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24 Junio 2019

EE.UU. e Irán: cada vez más cerca de una guerra

EE.UU. e Irán: cada vez más cerca de una guerra
Alberto Rojas M.
Boletín Observatorio Internacional
No. 39 / Junio 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 
La creciente tensión entre Irán y Estados Unidos tiene a la comunidad internacional en alerta. Principalmente, por los alcances que podría tener un conflicto abierto entre ambos países para la región de Medio Oriente y el resto del mundo.

De hecho, el reciente derribo de un dron de vigilancia estadounidense (modelo Global Hawk) en la zona del estrecho de Ormuz, por parte de la Guardia Revolucionaria iraní, pudo ser el incidente que encendiera la mecha de un conflicto mayor.

Teherán aseguró que el vehículo no tripulado sobrevolaba su territorio y que fue derribado por un misil tierra-aire tras varias advertencias. Por su parte, Washington sostuvo que el dron se encontraba en espacio aéreo internacional.

Sin embargo, lo más preocupante fue que tras el derribo, el periódico The New York Times informó que la Casa Blanca –tras el derribo del Global Hawk- había autorizado un bombardeo selectivo contra blancos iraníes a modo de represalia, el cual fue cancelado cuando los aviones de combate ya estaban en vuelo hacia sus blancos.

Posteriormente, el presidente Donald Trump confirmó esta versión a través de su cuenta de Twitter, recalcando que él había tomado la decisión de abortar la misión, luego que le confirmaran que el ataque cobraría la vida de al menos 150 iraníes, lo que el mandatario consideró una respuesta desproporcionada.

Obviamente, si el misil iraní hubiese derribado un avión tripulado y su piloto hubiese muerto, la respuesta de la Casa Blanca habría sido mucho más demoledora.

Un acuerdo que se desmorona

Desde la llegada de Trump a la Casa Blanca, las relaciones entre Washington y Teherán -tensas y difíciles desde la Revolución Chiita de 1979- se han deteriorado de manera progresiva.

En mayo de 2018, Trump retiró de manera unilateral a EE.UU. del acuerdo nuclear con Irán, firmado en 2015 junto con Reino Unido, Francia, Rusia, China y Alemania, argumentando que el gobierno iraní estaba incumpliendo sus compromisos en términos de los límites impuestos a su programa de investigación nuclear.

Sin embargo, diferentes reportes de los inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica, agencia dependiente de Naciones Unidas, han descartado esa versión.

A pesar de eso, tras su salida del pacto, Washington reinstaló fuertes sanciones comerciales sobre el gobierno iraní, fundamentalmente a su industria petrolera y la banca.

Un tema no menor, considerando que hoy Irán tiene una inflación del 40 por ciento y los pronósticos para este año esperan una caída de su PIB cercana al 6 por ciento.

Considerado uno de los hitos del gobierno de Barack Obama, el Plan Integral de Acción Conjunta (JCPOA, por sus siglas en inglés), como se conoce oficialmente el acuerdo nuclear de 2015, logró que el gobierno iraní -después de cuatro años de complejas negociaciones- aceptara poner límites al desarrollo de su programa nuclear (de uso pacífico, según Teherán) y a la supervisión internacional de sus instalaciones. Compromisos que, a cambio, permitieron levantar progresivamente las sanciones económicas impuestas durante casi una década por EE.UU., la Unión Europea y Naciones Unidas al país persa. Y que ahora está próximo a convertirse en letra muerta.

En ese sentido, Irán anunció que a fines de junio superará el límite permitido de almacenamiento de uranio enriquecido contemplado en el acuerdo nuclear, el cual establece que Irán debe exportar sus excedentes de uranio y de agua pesada cuando estos sobrepasen los 300 kilos y las 130 toneladas, respectivamente. Una medida que, supuestamente, le impediría el desarrollo de una bomba nuclear.

