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22 Noviembre 2019

El nuevo mapa de la guerra en Siria

El nuevo mapa de la guerra en Siria
Alberto Rojas M.
Boletín Observatorio Internacional
No. 44 / Noviembre 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 

 

La larga guerra en Siria –que en 2020 alcanzará los nueve años de duración- parecía estar “congelada”, viviendo una progresiva desaparición en los medios de comunicación, así como de las agendas de política exterior de las principales potencias mundiales.

Sin embargo, a comienzos de octubre, el escenario cambió a partir de la decisión del presidente Donald Trump de retirar a los casi mil efectivos estadounidenses que aún mantenía desplegados en ese país, con el objeto de apoyar las operaciones destinadas a acabar con los últimos focos de resistencia del Estado Islámico (EI). Y esto generó un verdadero “efecto dominó” que ha involucrado a Turquía, Rusia, las milicias kurdas y al EI.

 

EE.UU. y los kurdos

 

“No nos ayudaron en la Segunda Guerra Mundial. No nos ayudaron en Normandía”. Esta fue la respuesta del presidente Trump frente a las críticas por ordenar el retiro de los últimos efectivos estadounidenses en Siria, lo que permitió a Turquía iniciar una demoledora ofensiva militar en contra de las Unidades de Protección Popular (YPG), milicias kurdas que a su vez son el principal pilar de las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), opositoras al gobierno del presidente Bashar al Assad.

En este contexto, vale la pena recordar que los kurdos han sido durante siglos una nación sin Estado, actualmente repartida entre cuatro países: Irán, Irak, Siria y Turquía. Y que en 1944, cuando se produjo aquel histórico desembarco en las costas francesas, ciertamente no tenían ninguna posibilidad de haber apoyado a los Aliados en el marco de la Segunda Guerra Mundial.

La decisión de Trump –y sus consecuencias- no dejaron indiferente a la comunidad internacional ni al propio Partido Republicano. Y en varias críticas, incluso, se ha hablado de traición.

Es que en el contexto de la guerra civil siria, las milicias kurdas jugaron un papel clave en la lucha contra el Estado Islámico, muchas veces en combates cuerpo a cuerpo. Un trabajo que permitió que EE.UU. y otras potencias occidentales no tuvieran que pagar el alto precio de desplegar sus tropas en terreno para combatir a este grupo yihadista.

Se calcula que los kurdos perdieron cerca de 11.000 efectivos en su lucha contra el EI y que, además, se hicieron cargo de miles de prisioneros cuyo destino se volvió incierto.

Es cierto que el Estado Islámico perdió su autoproclamado califato (enclavado entre 2014 y 2018 en el norte de Irak y Siria), pero aún está lejos de haber sido completamente desmantelado, ya que se calcula que cerca de 18.000 de sus combatientes habrían pasado a la clandestinidad en Siria, Irak y otros países de la región desde fines de 2018.

Mapa

 

De esta forma, la ofensiva turca comprometió el futuro de las milicias kurdas en medio de la guerra civil siria y abrió un escenario propicio para el regreso del Estado Islámico.

Pero también instaló una oscura sombra sobre la imagen de EE.UU. y su relación actual (y futura) con sus aliados. Ciertamente los kurdos, para Washington, parecen haber sido solo una etnia en busca de la construcción de un país, que resultó funcional a las necesidades de Washington. Aunque ellos, en realidad, han estado presentes en varias de las incursiones estadounidenses en Medio Oriente.

Por ejemplo, durante la Primera Guerra del Golfo (1990-1991), tras poner fin a la invasión iraquí de Kuwait, Saddam Hussein pareció débil e incapaz de mantenerse en el poder. Y tanto los chiitas como los kurdos –grupos reprimidos durante décadas por su régimen- iniciaron levantamientos en su contra.

