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12 Octubre 2019

Desarrollo y liderazgo alemán a 30 años de la caída del Muro de Berlín

Desarrollo y liderazgo alemán a 30 años de la caída del Muro de Berlín
Luis Lira C.
Boletín Observatorio Internacional
No. 43 / Octubre 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 
 

La Historia no se compone de grandes momentos épicos, si no de decisiones y -muchas veces- de errores que traen a la luz nuevos ciclos. Por eso, si hubiera que buscar al responsable de gatillar la caída del muro de Berlín, aquella noche del 9 de noviembre de 1989, esa persona es Gunther Schabowski.

Miembro del Partido Socialista Unificado de Alemania Oriental -que mantenía el control político y de la sociedad completa de dicho país-, Schabowski tenía la misión de comunicar en conferencia de prensa las nuevas condiciones para que los alemanes del este viajaran al extranjero.

El tema rondaba hace mucho en la cúpula del partido. La buena voluntad promulgada por Mijaíl Gorbachov y la “perestroika” con los países de Occidente, de a poco fue permeando las barreras de la “cortina de hierro” que separaba ideológicamente los países aliados a Estados Unidos y la Unión Soviética.

Esta buena voluntad va se había manifestado en la primera mitad de 1989, con la eliminación de los alambres de púa entre Austria y Hungría. Entonces, miles de alemanes del este aprovecharon el momento de atravesar de Budapest a Viena para solicitar asilo en la embajada de Alemania Federal.

Esto se replicó hacia otras latitudes, como Checoslovaquia, por lo que la cantidad de alemanes orientales que hicieron este trayecto, unos 400.000 mil, era una cifra imposible de ocultar para las autoridades de la República Democrática Alemana (RDA).

Para dar muestras de estabilidad ante esta gran fuga, las autoridades decidieron eliminar el enorme papeleo para viajar al exterior. La idea era implementar esto ordenadamente desde el 10 de noviembre, pero la pregunta atribuida al periodista italiano Riccardo Ehrman a Schabowski, cambió las cosas: “¿Desde cuándo se implementará esto?” Schabowski malinterpretó las cosas: “Ab sofort”, dijo. De inmediato.

Los noticiarios de la República Federal Alemana (RFA) transmitieron la información y sus vecinos del este salieron de inmediato en dirección al muro. La avalancha de gente fue imposible de controlar para los soldados, que durante la noche abrieron los puntos de paso: se había terminado el muro de Berlín y se daba rápidamente inicio a un proceso de reunificación que nadie pensó que se daría en menos de un año.

A treinta años de este hecho, Alemania es el país económicamente más poderoso del continente y que tira del carro de la Unión Europea (UE). En este aspecto, la Canciller Angela Merkel, ya en su cuarto período, es reconocida como la líder “de facto” de un mundo libre y voz autorizada para planificar el recorrido de los partidarios de la integración en Bruselas.

Tras evidenciar por televisión problemas de salud -que no han sido comentados por el gobierno-, Merkel anunció que el actual será su último período al mando de Alemania. Esto, sin duda requiere la búsqueda de liderazgos en el Partido Demócrata Cristiano (CDU), cuyo relevo en Annegret Kramp-Karrenbauer como líder no logra encantar al votante alemán.

A nivel europeo, la elección de Ursula Von der Leyen como presidenta de la Comisión Europea, también es un fuerte apoyo a la presencia de Merkel en Europa, por lo que su desempeño marcará también el legado de la Canciller a futuro.

Ad portas de un nuevo ciclo, conviene revisar el recorrido de Alemania antes y después del 9 de noviembre de 1989.

 

El muro de la vergüenza

 

Previo al fin de la Segunda Guerra Mundial, las potencias que a la postre serían las “vencedoras” del conflicto, se juntaron a planificar el mundo posterior a 1945. La mayor inquietud era cómo evitar un nuevo enfrentamiento que, con el auge de las armas atómicas, traería al mundo un daño irreparable y definitivo.

Así nacen, sucesivamente, Naciones Unidas y la Comunidad Económica Europea. Paralelamente a esto, se evidencian las diferencias de procedimiento económico e ideológico entre Estados Unidos y la Unión Soviética, dando inicio al proceso de Guerra Fría. Y en el camino, los vencedores se preguntaron también qué hacer con Alemania.

Para evitar la aparición de un nuevo Hitler, Estados Unidos propuso la entrega de un subsidio para la reconstrucción de Alemania y los países de Europa, conocido como Plan Marshall. Esto permitiría a los países aludidos recuperar la vía del desarrollo y devolver el dinero invertido.

Paralelamente a esto, Alemania quedó bajo control de las cuatro potencias vencedoras agrupadas en la zona oeste (Estados Unidos, Reino Unido y Francia) y la zona este bajo control soviético. Berlín también quedó bajo la administración de las cuatro potencias.

De esta forma, la influencia de la Guerra Fría hizo que la parte occidental se configurará en la República Federal Alemana, con Bonn como capital, y la parte soviética como la República Democrática Alemana. ¿Y Berlín? Quedó dividida en dos partes, siendo la parte este, la nueva capital de Alemania Oriental.

Desde el primer momento la división de Berlín fue un dolor de cabeza para las autoridades del Partido Socialista Unificado de Alemania Oriental, que veían la preferencia de sus ciudadanos de trabajar o hacer negocios en la parte oeste. Esto tuvo un final abrupto en 1961 con la construcción de un muro que rodeara toda la zona occidental de Berlín.

