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17 Agosto 2019

Extracto del libro “La Guerra del Golfo y el fin del mundo bipolar (1990-1991)”

Extracto del libro “La Guerra del Golfo y el fin del mundo bipolar (1990-1991)”

La Unión Soviética enfrentó la crisis por la invasión del emirato de Kuwait a manos de Irak y la posterior conformación de una alianza multinacional amparada bajo las Naciones Unidas, en un momento crucial para su estabilidad y futura existencia.

Pero al margen de la lucha de fuerzas internas que se produjo en este período, la URSS tuvo un desempeño que fue relevante para el éxito de la operación Tormenta del Desierto y para que Estados Unidos, posteriormente, buscara establecer un perfil político a nivel mundial que lo ubicara como la potencia hegemónica que –supuestamente- caracterizaría el período de la Posguerra Fría.

Es que “el intervencionismo global de la década de 1970 resultó ser un error costoso. Los regímenes respaldados por Moscú no prosperaron, y muchos sufrieron una guerra civil, lo que impuso un drenaje de los escasos recursos soviéticos. (...) En 1988 se llegó a un acuerdo sobre una retirada soviética de Afganistán, y los estadounidenses notaron una creciente disposición para cooperar en lo que en el pasado habían sido las disputas más difíciles. Esto comenzó a influir en el trabajo del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, que durante la mayor parte de sus cuarenta y cinco años había sido inhibido por el antagonismo entre sus dos miembros principales. Una vívida ilustración de esta tendencia evolutiva de colaboración entre Estados Unidos y la Unión Soviética en disputas regionales dentro del marco de Naciones Unidas, fue la Resolución 598 del Consejo de Seguridad, del 18 de julio de 1988, sobre un alto el fuego en la guerra Irán-Irak”[1].

Y tal como se mencionó anteriormente, la llegada de Gorbachov al poder se tradujo en la instalación de un estilo político que modificó hasta sus cimientos al régimen político soviético y que, efectivamente repercutió en el desempeño de la URSS en el conflicto del Golfo Pérsico: “la Guerra del Golfo obligó a la Unión Soviética a luchar más públicamente que nunca con las preguntas de los intereses nacionales soviéticos genuinos en el Tercer Mundo”[2].

Mapa irak

 

Un aliado inesperado

Cuando Irak invadió Kuwait en octubre de 1990, la posición de la Unión Soviética en el área del Golfo Pérsico, en particular, y en el mundo árabe, en general, reflejaba los efectos de una prolongada presencia en la región como aliado pro-árabe, pero particularmente como una potencia —en ese instante— que paulatinamente dejaba atrás su historia como rival de Estados Unidos en Medio Oriente y el resto del mundo.

“De hecho, fue fortuito que el secretario de Estado, James Baker, viajara junto con (el ministro de Asuntos Exteriores, Eduard) Shevardnadze por la URSS, cuando la noticia de la invasión iraquí estalló el 2 de agosto de 1990, sorprendiendo a Shevardnadze por completo. Una declaración conjunta, al día siguiente, condenó duramente a Irak y pidió un corte inmediato del envío de equipo militar a Bagdad. La velocidad de la reacción conjunta proporcionó una brillante cooperación teórica y operativa en las políticas de los dos países. La respuesta de Shevardnadze fue una nueva forma de pensar, enfatizando el importante desafío que la agresión de Bagdad representó para el ‘nuevo orden mundial’. La primera declaración pública de Gorbachov sobre la invasión destacó los aspectos legales internacionales de la crisis, y describió la invasión iraquí como ‘un acto de perfidia y una flagrante violación del derecho internacional y la carta de la ONU’”[3].

            A partir de ese momento, la URSS pasó a formar parte del conjunto de actores que se dieron cita en las arenas del Golfo Pérsico. No solo porque era —al menos hasta ese momento— una potencia mundial, sino que además representaba a un país que abiertamente había apoyado y solventado a Irak, y particularmente, al régimen de Saddam Hussein.

Pero Hussein ya no era visto en la región ni el mundo como el defensor musulmán sunita aliado de Occidente, que había enfrentado durante ocho largos y difíciles años a Irán, en un esfuerzo por detener el avance chiita en la zona. Ahora representaba una amenaza para todos sus vecinos y una provocación que Occidente y el resto de la comunidad internacional no estaban dispuestos a dejar pasar.

La administración de George H. W. Bush fue clara en sus objetivos: desalojar a las fuerzas militares iraquíes del territorio kuwaití, reponer al gobierno de la familia real, la casa Al Sabath, y reanudar el libre flujo de petróleo hacia Occidente. No obstante, estos objetivos pasaban por una acción decidida de EE.UU. y sus aliados occidentales, tanto en el plano militar como en el diplomático.

Bush padre

En este contexto, la Unión Soviética, conforme a las posturas más cercanas a Occidente, debió asumir su participación en el conflicto.

“La presencia de asesores militares soviéticos en Irak inmediatamente invocó los intereses militares de la URSS en el conflicto. La confusión y el conflicto reinaron sobre su número, misión y la fecha de su posible partida. El Ministerio de Relaciones Exteriores mostró preocupación por la posición expuesta de los asesores soviéticos, pero negó tener conocimiento de su papel militar. Mientras tanto, fuentes estadounidenses informaron, el 12 de agosto, que los soviéticos tenían hasta 1.000 asesores militares que, de hecho, seguían asistiendo al ejército iraquí. Dos días después, el Ministerio de Defensa negó que los asesores soviéticos estuvieran ayudando al ‘presidente iraquí o a las fuerzas armadas’, pero hablaron de su trabajo en ‘reparaciones, educación y construcción’. Sin embargo, el 21 de agosto, el Ministerio de Defensa reconoció sin disculpas que los expertos militares soviéticos trabajaban codo con codo con los iraquíes, los entrenaban en armamento de alta tecnología y ‘trabajaban en centros de mantenimiento y en rangos de objetivos probando las armas vendidas a Irak’”[4].

Para Occidente, y particularmente para Estados Unidos, la Unión Soviética debía tener una postura más clara frente al tema de la invasión iraquí. No solo porque se trataba de una potencia con influencia en la región, sino porque de su decisión dependía en gran parte la conducta que adoptaran los países que en la ONU habrían de condenar, o no, a Irak.

Sin embargo, la URSS se encontraba profundamente involucrada en el apoyo de Irak, a tal punto que su presencia comenzó a resultar complicada y negativa para sus propios intereses. Especialmente, cuando comenzó a circular la comprometedora versión de que la URSS estaba al tanto de los planes de invasión de Hussein a Kuwait.



 

 Lawrence Freedman y Efraim Karsh. The Gulf Conflict 1990-1991. Diplomacy and War in the New World Order. Princeton University Press, 1993, pp. 7.

2 Graham E. Fuller, “Moscow and the Gulf War”, Foreign Affairs, Vol. 70, No.3, pp. 56.

3 Fuller, Op. Cit., pp. 59.

4 Fuller, Op. Cit., pp. 60.