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24 Abril 2019

El nuevo nacionalismo y la transformación populista

El nuevo nacionalismo y la transformación populista
Paul Venturino D.
Boletín Observatorio Internacional
No. 37. Abril 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 
“Brasil por encima de todo, Dios por encima de todo” y “Make America Great Again” son eslóganes que a estas alturas los presidentes de Brasil, Jair Bolsonaro, y de Estados Unidos, Donald Trump, repiten como mantras, respectivamente. Pero no son los únicos, porque nacionalistas polacos repiten la frase “Queremos a Dios”, como una forma de marcar la identidad polaca.

En Chile, otros grupos nacionalistas más pequeños, pero con capacidad de amplificación, logran complicar a fabricantes de leche cuyos dueños son multinacionales, bajo el argumento de que no solo no son chilenos, sino que venden leche reconstituida, engañando a los consumidores que creen que compran leche natural.

Y si bien el nacionalismo no es un fenómeno nuevo, en esta época es interesante cómo se ha transformado en un nuevo nacionalismo que se enfrenta a la globalización, a la digitalización del mundo y a preguntas claves sobre cómo enfrentar el cambio climático.

Las características del nuevo nacionalismo

Pero, ¿qué diferencia a este nuevo nacionalismo del que tradicionalmente habíamos conocido? Ambos tienen cosas en común, como la apelación a valores superiores que supuestamente diferencian y hacen mejores a los locales que a los extranjeros. Además, los dos también tienen un componente racista relevante.

La diferencia del nuevo nacionalismo es que se enfrenta a un fenómeno distinto: ya no se trata de proteger a un grupo sobre la base de formar Estados-nación (con territorio y normas propias) que actúen por exclusión, sino de una visión política y social que se enfrenta a un mundo en el que ocurre el fenómeno contrario: el Estado-nación está perdiendo la capacidad de actuar como tal y de asegurar lo que fueron sus certezas de formación, como lo son normas, seguridad social y paz para sus ciudadanos.

La degradación del Estado-nación no es igual en todas partes: los europeos centro-occidentales ven al nacionalismo como una forma de mantener el Estado de Bienestar con el que han crecido; mientras que los europeos orientales que se integran a la Unión Europea (UE), lo ven como una forma de no sucumbir a las órdenes de la moneda única (el euro) y tener derecho a decidir sobre su economía. Pero ambos lo ven como una forma de mantener su estatus europeo frente a las migraciones.

Si pensamos en Estados Unidos, los nacionalistas lo ven como una forma de recuperar la industria y la forma de vida -el sueño americano- que construyó a este país y a su extensa clase media. Y los países en vías de desarrollo ven al nacionalismo como una respuesta a las políticas transnacionales y a la defensa de sus recursos.

Lo que todas estas visiones tienen en común es que la situación global trae aparejados problemas que superan por mucho la capacidad de un Estado-nación debilitado, que en la mayoría de los casos no tiene una solución clara que sea propia.

Esta visión nacionalista asume que la globalidad (profundización de la globalización) no solo no cumplió las promesas de liberalización, crecimiento y mayor democracia, sino que, por el contrario, se ha llegado a un mundo dominado por coaliciones internacionales, en el que los poderosos son cada vez menos y más concentrados, y en el que la economía se traslada a zonas de bajo costo, afectando directamente a las clases medias, rompiendo la esperanza de estas de superarse.

Pero la globalización no solo afecta la economía, sino que también al medio ambiente (el calentamiento global tiene efectos directos en la actividad económica y política) y las formas de vida que el nacionalismo asume como distintivas. La lógica neonacionalista es: el calentamiento global y la destrucción del ambiente es realizado por la avaricia multinacional, que desea igualar y romper nuestras formas de vida (el ejemplo de cómo la leche reconstituida destruye a los productores de leche tradicional).

El tercer problema que identifica el nuevo nacionalismo es la digitalización que, junto con romper las barreras de espacio y tiempo físicas, produce un proceso de igualación de costumbres y desvalorización de lo propio, en desmedro de la adquisición de costumbres de otros que le son impuestas a las personas.

Política y socialmente, esta visión se amplifica y consolida en las clases medias de los países porque es altamente lógica y porque es una excelente forma de explicar por qué algunas de las instituciones y costumbres que dieron forma a las sociedades, pierden su razón de ser y su rol. Y si bien los partidos nacionalistas (llamados coloquialmente de ultraderecha o populistas) tienen bajas votaciones -que no suelen superar el 12 a 15%-, sí han logrado permear el discurso de otras agrupaciones y modificar las conversaciones políticas y sociales.

La escasa capacidad de los Estados

Como hemos analizado, la globalidad, la digitalización y la falta de recursos hacen que los Estados- nación no tengan las herramientas necesarias para enfrentar este nacionalismo y sus efectos sociales y políticos (polarización, caída severa de legitimidad institucional, violencia y desafección de las personas respecto de sus deberes sociales).

Y si bien la reacción inicial fue aislar a los nacionalistas, progresivamente en diferentes países, los partidos democráticos de derecha, centro e izquierda han tendido a tomar parte de las ideas del nuevo nacionalismo como una forma de sintonizar con los votantes. Esto ha resultado en una progresiva consolidación de este tipo de ideas y en alianzas tácticas y estratégicas entre partidos que busca aprovechar a este electorado insatisfecho, sobre la base de ideas de corto plazo.

De esta forma, la pregunta que surge es si la democracia y la apertura son las formas de combatir al nuevo nacionalismo. La lógica dice que sí, pero los hechos nos muestran que la respuesta de la mayoría de los Estados es actuar justamente disminuyendo la democracia interna a través de mayores controles, modificación de políticas migratorias y rechazo a bloques multinacionales (como el TPP11) por considerarlos lesivos para sus intereses.

Y en este escenario es donde el populismo de derecha e izquierda se ha levantado fuertemente, actuando como un complemento eficiente del nuevo nacionalismo. El populismo, representado por políticos como Bolsonaro o Trump, aprovecha planteándose como la solución política y social: política, porque se basa en un líder que entiende y que “no teme decir las cosas como son”; y social, porque provee una fuente de confianza e interpretación para los nuevos nacionalistas: la fuente de los problemas se combate con menos globalización y diferenciándonos de quienes nos hacen daño y desean cambiar nuestra forma de vida.

Paul Venturino D.
Periodista Universidad Católica de Chile.
Magíster en Ciencia Política, mención Instituciones y procesos políticos, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en comunicación audiovisual y publicidad, Universidad Autónoma de Barcelona, España.
Profesor de pre y posgrado Escuela de Periodismo Universidad Finis Terrae.
Profesor magister de Comunicación Estratégica, Facultad de Comunicaciones, Universidad Católica de Chile.
Socio y director ejecutivo de Strategika
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