasiones, manipula los temores de las personas y pervierte la verdad para servir a su causa.

Otras de las palabras con las que se ha conocido la demagogia son las de bonapartismo, cesarismo y asambleísmo.

En definitiva, la demagogia corresponde a un discurso engañoso, vacío de contenidos coherentes, vinculados con una retórica pomposa y ligera, pero cuyas consecuencias suelen resultar dañinas para la convivencia política y por cierto democrática.

 

El asunto del personalismo

 

El personalismo en la política, por otra parte, es la exacerbación de un liderazgo. Apunta a la exaltación de ideales personales en lugar de valoraciones institucionales. El personalismo político convierte a una entidad, por ejemplo a un partido, en un puro vehículo que canaliza los deseos, aspiraciones y determinaciones de su líder directamente hacia sus seguidores.

En tal sentido, el personalismo se relaciona con el caciquismo o caudillismo. Un líder eventualmente carismático no solo dirige la organización que encabeza, sino que en particular la hace parte de sí al punto de resultar indistinguible una de la otra.

El personalismo más extremo deriva en el culto a la personalidad (la deificación del líder), mientras que el personalismo más atenuado puede conducir a la creación ya sea de una tendencia ideológica (incluso tan vaga como el peronismo) o de la institucionalización de un partido una vez desaparecido el líder.

El personalismo, por lo tanto, no es ni una ideología ni una práctica político-discursiva, sino la articulación de un movimiento determinado alrededor de una figura carismática. Se puede ser un líder personalista dentro de un movimiento populista o uno pluralista, y el líder en cuestión puede ser un demagogo o un orador elocuente que apele a discursos racionales.

 

Todos los asuntos

 

Los conceptos de populismo, demagogia y personalismo –y otros– suelen intercambiarse como si se tratara de ideas parecidas. En algunos casos se les utiliza para designar en forma peyorativa los discursos o acciones de rivales políticos. Además, se trata de términos antiguos y en ocasiones suficientemente elásticos en sus límites, lo que aviva la confusión de cómo aplicarlos adecuadamente.

Sin embargo, se trata de categorías distintas. El populismo puede entenderse como una ideología o como un tipo de discurso político, y en cualquiera de los dos casos apunta a una confrontación entre el pueblo virtuoso y una élite corrupta. La demagogia es una actitud discursiva, o un comportamiento, que simplemente apela a los sesgos más elementales de las masas. Y el personalismo, a su vez, es una estructura o a lo sumo un movimiento de ideología inespecífica que encarna en un líder la identidad de una institución.

Se puede ser personalista, demagogo y populista, pero también pueden darse cualquiera de las combinaciones alternativas que apunten a organizaciones más institucionalizadas, discursos más racionales e ideologías más pluralistas.

 
 
Eduardo Olivares Concha.
Periodista, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en Estudios Internacionales y del Pacífico, Universidad de California,
San Diego.
Doctor en Ciencia Política, Universidad de Manchester.
Profesor de Economía Chilena en la carrera de Periodismo de la Universidad
Finis Terrae.
Ha trabajado en el Diario Financiero, La Tercera y El Mercurio.
Actualmente es editor general de Pauta.
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