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14 Diciembre 2019

El futuro de los partidos políticos en la era contra los partidos políticos

El futuro de los partidos políticos en la era contra los partidos políticos
Eduardo Olivares C.
Boletín Observatorio Internacional
No. 45 / Diciembre 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 
 
En 1989, Alberto Fujimori fundó Cambio 90, partido político que supondría su plataforma parlamentaria en su gobierno entre 1990 y 2000. Al inicio de este siglo quedó subsumido en la coalición Perú 2000, donde también había otro partido creado por Alberto Fujimori, llamado Sí Cumple. En 1994, Alejandro Toledo fundó Perú Posible, partido que conquistó una mayoría relativa de escaños en el Congreso y la presidencia de la República en 2001. En 2005, Ollanta Humala fundó el Partido Nacionalista Peruano (PNP), que tras algunos problemas de registro (y en alianza con partidos menores) lo llevó a la presidencia y a la mayoría relativa en el Congreso. Keiko Fujimori, hija del ex mandatario Alberto Fujimori, fundó en 2010 Fuerza 2011, que después cambiaría a Fuerza Popular (con la “K” de Keiko como símbolo), partido que le permitió obtener una mayoría de puestos en el Congreso y casi llegar a la presidencia. Pedro Pablo Kuczynski (PPK) fundó Peruanos por el Kambio (cuya sigla coincide con PPK) en 2014 y fue la plataforma para que él obtuviera la presidencia y una amplia fuerza legisladora en 2016.

Todos estos casos tienen dos elementos en común: son partidos instrumentales para levantar candidaturas de sus fundadores y todos, al día de hoy, tienen escasa o nula presencia en el Congreso de Perú (incluso antes de su reciente disolución).

Manifestacion calle

 

Qué representan casos como el peruano

 

El caso peruano muestra hasta qué punto la fragilidad de los partidos políticos provoca un impacto en la democracia. Los electores tienen ofertas distintas según los líderes de turno, en vez de confiar en colectividades con planteamientos programáticos de largo plazo. Si a ello se suman escándalos de corrupción (todos los ex presidentes han sido perseguidos por la justicia, con diversos resultados) y los males del subdesarrollo, el resultado es un permanente estado de tensión.

No hay que quedarse ahí. En Filipinas, Ferdinand Marcos se pasó del Partido Liberal al Partido Nacionalista como quien se cambia de camisa, y de hecho la historia de la política filipina está llena de ejemplos de partidos de larga data cuyas ofertas programáticas son, sin embargo, laxas y fluidas.

Los casos peruano y filipino han tenido sus consecuencias.

En Perú, el Congreso está suspendido, tras una crisis institucional de altas proporciones que, hasta ahora, ha sabido conducir relativamente bien el presidente Martín Vizcarra. Por su parte, Rodrigo Duterte gobierna hoy en Filipinas, con un discurso demagógico y un gobierno con escaso apego a las reglas democráticas.

Protestas ciudadanas

Pero hay de todo cuando los partidos políticos comienzan a perder su sentido. O el sentido dentro de un esquema democrático sólido. Vladimir Putin en Rusia, Jair Bolsonaro en Brasil, Andrés Manuel López Obrador en México son ejemplos de líderes que han convertido a sus partidos en meros vehículos de su agenda personal.

Si esos líderes han sido exitosos, es porque el electorado se distanció de los partidos políticos. Es un fenómeno que está recorriendo el mundo, sobre todo en países con democracias más recientes. La era de las democracias con desprecio a sus partidos políticos llegó y las alternativas suelen ser los populismos (a veces entroncados con un partido, es cierto) y los personalismos.

 

Entonces, ¿para qué sirven los partidos?

 

Hay distintas definiciones de un partido político, pero en general podría resumirse de esta manera: los partidos políticos con agrupaciones de intereses que la ciudadanía escoge para que sean representados en la arena pública.

Los partidos son organizaciones que consolidan miradas colectivas. No se trata, por lo tanto, de una plataforma específica de una persona, sino de un grupo de personas. De hecho, de ahí deriva la segunda idea: genera una acumulación de intereses.

En la vida, las personas tienen visiones distintas del mundo y de sus preferencias: hay a quienes les parece apropiado un Estado subsidiario y a otros, uno solidario; para quienes el derecho a la vida comienza en el embarazo y quienes sostienen que debe haber derecho a una muerte asistida; quienes creen que los impuestos deben ser muy bajos y quienes piensan que debe haber políticas migratorias más severas, y así. Esa diversidad de preferencias, en una democracia representativa, se canaliza a través de los partidos.

Una de las formas de determinar el grado de conexión entre la fragilidad de los partidos (no hablo aquí de “sistemas” de partidos políticos, que sería más complejo) y la democracia se observa en encuestas como las registradas por el Pew Research Center en 2017 entre 35 países. En ellas, se muestra que los países cuya población se siente más alejada de cualquier partido político, suelen estar asociados con mayores aprensiones contra la democracia representativa.

Correlacion

De acuerdo con ese estudio del Pew Research Center, existe una correlación de 0,70 entre ambas variables (cercanía con partidos y aprensiones sobre la democracia); habitualmente se considera que correlaciones con un coeficiente mayor a 0,50 (y asumiendo que son significativas desde el punto de vista estadístico) suelen ser fuertes. En ese contexto, Chile aparece como el país con la mayor desconexión de toda la muestra entre sus ciudadanos y sus partidos.

 

La exigencia a los partidos

 

Pero he aquí el punto: sin los partidos, queda una confusión, un caos, que suele ser llenado con quienes aseguran tener todas las respuestas a todas las preguntas, pero que no responden a nadie salvo a sí mismos; es decir, sin partidos aparecen los personalismos demagógicos y las propuestas populistas.

Los partidos políticos, por sí solos, tampoco tienen todas las respuestas. Sobre todo si se trata de partidos instrumentales, como aquellos que se comportan como vehículos para conducir al líder personalista de turno (el ejemplo peruano) o esos partidos cáscara, que son una plataforma cuyo interior se llena de lo que sea (el ejemplo filipino).

La sociedad debe imponerles una exigencia para que esos partidos cumplan con su rol. Y esa exigencia apunta a que se trate de grupos bien organizados en torno a un programa, con un sistema interno competente y eficiente, y con rendiciones de cuentas abiertas y transparentes a la misma sociedad a la que se deben. Sin aquellos elementos, los partidos quedan sujetos a la amenaza populista o personalista.

Si no son capaces de superar esa amenaza, pueden quedar debilitados, corrompidos, desvanecidos. Y cuando ello ocurre, ya suele ser muy tarde para salvar todos los muebles de la democracia.

 

 
Eduardo Olivares Concha.
Periodista, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en Estudios Internacionales y del Pacífico, Universidad de California,
San Diego.
Doctor en Ciencia Política, Universidad de Manchester.
Profesor de Economía Chilena en la carrera de Periodismo de la Universidad
Finis Terrae.
Ha trabajado en el Diario Financiero, La Tercera y El Mercurio.
Actualmente es editor general de Pauta.
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