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24 Junio 2019

El ciclo del hinduismo absolutista en la India

El ciclo del hinduismo absolutista en la India
Eduardo Olivares C.
Boletín Observatorio Internacional
No. 39 / Junio 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 
El lunes 10 de junio por la mañana, los medios de comunicación indios informaron que la justicia de ese país había condenado a seis hombres por los delitos de secuestro, violación y asesinato de una niña de solo ocho años, en enero de 2018. Esos individuos aprovecharon que la pequeña estaba cuidando unos caballos de su familia de nómades, a los pies del Himalaya, para raptarla y someterla a todo tipo de atrocidades.

De acuerdo con los resultados de la investigación, los violadores y asesinos urdieron su crimen para aterrorizar a esa tribu de nómades, conocidos como Gujjars, con el objetivo de que abandonaran la zona. A la niña la mantuvieron sedada por cuatro días en un templo en la ciudad cachemir de Kathua, período en el cual la abusaron y torturaron. Luego la mataron y desmembraron su cuerpo.

El caso despertó una ola de ira y repudio en el país. Se unía a tantos otros episodios similares y engrosaba una estadística oficial tenebrosa que revela que un niño es abusado cada 15 minutos en promedio en la India. Y el gobierno promovió una legislación que aplica la pena de muerte para los violadores de menores de 12 años.

Pero este caso, grave y abominable por sí solo, es el reflejo de otra tensión más profunda. Es una grieta cuyo relieve se manifestó, con gran visibilidad, en las recientes elecciones generales de India.

El ascenso de Modi

Los comicios parlamentarios en India duraron poco más de un mes. Comenzaron el 11 de abril y se dieron por concluidos el 19 de mayo. Y en ellas triunfó el continuismo con el primer ministro, Narendra Modi.

India es una república parlamentaria, cuya principal sala es la Cámara del Pueblo o Lok Sabha, con 545 escaños, que es el equivalente a la Cámara de Diputados de Chile.

En las elecciones se enfrentaron decenas de partidos políticos, la mayoría representantes de algunos de las provincias específicas del país. Con todo, hay dos grandes agrupaciones nacionales: por un lado, el Partido del Congreso Nacional de la India -más conocido como Partido del Congreso y cuyos líderes han pasado desde Mahatma Gandhi y Jawaharlal Nehru hasta Indira Gandhi y Manmohan Singh- y, por el otro, el nacionalista Bharatiya Janata (PBJ).

El actual líder del PBJ es el popular Narendra Modi. Su historia de vida es en varios sentidos comparable con la del protagonista de la película “Slumdog Millionaire”: de extracción humilde y alejado de los centros de poder, la rueda de la fortuna lo ubica en las posiciones correctas en los momentos oportunos. Con talento, Modi fue convirtiéndose en un líder creíble en Gurajat, una provincia occidental limítrofe con Pakistán, donde con una gestión económica sobresaliente y la reivindicación de la identidad hindú como escudo identitario, ascendió en popularidad y su liderazgo se desbordó hacia el resto del país.

Es esa la combinación que ofrece Modi: desarrollo económico e identidad nacionalista. Sobre todo lo último: la identidad.

El nacionalismo hindú

La pequeña asesinada en la ciudad de Kathua, en Cachemira, pertenecía a una tribu musulmana. La mayoría de la población en Cachemira pertenece a esa religión, pero que vive bajo el control administrativo de la India. Los seis condenados son hindúes, tal como los dirigentes del gobierno y como la consolidada mayoría parlamentaria del PBJ y como el popular primer ministro, Narendra Modi.

Un grupo de derecha hindú realizó protestas en abril del año pasado en defensa de los ahora condenados. De hecho, fueron esas manifestaciones callejeras las que abrieron los ojos del resto del país y del mundo de lo que ha sido conocido como el Caso Kathua, que hasta ese momento era un crimen local. Cuando se difundieron los detalles de las torturas, la sociedad levantó la voz, sobre todo luego de que dos ministros del PBJ asistieron a las protestas en defensa de los acusados.

Incluso el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, calificó de “horrorífico” lo sucedido y el primer ministro Modi, después de varias jornadas de silencio, condenó el hecho y pidió “justicia”.

Modi siempre aparece rodeado de dudas en estos temas. Hay razones para pensar en ello. En 2002, como gobernador de Gujarat, culpó a los musulmanes locales de haber organizado uno de los peores ataques terroristas que se recuerden contra hindúes, cuando 60 personas de esa religión fueron asesinadas en un tren que viajaba en peregrinaje. Las protestas antimusulmanas no solo se multiplicaron al día siguiente, sino que el gobierno provincial -con Modi a la cabeza- atizó la violencia: hubo casi 800 musulmanes y unos 250 hindúes muertos.

Fue solo el inicio de una serie de persecuciones atroces contra los musulmanes en las ciudades de esa provincia, que incluyeron masacres, ataques cruentos contra niños y mujeres, y la migración interna masiva de más de 150 mil musulmanes. Fue tal el nivel de escándalo que al entonces gobernador Modi le prohibieron la entrada a Estados Unidos y a la Unión Europea. En sucesivas revisiones judiciales, en todo caso, Modi ha sido absuelto de diversas acusaciones.

En Kathua, en particular, donde ocurrió el asesinato de la pequeña de ocho años el año pasado, la población mayoritaria es hindú. Lo mismo que en la generalidad de la India: el 80% de sus habitantes profesan esa religión, mientras que el 14% adhiere al Islam y el 6% restante se reparte en otras religiones.

Esa identidad hindú explica buena parte de la nueva popularidad del PBJ, un partido que, aunque había gobernado en alguna oportunidad, jamás había alcanzado los niveles de respaldo de los que goza ahora y que han sumido al Partido del Congreso a uno de sus peores desempeños desde la independencia del país.

El PBJ conquistó 303 de los 545 puestos de la Lok Sabha, una mayoría absoluta que, además, cuenta con el apoyo de otros 54 parlamentarios que integran la coalición de gobierno.

Ahora, con Modi a la cabeza de su segundo ciclo al mando de la India, el nacionalismo hindú está revigorizado. Las tensiones con el vecino musulmán que es Pakistán continúan y amenazan con una presumible escalada en el futuro, sobre todo por el siempre debatido control de Cachemira. Donde hay que poner más atención, sin embargo, es hacia adentro: a los otros Kathua y cómo las instituciones republicanas son capaces de responder con civilidad al lado barbárico de las identidades.

Eduardo Olivares Concha.
Periodista. Pontificia Universidad Católica de Chile
Magíster en Estudios Internacionales y del Pacífico. Universidad de California, San Diego.
Doctor en Ciencia Política. Universidad de Manchester.
Profesor de Economía Chilena en la carrera de Periodismo de la Universidad Finis Terrae.
Ha trabajado en el Diario Financiero, La Tercera y El Mercurio.
Actualmente es editor general de Pauta.
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