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24 Abril 2019

El reporte que marcará la presidencia de Donald Trump

El reporte que marcará la presidencia de Donald Trump
Eduardo Olivares C.
Boletín Observatorio Internacional
No. 37. Abril 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 

Son dos volúmenes. Son 448 páginas. Hay revelaciones de preocupantes comportamientos. Tiene descripciones suficientemente alarmantes como para añadirles adjetivos. Es el Reporte Mueller.

El jueves 18 de abril, el Departamento de Justicia de Estados Unidos entregó a la opinión pública norteamericana -y también a los observadores de todo el mundo- el resultado final, ya redactado (es decir, con segmentos tachados por ser considerados sensibles, por ejemplo, para la seguridad nacional), de la investigación del fiscal especial Robert Mueller sobre el real involucramiento de Donald Trump y sus equipos en la denominada Trama Rusa[1].

El Departamento de Justicia en Estados Unidos tiene una función administrativa y también de control, puesto que su cabeza actúa además como el fiscal general de la nación.

La historia del reporte

Apenas asumido Trump en la Casa Blanca, en enero de 2017, las sospechas respecto de la interferencia rusa en las elecciones que lo llevaron al poder se incrementaron. Los artículos periodísticos proliferaron y la presión para que este tema se investigara se hizo insoportable para el gobierno.

Ante ello, el entonces fiscal general, Jeff Sessions, decidió inhibirse de coordinar los esfuerzos de esa investigación, puesto que había sostenido reuniones reservadas con el embajador ruso en 2016. Esa sola decisión indignó a Trump. Sessions, un político republicano que sirvió 20 años como senador por Alabama y quien estuvo entre los primeros en respaldar la candidatura del empresario inmobiliario, nunca recuperó la confianza de su jefe.

Rod Rosenstein, el vicefiscal general, asumió la responsabilidad y nominó a Robert Mueller, un parco pero riguroso abogado, famoso por haber dirigido el FBI entre 2001 y 2013, como fiscal especial del caso. Ya sabemos cuál fue la reacción de Donald Trump cuando se enteró de ese nombramiento, pues sus declaraciones están escritas en el propio reporte de Mueller, gracias a las notas que una asistente tomó de ese momento en el salón oval: “Dios mío, esto es terrible. Este es el fin de mi presidencia. Estoy jodido”, expresó Trump mientras se echaba atrás en su silla.

A partir de entonces, el presidente convirtió cada paso del fiscal Mueller en una amenaza. Y, dado su perfil extrovertido, que combina con argucias y reiteradas afirmaciones falsas o derechas mentiras, Trump tuiteó frecuentemente que estaba sometido a una “caza de brujas” y que el equipo de Mueller era una “pandilla de demócratas furiosos”. Les pedía, asimismo, que se enfocaran en la campaña de Hillary Clinton, en vez de la suya.

En el intertanto, tres libros de prestigiosos periodistas fueron publicados. El primero fue Fuego y furia, de Michael Wolff; el segundo, Miedo, de Bob Woodward, y el tercero, El Aprendiz, de Greg Miller. En cada uno de ellos quedó documentado que el presidente entrega órdenes que muchas veces sus asesores no obedecen, por considerarlas desde desproporcionadas hasta definitivamente ilegales. También muestran la desesperación del mandatario más poderoso del planeta por los alcances que adquirían las indagaciones de Mueller, así como sus rabietas, su exagerada preocupación por las conversaciones sostenidas en programas de televisión, así como su baja capacidad de prestar atención a materias importantes de política pública.

La historia durante el reporte

Mientras el fiscal especial avanzaba en sus investigaciones, diversos sucesos acontecieron, algunos propiciados por él mismo.

Dado que el abogado contaba con la potestad para citar a los testigos de la interferencia rusa, pudo recolectar una enorme cantidad de material que fue incriminando a los más variados asesores del presidente. Varios de ellos declaraban y, cuando eran sometidos a nueva evidencia, aceptaban que habían mentido. Por esa vía, Mueller pudo levantar cargos por perjurio.

