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12 Octubre 2019

La prueba más difícil de Evo

La prueba más difícil de Evo
Gonzalo Vega S.
Boletín Observatorio Internacional
No. 43 / Octubre 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 
 

Desde que llegó a Palacio Quemado, Evo Morales ha arrasado en las dos elecciones presidenciales que enfrentó. Obtuvo el 64,22% de los votos en 2009, y el 63,36% en 2014. Pero el ejercicio del poder desgasta, sobre todo si este ya se extiende por más de 13 años. Hoy, por primera vez, el mandatario enfrenta unos comicios en los que si bien es favorito, la posibilidad de una segunda vuelta -cuyo resultado es imprevisible- le da un toque de suspenso al proceso.

Las encuestas más recientes le otorgan a Morales poco más de 30% de las preferencias, aventajando por unos siete puntos a su más cercano competidor, Carlos Mesa, quien fue presidente entre 2003 y 2005. Pero estas cifras son insuficientes para ganar un nuevo mandato en los comicios del 20 de octubre, porque necesita superar el 50% o llegar al 40% de los sufragios, pero con una ventaja de 10% sobre el segundo candidato más votado.

La apuesta de Carlos Mesa -quien en gran parte es candidato gracias a Evo, pues lo “revivió políticamente” al nombrarlo embajador especial para la demanda marítima contra Chile- es llegar a la segunda vuelta del 15 de diciembre, instancia en la que buscará los votos del tercero en la carrera, el senador opositor de centroderecha Óscar Ortiz (8%). Y hasta en el gobierno saben que una segunda vuelta es un terreno incierto, ya que el porcentaje de indecisos se sitúa entre el 18 y el 23%. Por tanto, no sería descabellado pensar que en un balotaje, Mesa pudiera quedarse con un triunfo.

bandera y voto bolivia

 

Un proyecto fundacional

 

Pero los ojos no solo están puestos en el futuro de Evo. En el Palacio Quemado se han autoimpuesto la meta de lograr los dos tercios en el Congreso, lo que le ha permitido en sus dos últimas administraciones el manejo total del poder político y, por tanto, la aprobación de sus proyectos de ley sin mayor oposición. Y por ahora, las encuestas le dan una amplia mayoría al oficialismo.

Este control de las principales instituciones del país le permitió a Evo postular nuevamente a la presidencia, pese a que la Carta Magna se lo impedía y a que un referéndum llevado a cabo en febrero de 2016 le había cerrado las puertas a esta posibilidad.

En esa ocasión, el 51,3% de los bolivianos votó por impedir que “la presidenta o presidente y la vicepresidenta o vicepresidente del Estado puedan ser reelectas o reelectos dos veces de manera continua”. Sin embargo, con la ayuda del Tribunal Constitucional y del Tribunal Electoral -ambos organismos bajo la influencia de Evo-, el presidente logró que lo habilitaran para buscar un nuevo mandato, bajo el argumento de que tiene el derecho a ser elegido, basándose en la Convención Americana de los Derechos Humanos, que está por encima de la Constitución de Bolivia y la normativa electoral, que limitaban a dos los mandatos consecutivos.

 

Este intento de aferrarse al poder vulnera lo estipulado en la Carta Magna que el propio mandatario impulsó en 2009. Además, revive los fantasmas de lo que ha ocurrido en los países en que los presidentes han buscado eternizarse, como Venezuela y Nicaragua. “El poder corrompe a quienes lo detentan”, dice un viejo refrán. Y ya se nota. Del Evo Morales de 2005, humilde y campesino, poco queda. Hoy viaja en helicóptero dentro de La Paz, mandó a construir un nuevo Palacio de Gobierno y un museo en su nombre.

Este triste antecedente es el que abre un abanico de posibilidades para los comicios del 20 de octubre. Si el resultado es adverso, los escenarios van desde aceptar un eventual triunfo de Mesa –quien, sin embargo, la tendría muy difícil al gobernar con un Legislativo en contra-, hasta hacer renunciar al Tribunal Electoral para convocar a una Asamblea Constituyente que vuelva a reestructurar la institucionalidad del país.

Es que a Evo no le gustan las derrotas, y pocas veces las acepta. Al desconocimiento del referéndum de 2016 se suma lo ocurrido en la reciente asamblea de Naciones Unidas, en la que el mandatario, al concluir su discurso, afirmó que la mediterraneidad boliviana es “un tema pendiente en la región” y que “Bolivia no renunciará a su derecho de acceder soberanamente al Océano Pacífico”.

