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04 Julio 2019

La carrera espacial: una competencia política y científica

La carrera espacial: una competencia política y científica
Alberto Rojas M.
Boletín Observatorio Internacional
No. 40 / Julio 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 

“Algunos se preguntarán, ¿por qué la Luna? ¿Por qué elegimos esto como nuestra meta? Y tal vez también se pregunten: ¿por qué escalar la montaña más alta? (…) Nosotros elegimos ir a la Luna en esta década y hacer otras cosas, no porque sea fácil, sino porque es difícil. Porque esta meta servirá para organizar y probar lo mejor de nuestras energías y habilidades. Porque este desafío es uno que estamos dispuestos a tomar; uno que no estamos dispuestos a posponer. Y uno que pretendemos ganar”.

Este extracto del discurso que el presidente John F. Kennedy pronunció en septiembre de 1962, en la Universidad Rice (Houston), refleja de manera clara y precisa todo lo que estaba en juego en ese entonces, en relación a la naciente carrera espacial. Es que en plena Guerra Fría, la Unión Soviética había tomado la delantera de manera demoledora, humillando a Estados Unidos en forma reiterada. Y frente a eso, la Casa Blanca decidió “subir la apuesta”, declarando pública y categóricamente que EE.UU. sería la primera superpotencia en poner un hombre en la Luna y traerlo de regreso.

Una promesa que se concretó el 21 de julio de 1969, cuando el astronauta Neil Armstrong abandonó el módulo lunar “Águila”, descendió por la escalerilla del vehículo y dejó impresa su huella en el suelo lunar.

Desde aquel día han transcurrido 50 años, durante los cuales la carrera espacial no se ha detenido, aunque sí ha cambiado mucho. Hoy, la Unión Soviética ya no existe, y además de EE.UU. y Rusia, otros países, como China, se han sumado a la aventura de la exploración espacial. Pero también una poderosa y creciente industria privada.

Washington vs. Moscú

Durante los años de la Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética protagonizaron la primera carrera espacial de la historia. Al comienzo, Moscú se puso rápidamente a la cabeza al lanzar al espacio el primer satélite artificial, el Sputnik 1, en octubre de 1957; y al enviar al primer ser vivo al espacio, la perra Laika, en noviembre de ese mismo año. Luego, en abril de 1961, Moscú sorprendió nuevamente al mundo al poner en órbita al primer ser humano, Yuri Gagarin, quien regresó a la Tierra sano y salvo tras estar 108 minutos en el espacio. Y no satisfechos con eso, en junio de 1963, los soviéticos lograron un nuevo hito al enviar a la primera mujer al espacio: Valentina Tereshkova.

Sin embargo, a pesar de todos esos triunfos, fue EE.UU. quien llegó primero a la Luna, con la misión Apolo 11, integrada por los astronautas Neil Armstrong, Edwin E. Aldrin y Michael Collins. Un éxito histórico que se extendió hasta la misión Apolo 17, en diciembre de 1972, que fue la última en transportar seres humanos a la Luna.

Por su parte, la Unión Soviética nunca logró llevar a uno de sus cosmonautas a la Luna. ¿La razón? Probablemente, la suma de diferentes aspectos. En primer lugar, el fallecimiento de Sergei Pavlovich Korolev, el “padre” del programa espacial soviético, en enero de 1966. Y cuyo sucesor, Vasily Mishin -su “mano derecha” durante años- no tuvo la visión para continuar el trabajo de Korolev.

En segundo lugar, el fallecimiento de Yuri Gagarin, en marzo de 1968, durante un vuelo de prueba. Un héroe de la Unión Soviética, cuya desaparición fue un golpe demoledor para la superpotencia comunista. Y tercero, el hecho de que entre 1969 y 1972, el titánico cohete N1 -con el que la URSS pretendía ir a la Luna- sufrió cuatro lanzamientos fallidos, lo que llevó a la cancelación del programa en 1974.

Sin embargo, la decisión de renunciar a ir a la Luna no fue el fin de la presencia de la URSS en el espacio, ya que a partir de ese momento se enfocó en la construcción de estaciones orbitales y en romper constantemente las marcas de permanencia humana en el espacio.

Por su parte, después de siete misiones tripuladas a la Luna (aunque el accidente de la Apolo 13, en 1970, impidió su alunizaje), Estados Unidos abandonó el satélite natural para iniciar la construcción de una flota de naves reutilizables, los transbordadores espaciales, que comenzaron a operar en abril de 1981, con el primer despegue del “Columbia”.