EE.UU. y la comunidad internacional de esos años vieron con interés estos acontecimientos, ya que el mandato de la ONU había sido muy acotado, autorizando el uso de la fuerza militar solo para liberar Kuwait, pero no para intentar el derrocamiento de Hussein.

Protestas por Trump

Sin embargo, la Guardia Republicana iraquí acabó aplastando los levantamientos. Kurdos y chiitas iniciaron, entonces, un doloroso éxodo hacia los países vecinos, intentando escapar de una muerte segura. Y como una manera de aplacar en algo la crisis humanitaria en desarrollo, los gobiernos occidentales apoyaron la creación de “cielos seguros”, es decir, zonas donde no pudieran incursionar aviones de combate o helicópteros artillados iraquíes.

Luego, durante la invasión estadounidense a Irak (2003) –también conocida como la Segunda Guerra del Golfo-, los kurdos ayudaron en la estabilización y reconstrucción del país, ganando una importante cuota de autonomía en las provincias del norte de Irak, donde además se hicieron del control de campos petroleros.

Esto, sumado al desempeño de las milicias kurdas en Siria, probablemente avivó la esperanza de que la comunidad internacional –en algún momento- se abriera a la idea del nacimiento de un pequeño Kurdistán. Pero ese tema, al parecer, nunca estuvo sobre la mesa. Y todo indica que la posición de los kurdos en Siria quedó gravemente debilitada.

Al final, parece haber pesado más el fantasma de que Turquía –miembro de la OTAN y de indesmentible importancia geoestratégica- iniciara un acercamiento con Rusia, que a inicios de este año le vendió unidades de misiles S400.

En ese sentido, al haberle dado la espalda a los kurdos, Trump no garantizó –necesariamente- la lealtad turca y, por el contrario, sembró la desconfianza de potenciales aliados en el contexto de futuros conflictos.

 

Turquía y Rusia: una frágil alianza

 

La ofensiva militar turca ordenada por el gobierno de Recep Tayyip Erdoğan en contra de las milicias kurdas en Siria, estuvo motivada – en gran medida- por el hecho de que Turquía las considera una amenaza por sus vínculos con el Partido de los Trabajadores del Kurdistán (PKK), un grupo insurgente kurdo que durante décadas ha cometido actos terroristas en Turquía.

En el marco de esta ofensiva, el gobierno turco definió como su principal objetivo el establecimiento de una “zona segura” de 30 km de largo y 480 km de ancho –una franja desde el río Éufrates hasta la frontera con Irak-, donde poder reubicar al menos a 2 millones de refugiados sirios, de los 3,6 millones que actualmente viven en suelo turco.

Un plan que buscaba resolver de manera relativamente rápida la crisis humanitaria que Turquía ha debido enfrentar desde el inicio de la guerra civil en Siria (2011). Sin embargo, Rusia –que ha sido el principal aliado de Al Assad durante estos años- impuso un acuerdo con Turquía para establecer una “franja de seguridad” de menor tamaño en la frontera entre Turquía y Siria, pero cuyo patrullaje -tras el retiro de las milicias kurdas- sería conjunto, lo que reforzó la presencia (e influencia) de Moscú en este país en guerra, así como su cercanía con el gobierno turco (ambos gobernantes se han reunido en ocho ocasiones durante este año).

No obstante, hace pocos días, Rusia criticó el aparente anuncio de Turquía de iniciar una segunda ofensiva militar en el norte de Siria, demostrando que la alianza entre ambos es frágil, pero también que Moscú tiene un peso específico mayor que Ankara en Siria. Un eslabón más en la cadena de acontecimientos que se precipitaron tras el retiro de EE.UU. de suelo sirio y el abandono en el que quedaron los kurdos.

 

Alberto Rojas Moscoso
Director del Observatorio de Asuntos Internacionales
Facultad de Comunicaciones y Humanidades Universidad Finis Terrae.
Periodista, Universidad Diego Portales.
Magíster en Ciencia Política, mención Relaciones Internacionales, Pontificia
Universidad Católica.