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22 Mayo 2019

Las monarquías asiáticas que marcan la agenda de 2019

Las monarquías asiáticas que marcan la agenda de 2019
Eduardo Olivares C.
Boletín Observatorio Internacional
No. 38. Mayo 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 

Las tradiciones monárquicas no empiezan ni terminan en Europa. No. En Asia, las costumbres e influencia reales son un asunto de tan alto impacto en la cultura local como en el Reino Unido o España. Tal vez no tienen el alcance en Occidente que las casas dinásticas europeas, pero sí son relevantes para entender el funcionamiento político de países importantes en la región.

Las monarquías en Asia son variadas. Allí está, por ejemplo, el Sultanato de Brunéi, cuya extensión de apenas 5.765 km2 no le impide hacer noticia por los nuevos castigos planeados contra homosexuales (muerte por lapidación) o ladrones (amputación de manos y pies). O el Reino de Bután, conocido como el país que enfocó sus esfuerzos en la creación de la “felicidad nacional bruta” y cuyo monarca, Jigme Singye Wangchuck, decidió despojarse de sus propios poderes en 2008 por el “bien del país”. Y también se puede incluir a Tonga, un reino oceánico que junto con otros cinco países tienen la peculiaridad de integrar la Mancomunidad de Naciones sin reconocer a la Reina Isabel II como su monarca (los otros son Brunéi, Malasia, Lesoto y Suazilandia).

Durante los pocos meses de este 2019, sin embargo, son tres los reinos que han generado cambios noticiosos de relevancia. Se trata de los casos de Japón, Malasia y Tailandia.

El crisantemo japonés

El inicio de la era Reiwa, el 1 de mayo pasado, marca un hito político y sobre todo cultural en Japón. Ese día, tras la abdicación del emperador Akihito, se produjo la entronización de su hijo Naruhito. La renuncia de Akihito -la primera de ese tipo en dos siglos- fue una acción tan inusual, que el Parlamento incluso debió reformar algunas leyes que le permitieran llevar adelante esa decisión.

Los supuestos y consecuencias de esta sucesión imperial se pueden revisar en el número anterior de Observatorio Internaciona, pero se pueden destacar al menos tres elementos de alto interés.

En primer lugar, el denominado Trono del Crisantemo es un depositario cultural del sentido de la nación japonesa. Tal cual. Ser nipón está tan vinculado a su monarquía que, cuando Estados Unidos derrotó a las fuerzas japoneses en la Segunda Guerra Mundial, Douglas Mac Arthur comprendió que debía mantener al emperador Hirohito en su puesto. Hirohito cumplió su rol: no fueron las dos bombas atómicas lanzadas en agosto de 1945, sino su mensaje transmitido por radio -y cuya voz fue escuchada por primera vez por la población del país- lo que permitió al pueblo acatar la rendición.

Pero tuvo sus costos. La nueva Constitución despojó al emperador de su carácter divino y estableció una monarquía parlamentaria mediante la cual Japón aceptó el ingreso de la democracia representativa.

Cada emperador tiene un período al que se le denomina “era”. Y cada era, por lo tanto, marca un ciclo que corresponde con ese período monárquico.

La era de Hirohito se llamó Showa (1926-1989), que se puede traducir como “paz radiante”. El recién abdicado Akihito, hijo de Hirohito, reinó durante la era Heisei (1989-2019), traducible como “paz en todas partes”. Y aunque el lema de Hirohito no honró la expansión militar de su imperio durante la Segunda Guerra Mundial, sí pareció adecuado con posterioridad a ese conflicto. La misma paz se ha extendido a la era Heisei.

La elección de los nombres de las eras se somete a una consideración de especialistas especialmente convocados y se toman dos caracteres ideográficos que nunca se hayan usado antes. En el caso de Reiwa, el nombre de la era del nuevo emperador Naruhito, significa algo próximo a “bella armonía”.

La esposa de Naruhito, Masako Owada, asumió con un confesado miedo a su título de emperatriz. Bautizada por la prensa como la “princesa triste” por sus largos años de batalla contra la depresión (producto de la necesidad de garantizar un heredero), ahora deberá cumplir un rol protagónico en una casa real presionada por súbditos y el gobierno. Sí, el rol de la monarquía es ceremonial, pero con el peso divino que carga no se juega. La emperatriz ya tiene experiencia en esa vorágine, no así sus pares de otros reinos.

El sultán y la Miss Moscú

En Malasia no habrá consorte. No, al menos, la que pudo haber sido. Ocurre que el monarca malasio hasta hace unos meses era el sultán Muhammad V. Lo fue durante dos años, en el turno que le correspondía de acuerdo con la Constitución local, que establece que el trono va rotando cada cinco años entre los nueve gobernantes de los estados de Malasia.

A Muhammad V, del estado de Kelantan, se le conocían sus aficiones por los deportes extremos. En noviembre de 2018, la Casa Real informó que el monarca estaba con licencia médica, pero de un día para otro comenzó a circular el trascendido de que en realidad el sultán se había casado en secreto con una reina… de belleza rusa.

Oksana Voevodina, la Miss Moscú, se transformó entonces en una celebridad para una sociedad mayoritariamente musulmana. La boda entre la rusa y el sultán habría ocurrido en noviembre, y fue tal la presión interna que el sultán abdicó a su trono a inicios de enero de 2019.

El caso recuerda al rey Eduardo VIII de Inglaterra. Enamorado de Wallis Simpson, una mujer norteamericana y además divorciada, enfrentó la presión en contra y resolvió abdicar al trono para poder casarse. Así la corona pasó a Jorge VI, padre de Isabel II.

La aeromoza que fue reina

En otras latitudes y tiempos, la difícil elección de Eduardo de Inglaterra no pareció necesaria. Por el contrario, a Maha Vajiralongkorn, más conocido como el rey Rama X de Tailandia, su título real lo ayudó a pavimentar el camino al trono de la aeromoza de Thai Airways que se convertiría en su esposa.

Suthida Thidjai fue nombrada en 2014 como subdirectora del equipo de seguridad del rey y dos años más tarde, adquirió el rango de generala de Ejército. También recibió el título nobiliario de thanpuying (dama) antes de convertirse, este mismo año, en la cuarta esposa de Rama X (divorciado tres veces antes).

El 5 de mayo, el rey Vajiralongkorn ascendió formalmente al trono, dos años después de realizadas las pompas fúnebres de su padre, el rey Bhumibol Adulyadej, reverenciado como “padre de la nación”.

En Tailandia, la monarquía es considerada también como una entidad que debe estar por sobre la política tradicional. Esto, ya que se trata de una reserva moral de la nación. Por lo mismo, la extrañeza cundió cuando el partido Thai Raksa Chart -vinculado con el ex primer ministro Thaksin Shinawatra- anunció en febrero que la princesa Ubol Ratana (hermana de Rama X) representaría a ese grupo como candidata a primera ministra en las elecciones de marzo. La aventura duró poco. El propio rey Vajiralongkorn condenó la acción y la Corte Constitucional disolvió el partido.

Un ejemplo más de cómo, en Asia, muchas veces las monarquías juegan roles mucho más complejos que en Occidente.

Eduardo Olivares Concha.
Periodista. Pontificia Universidad Católica de Chile
Magíster en Estudios Internacionales y del Pacífico. Universidad de California, San Diego.
Doctor en Ciencia Política. Universidad de Manchester.
Profesor de Economía Chilena en la carrera de Periodismo de la Universidad Finis Terrae.
Ha trabajado en el Diario Financiero, La Tercera y El Mercurio.
Actualmente es editor general de Pauta.
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