Esto le permitió a EE.UU. facilitar la puesta en órbita de satélites, módulos de investigación científica e incluso realizar misiones militares secretas.

Sin embargo, el fin de la Guerra Fría trajo consigo la dramática reducción de los presupuestos para la exploración espacial, tanto en EE.UU. como en la Rusia postsoviética.

De hecho, la NASA acabó jubilando a los transbordadores espaciales en julio de 2011, quedándose sin vehículos para poner satélites en órbita o llevar astronautas a la Estación Espacial Internacional (EEI). Una situación que la Agencia Espacial Federal Rusa (mejor conocida como Roscosmos) supo aprovechar hábilmente al cerrar un millonario contrato con EE.UU. para transportar sus satélites y astronautas –al igual que con las agencias espaciales de la Unión Europea, Japón y Canadá-, lo que le reporta dinero fresco para sus propias operaciones. Después de todo, el valor de cada asiento en una de sus naves fluctúa entre los US$ 75 millones y los US$ 80 millones.

China llega al espacio

En este contexto, el programa espacial chino fue conquistando metas en pocos años. El primer gran hito se concretó en 2003, con el despegue del Shenzhou 5, la primera nave tripulada de China. En ella viajó el “taikonauta” (que es como se llaman los astronautas chinos) Yang Liwei, quien orbitó la Tierra durante 21 horas.

Dos años después, en 2005, el Shenzhou 6 llevó al espacio una tripulación formada por Fei Junlong y Nie Haisheng. Y en 2008, el Shenzhou 7 transportó a tres astronautas en una misión que además concretó la primera caminata espacial de un taikonauta: Zhai Zhigang.

En 2011 se realizó el lanzamiento del módulo espacial Tiangong-1, que al año siguiente recibió a la nave Shenzhou 9, en la que viajó la primera mujer astronauta china, Liu Yang. Y en 2013, China envió al espacio a su segunda taikonauta, Wang Yaping, quien realizó una clase de Física para millones de estudiantes chinos.

Pero el programa espacial chino tiene diferentes objetivos y plazos. Así quedó demostrado en 2013, cuando la sonda Chang E 3 alunizó con éxito, permitiendo que el robot “Yutu” (“Conejo de jade”) iniciara su trabajo de exploración, el cual se extendió durante tres años, hasta que dejó de funcionar.

Siguiendo con sus planes, en 2016 China puso en órbita el módulo espacial Tiangong-2, que es la base de su futura estación espacial con presencia permanente (el Tiangong-1, considerado solo un prototipo, se quemó al reingresar a la Tierra en 2018). Este es un paso clave para su objetivo más ambicioso: llevar un taikonauta a la Luna en 2025.

Y en enero pasado, la sonda china Chang’e 4 descendió en el lado oscuro de la Luna, captando imágenes sorprendentes del satélite natural.

Pero lo que más ha marcado a la nueva carrera espacial, ha sido el ingreso del sector privado. Es el caso de la compañía Space X, fundada en 2002 por el millonario Elon Musk (dueño de Tesla Motors, entre otras empresas). Y que ha tenido importantes éxitos en el desarrollo de vehículos reutilizables como la cápsula Dragon y el cohete propulsor Falcon 9, con los que pretende llevar carga y pasajeros hasta la Estación Espacial Internacional.

Su principal competencia es Blue Origin, compañía creada en 2000 por el magnate Jeff Bezos (dueño de Amazon y del diario The Washington Post), que ha desarrollado los cohetes New Shepard y New Glenn, con los cuales también pretende llegar al espacio. Pero Bezos también ha puesto la mirada en la Luna y en mayo presentó su vehículo espacial Blue Moon, con el que pretende llevar carga y personas.

Por su parte, Donald Trump ha dicho que en 2024, Estados Unidos volverá a llevar a un ser humano a la Luna, aunque hasta ahora no ha explicado cómo. Sin duda, una muestra más de lo competitiva que es la carrera espacial en estos tiempos.

 

Alberto Rojas M.
Director del Observatorio de Asuntos Internacionales
Facultad de Comunicaciones y Humanidades Universidad Finis Terrae.
Periodista, Universidad Diego Portales.
Magíster en Ciencia Política, mención Relaciones Internacionales, Pontificia Universidad Católica.
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