La administración Trump, que ha construido una estrecha relación con el gobierno del primer ministro Benjamin Netanyahu, ha sido especialmente permeable al discurso israelí de que Irán no puede tener un programa de energía atómica, por el peligro que representa que el día de mañana lo pudiera utilizar para desarrollar armas nucleares. Y en muchos aspectos, tiene razón, tomando en cuenta que si finalmente Irán se llegara a dotar de un arma nuclear –incluso si no pretendiera atacar a otro país-, generaría una verdadera carrera armamentista en la región, obligando a países de la zona a desarrollar sus propios programas nucleares con fines bélicos. Lo que, ciertamente, es el peor de los escenarios para el siempre frágil Medio Oriente.

Ataques a petroleros

A lo anterior se suma otro frente de tensión, que han sido los recientes sabotajes a petroleros en el estrecho de Ormuz. Fue el caso de los buques “Kokuka Courageous”, de Japón, y el “Front Altair”, de Noruega, que sufrieron graves daños en sus cascos.

El gobierno de Donald Trump señaló a Irán como el responsable y aseguró que contaba con suficientes pruebas de eso. Por su parte, el gobierno de Teherán rechazó las acusaciones de la Casa Blanca, afirmando que no eran los responsables de esos atentados.

El ataque a esos dos petroleros se produjo a solo un mes de que otras cuatro embarcaciones similares fueran atacadas en la misma región. Y en esa oportunidad, el gobierno estadounidense también culpó a Irán.

El estrecho de Ormuz, que conecta el Golfo Pérsico con el Golfo de Omán, es una de las zonas más estratégicas del planeta, ya que precisamente por ahí circula el 30 por ciento del petróleo mundial.

Por lo mismo, tras los ataques, el Pentágono aprobó el envío de 1.000 efectivos militares a Medio Oriente con propósitos “defensivos” para enfrentar eventuales “amenazas” de Irán contra intereses estadounidenses.

En ese contexto, la interrogante acerca de la autoría de estos ataques y su objetivo, resulta de particular importancia. Una primera alternativa sería que efectivamente Irán hubiese estado tras los sabotajes a los petroleros –ninguno de ellos de bandera estadounidense, en todo caso-, como una advertencia a Estados Unidos de que el aumento de la presión sobre el Teherán tiene consecuencias.

Una segunda opción sería que los ataques hubiesen sido realizados por EE.UU., con el objetivo de inculpar a Irán y justificar nuevas medidas en su contra, incluyendo – eventualmente- acciones militares.

Una tercera alternativa podría involucrar a Arabia Saudita, rival de Irán por la hegemonía regional y estrecho aliado de Estados Unidos en la zona. Y que, por lo tanto, Riyad fuera el autor de los ataques a los petroleros, nuevamente, con el objetivo de responsabilizar a Teherán.

De momento, a pesar de las imágenes divulgadas por el departamento de Estado de EE.UU., las pruebas aún no resultan concluyentes.

En todo caso, lo anteriormente expuesto cobra especial relevancia al recordar que Irán, un país que aún está muy lejos de ser una democracia, y donde la libertad de expresión y el respeto a los derechos humanos dejan mucho que desear, mantiene una importancia e influencia que no está en discusión.

Prueba de eso es que EE.UU. ha acusado reiteradamente a Irán de financiar y apoyar a grupos como la milicia libanesa chiita Hezbollá o al grupo palestino Hamas, pero a Washington también le preocupa la injerencia de Irán en Irak, país vecino con mayoría musulmana chiita; así como su presencia en el conflicto de Siria, apoyando al gobierno de Bashar al Assad; y en la guerra civil de Yemen, donde se le acusa de respaldar a los rebeldes hutíes.

El riesgo de que el conflicto entre Irán y EE.UU. siga escalando es real. Y basta solo un error o una decisión precipitada para que una nueva guerra pudiera estallar en la zona más volátil e inestable del planeta.

Alberto Rojas M.
Director del Observatorio de Asuntos Internacionales
Facultad de Comunicaciones y Humanidades Universidad Finis Terrae.
Periodista, Universidad Diego Portales.
Magíster en Ciencia Política, mención Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Católica.
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