La lista de asesores célebres caídos en desgracia comenzó con George Papadopoulos, asesor de la campaña presidencial republicana. En octubre de 2017, se declaró culpable por haber entregado falso testimonio durante unas declaraciones en una investigación previa del FBI.

Ese mismo mes, Paul Manafort, probablemente uno de los hombres más cercanos a Trump en 2016 -dado que fue ni más ni menos que su jefe de campaña-, fue detenido debido a cargos por conspiración, lavado de dinero e incluso por haber servido como representante irregular de un gobierno extranjero, entre otros delitos. Su socio, Rick Gates, también debió enfrentar esos mismos cargos.

Otros de los personajes caídos en la red Mueller fueron, por ejemplo, los exasesores Michael Flynn, Michael Cohen y Roger Stone.

Una hebra gruesa se desprendió también de los agentes rusos. Hubo juicio y resoluciones judiciales que terminaron con un conjunto de 13 rusos e instituciones ligadas con Moscú condenados por una serie de cargos relacionados con conspiración y fraude contra los intereses de Estados Unidos, entre otros. Ese mismo año, Washington expulsó a diplomáticos rusos en medio de medidas similares tomadas por el Reino Unido por un caso de envenenamiento en territorio británicos, y hubo decisiones solidarias de otros países europeos. Rusia respondió con sanciones de ese mismo tipo.

En la imagen pública internacional se grabó otra imagen: la cumbre entre Donald Trump y Vladimir Putin en Helsinki. Tras una reunión, Trump dijo que le creía a Putin de que Moscú no había interferido en los comicios norteamericanos de 2016, pese a los informes de la propia inteligencia estadounidense de que tal interferencia sí había ocurrido.

Un reporte histórico

El fiscal Mueller se tomó 22 meses desde que fue nominado hasta que entregó su documento a las autoridades del Departamento de Justicia, hoy encabezado por el fiscal general, William Barr.

En marzo, Barr había remitido a la opinión pública un resumen de cuatro páginas. En lo relevante, destacó dos asuntos. Primero, que ni el presidente ni sus “asociados” se habían coordinado con Rusia para interferir en las elecciones de 2016. Y segundo -y esto es más importante-, Barr describió que aunque Mueller no encontró evidencia que inculpara al presidente de obstrucción a la justicia por la propia investigación que Mueller realizaba, tampoco lo exoneraba. Ni A ni B.

Ante ello, continuó Barr, tanto él como el vicefiscal general Rosenstein resolvieron que ellos no presentarían cargos contra Trump, pues consideraban que no había pruebas para inculparlo y eso debe pesar más en un debido proceso. Que Barr respaldara esa decisión era previsible, pues es un hombre de confianza de Trump; que Rosenstein lo hiciera generó más dudas, puesto que a ese funcionario se le sindica como parte de la llamada “resistencia” interna contra el mandatario y como la persona que sugirió utilizar un artículo de la Constitución para destituir al presidente.

Pero ahora se conoce el contenido (casi) completo del reporte. En su primera parte, aborda la interferencia rusa en la campaña presidencial norteamericana de 2016. En la segunda, revisa los antecedentes de si hubo obstrucción a la justicia.

Conocidos los detalles del reporte Mueller, varios elementos causaron asombro. Pero otros, muy poca sorpresa. De lo menos impactante es que el equipo del fiscal especial confirmó que los rusos intervinieron decididamente en las elecciones de 2016. Lo nuevo al respecto: que hubo intentos de integrantes de la campaña de Trump por apoderarse de los “30 mil emails perdidos” de Hillary Clinton (los correos que ella albergó en su cuenta personal, en vez de institucional, mientras fue secretaria de Estado de Barack Obama), pero sus esfuerzos -para fortuna de Trump- fueron infructuosos.

Otro de los hallazgos es más bien una incógnita: el reporte revela que algunas de sus informaciones pasaron directamente al Departamento de Justicia y el FBI, dado que involucraría aspectos que afectan la seguridad nacional. Por ejemplo, se habla de que Moscú no solo habría actuado por medio de redes sociales, sino que “otras entidades rusas (…) participaron en similares operaciones de medidas activas cuyo objetivo era Estados Unidos. Los detalles son reservados.