“Muro de protección antifascista”, fue llamado por las autoridades, mientras que desde Occidente fue catalogado como “el muro de la vergüenza”. No se sabe con exactitud la cantidad de fallecidos que intentaron atravesar sus 140 kilómetros totales, pero fue el signo palpable del mundo dividido en la Guerra Fría.

Hasta su caída en 1989, el progreso llegó a Alemania Occidental de la mano de Helmut Kohl y de la Democracia Cristiana (CDU), con la implementación de los principios de la “revolución conservadora” de los años 80, encabezada por Ronald Reagan y Margaret Thatcher.

placa muro de berln

Kohl llevó con éxito los principios neoliberales de menos “Estado de bienestar” y más inversión privada. Por su parte, Alemania Democrática se convirtió en el “hijo rebelde” de la órbita soviética.

Contrario a la “perestroika” impulsada por Gorbachov, la administración de Erich Honecker fue quedando cada vez más aislada, con la ciudadanía reclamando mayores libertades.

La caída del muro trajo de inmediato el deseo de la reunificación. Los más optimistas daban un plazo de cuatro años como mínimo, pero la convocatoria a elecciones parlamentarias en marzo de 1990 confirmó el deseo de la mayoría.

La Democracia Cristiana se articuló por toda Alemania, mientras que el partido socialista oriental se reinventó en el partido socialista (SPD), un movimiento partidario de mantener una Alemania Oriental, pero con reformas.

Como este partido sacó un porcentaje menor de las votaciones, el camino quedó abierto para que Alemania volviera ser un solo país. Con una documentación de más de mil páginas (lista en agosto de 1990) y con el apoyo de las potencias dominantes de la época (Estados Unidos, Unión Soviética, más Reino Unido y Francia) en la Conferencia 2+4, se dio el vamos para que Alemania volviera a ser una sola el 3 de octubre de 1990.

 

Desarrollo y diferencias

 

Con los bonos en alto, Helmut Kohl continuó como Canciller de la Alemania reunificada. Al gabinete entraron miembros provenientes del sector oriental, como Angela Merkel, doctora en Química e hija de un pastor protestante de Hamburgo, quien desempeñó gran parte de su labor en Berlín.

Al alero de Kohl, quien llamaba a Merkel “meine Mädchen” (“mi niña”), Merkel se desempeñó como ministra de la Mujer y luego en la cartera de Medioambiente, creciendo en popularidad hasta que los democratacristianos perdieron el poder a manos de los socialistas de Gehrard Schröder, en gran parte por las acusaciones de corrupción contra Kohl.

El rostro de la reunificación cayó en el desprestigio, y en este período Angela Merkel asumió el liderazgo del partido, que regresó al poder en 2005 y en el que se ha mantenido por cuatro períodos, superando a íconos como Konrad Adenauer y a su mismo mentor.

También en los 90 se hizo un esfuerzo importante por equilibrar la economía de los estados del antiguo este. Se implementó una institucionalidad para privatizar empresas y colocarlas en el “juego” neoliberal.

La ciudadanía acusó recibo de estas diferencias y desarrolló una nostalgia por el antiguo sistema (Ostalgie) reflejado en la venta de productos y distintivos que se encontraban en la antigua Alemania.

el muro de berlin

De todas formas, el país se erigió como el más sólido de Europa continental, y en los años de Merkel se vivieron dos desafíos importantes: la crisis económica de 2008 y la crisis migratoria en la década posterior. En dichos momentos, aplicando medidas no exentas de críticas, Angela Merkel y Alemania dieron muestras de liderazgo: sobre el tema económico, Merkel y el presidente francés de turno (Sarkozy, Hollande y Macron) impulsaron fuertes medidas de austeridad, recortando los beneficios estatales a los que los europeos están acostumbrados. También, a través de la UE y otras instituciones económicas, coordinaron los salvatajes a los países más afectados de la región, como Grecia y España.

El segundo punto está ligado al flujo migratorio derivado -en gran parte- de la llamada “Primavera árabe”, movimiento que exigía mayor democracia en los países del norte de África y Medio Oriente, y que aún se mantiene activo en Siria.

Europa recibió enormes caravanas de familias que atravesaban el continente a pie o en embarcaciones precarias, polemizando con la cuota migrante que cada país podía recibir. Aquí, Merkel solicitó la confianza de los ciudadanos y abrió las fronteras de Alemania para un millón de personas durante 2015.

Esta buena voluntad tenía un motivo económico: la población alemana había envejecido y en los próximos 50 años se reduciría en un 10%. De modo que las familias migrantes aportarían la mano de obra joven necesaria para mantener el equilibrio.

La prevalencia alemana en Europa también ha ido de la mano en fortalecer el Banco Central Europeo, antes de dar pasos mayores como la creación de un Ministro de Finanzas europeo, propuesta del ala liberal de Emmanuel Macron.

La mencionada designación de Ursula Von der Leyen en la Comisión Europea es una muestra del peso alemán en las decisiones del bloque. Una prueba más de que la potencia dividida de hace treinta años, hoy es un emblema de progreso, buen desempeño económico e integración.

 
Luis Lira Camposano
Periodista, Universidad Finis Terrae.
Magíster en Estudios Internacionales, Universidad de Chile.
Actualmente se desempeña como Secretario Académico de la carrera de Periodismo de la Universidad Finis Terrae.
Es profesor de diferentes ramos de Historia y Actualidad en la carrera de Periodismo, además del curso “Europa en el siglo XXI”.
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