Esto, pese al categórico fallo de la Corte Internacional de Justicia de La Haya, que en octubre del año pasado determinó que Chile no está obligado a negociar con Bolivia sobre una salida al Pacífico, lo que fue una dolorosa derrota política para Morales, a la cual Mesa no le ha podido sacar provecho por el protagónico rol que él también tuvo en esta causa.

 

Sombras en el camino

 

La popularidad del mandatario también se ha visto afectada por varios escándalos de corrupción y por los incendios forestales que en los últimos meses se han registrado en la zona amazónica del país.

Las llamas devoraron más de cuatro millones de hectáreas de bosque y pastizales, y ONGs ambientalistas y parte de la ciudadanía responsabilizan a Morales por el fuego, ya sea por su respuesta tardía, como por autorizar por decreto “quemas controladas” para ampliar la frontera agrícola.

Estos permisos han incluido al departamento del Beni, fronterizo con Brasil, que en el pasado estuvo protegido de actividades agrícolas. Pero poco después de la firma de ese decreto polémico, empezaron los incendios.

Es que pese a su autoproclamado amor por “la pachamama”, el gobierno de Evo ha aprobado varias medidas que flexibilizan las normas para ampliar la frontera agrícola y permiten las actividades mineras y petroleras en zonas protegidas y parques nacionales.

Los incendios han afectado la imagen de Evo, particularmente en los votantes más jóvenes, donde -al igual que en varios países- el medioambiente es una de las principales preocupaciones. En Bolivia, el sufragio es obligatorio desde los 18 años y los votantes jóvenes (30 años) representan el 34,2% del padrón electoral. ¿Serán clave en el resultado? No necesariamente, ya que tampoco sienten simpatía por los otros ocho rivales del mandatario.

En todo caso, no hay que perder de vista que Evo sigue siendo el favorito para este 20 de octubre. La división en la oposición -que no fue capaz de ponerse de acuerdo para enfrentar los comicios bajo solo una candidatura- y la estabilidad económica del país juegan a favor del mandatario.

En 2006, Evo nacionalizó los hidrocarburos, y poco después el precio de los minerales y del gas exportables crecieron un 120%, multiplicando los ingresos del Estado y, por tanto, la disponibilidad de divisas.

puerta de bolivia

A través de una política asistencialista -distinta eso sí a la aplicada en Venezuela-, Evo ha aprovechado este generoso presupuesto para subir sueldos, financiar programas sociales y rescatar de la pobreza a buen número de bolivianos. Según cifras del gobierno, la pobreza extrema ha disminuido desde el 38,2% en 2005, a un 15,2% en 2018.

Además, es una de las pocas economías que crecerá un 4% -aunque anteriormente lo ha hecho a más de 5%- y en los 13 años de Evo, el PIB creció de US$ 9,5 mil millones a más de US$ 40,2 mil millones, mientras que el ingreso per cápita lo hizo de US$ 4.134 a US$ 7.859.

Ante este buen panorama, la duda que constantemente surge es, ¿qué pasará cuando bajen los precios de las materias primas y lleguen las vacas flacas? ¿Será sostenible el modelo de Evo, el que se basa en una economía extractivista altamente dependiente del gas? Ya hay preocupación por la desaceleración económica. Además, ya van cinco años de déficit fiscal, el que este año llegará a alrededor del 8% del PIB, mientras aumenta cada vez más el déficit comercial.

Pero mientras, Evo puede mostrar que las vacas están “gordas”. Por eso, en su campaña ofrece continuar con “estabilidad y crecimiento”, y asusta a los electores con la crisis económica de Argentina, la que, según el Mandatario, es atribuible al giro hacia una política neoliberal que intentó aplicar Mauricio Macri.

Por su parte, la oposición ha tratado de instalar el concepto de que Bolivia puede encaminarse a lo que es Venezuela, pero por ahora parece una idea más voluntariosa que realista.

¿Influirá un triunfo de Evo en América Latina? La imagen del mandatario ha decaído, no tiene el mismo imán que poseía en 2005 y el escenario regional es otro. Pero el resultado de las elecciones, junto a los de los procesos electorales que paralelamente van a enfrentar Argentina y Uruguay, terminarán de definir las tendencias que caracterizarán a la nueva reconfiguración política de América Latina.

Un triunfo de Evo, sumado a uno de Alberto Fernández en Argentina, marcaría un punto suspensivo en la tendencia de gobiernos de derecha iniciada en 2015, de la mano de Mauricio Macri, y la región empezaría a mostrar un rostro más fragmentado.

 

 
Gonzalo Vega Sfrasani
Periodista, Universidad Finis Terrae.
Subeditor de Opinión e Internet de El Mercurio.
Profesor de Chile Contemporáneo: Instituciones Políticas, en la carrera de Periodismo de la Universidad Finis Terrae.
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