En esa línea, quienes salieron indemnes durante todo este tiempo, y aun después de publicado el informe, fueron personas clave para el presidente: su hijo Donald Trump Jr. y su yerno Jared Kushner, quienes participaron junto con Manafort en una polémica reunión en la Torre Trump, en junio de 2016, con un abogado ruso que ofreció “trapos sucios” de Hillary Clinton. Mueller no encontró evidencia suficiente que incriminara a los tres hombres en un acto ilegal.

El marco de la obstrucción a la justicia es hoy el asunto dominante de la discusión. Se describen al menos 10 episodios que apuntan a esa dirección, pero su sola acumulación es insuficiente para establecer la comisión del delito… aunque tampoco exonera de él al presidente. Entre esos episodios se cuenta el conocimiento del equipo de Trump de que Moscú lo apoyaría, o el despido - cuando Trump asumió- del entonces director del FBI James Comey, quien estaba liderando la investigación sobre la trama rusa; y por cierto, los intentos públicos (vía Twitter, por ejemplo) y privados para torpedear la propia indagación de Mueller.

En cualquier caso, ya sea porque el equipo de Mueller tenía límites legales, o porque concretar una citación al presidente carecía del poder necesario, o porque había elementos difíciles de escarbar a estas alturas, no hubo incriminación clara. Tampoco se le solicitó al Congreso que iniciara un procedimiento de impeachment, tal como el fiscal especial Kenneth Starr sí sugirió cuando investigó a Bill Clinton por el caso Lewinski en 1998.

El fiscal especial Mueller expresa su opinión en forma abierta: “Una declaración de que la investigación no estableció hechos en particular no significa que no exista evidencia de los hechos”.

El reporte en la historia

El presidente, cómo no, ha expresado que el reporte lo exonera, lo cual es falso. Su círculo remarca que el mandatario ha sido injustamente perseguido. El resumen inicial de Barr, de marzo, plantó esa imagen. Por eso, en su minuto, los demócratas fueron cautos y lucieron derrotados.

Con la liberación del reporte -que tachado y todo, ya está disponible incluso en librerías virtuales para su venta-, surgió el apetito de los demócratas más intensos por apuntar al impeachment. Es decir, por someter al presidente a un juicio político. Candidatos presidenciales demócratas como Elizabeth Warren ya están solicitando el inicio del procedimiento. Para concretarlo, la Cámara de Representantes debería iniciarlo, y aunque en teoría puede -porque está dominada por los demócratas-, su líder, Nancy Pelosi, ha enfriado esa opción.

En términos simples, un impeachment es problemático por al menos tres razones: primero, Mueller no incrimina directamente a Trump; segundo, polarizaría la agenda y el presidente se victimizaría, lo que podría jugarle a favor para la campaña a la reelección del próximo año; y tercero, no tendría ningún destino real, puesto que, si la Cámara lo aprueba, de todos es el Senado -dominado por los republicanos- el que resuelve.

Pelosi ha dicho que una investigación mediante audiencias puede conseguir la información suficiente para esclarecer el rol de Trump y su círculo por la intervención rusa, sin que sea necesario el impeachment.

Las primeras encuestas muestran una caída en la aprobación de Trump. Y aunque eso es reversible en el futuro, el reporte de Mueller está mascando un área sensible para cualquier gobierno: si el líder no solo está capacitado para su papel, sino que, incluso peor, contó con el apoyo de un rival extranjero. Si este no es el fin concreto de la presidencia, como temió Trump al enterarse de que Mueller lo investigaría, al menos sí representa algo peor: la mancha de su herencia.

 Ver “Trump: los primeros meses en la Casa Blanca”, en Observatorio Internacional UFT, Boletín n° 18, julio de 2017.

Eduardo Olivares Concha.
Periodista. Pontificia Universidad Católica de Chile
Magíster en Estudios Internacionales y del Pacífico. Universidad de California, San Diego.
Doctor en Ciencia Política. Universidad de Manchester.
Profesor de Economía Chilena en la carrera de Periodismo de la Universidad Finis Terrae.
Ha trabajado en el Diario Financiero, La Tercera y El Mercurio.
Actualmente es editor general de Pauta.
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