Logo Facultad Humaniodades y Comunicaciones
Logo Facultad Humaniodades y Comunicaciones

12 Septiembre 2019

Las redes sociales en tiempos de cólera

Las redes sociales en tiempos de cólera
Rommel Piña A.
Boletín Observatorio Internacional
No. 42 / Septiembre 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 
 

Se veía venir. Era cosa de tiempo. Así como en 2010, Chile se convirtió en el país con mayor crecimiento de cuentas de Twitter a nivel mundial, este año Santiago se transformó en una de las ciudades más etiquetadas del planeta en Instagram. ¿Casualidad? No. En un país en donde 14 millones de chilenos tienen una conexión a internet y, de esos, un 92,9% posee una cuenta de Facebook, 40% están en Twitter y 48,1% tiene Instagram, las redes sociales se han convertido en la expresión inmediata de una vida que pareciera que se transa online.

Hoy, la cantidad de información que se maneja a nivel global implica que, cada 60 segundos, un millón de usuarios ingresa a Facebook, se ven 4,5 millones de videos en YouTube, se envían 41,6 millones de mensajes por WhatsApp, se generan 87.500 tweets, se pasan 347.222 visualizaciones en Instagram, y se producen 3,8 millones de búsquedas en Google. Y Santiago está ahí, considerada la ciudad en donde se sacaron más fotos de paisaje para una red social, según un estudio de Hoppa.com.

Mantenernos ajenos a eso es imposible. Con 27 millones de celulares en el mercado –en un país de 18 millones de habitantes-, la permeabilidad generada por los ecosistemas digitales ha provocado que nuestras conductas estén siendo persuadidas por comportamientos y sugerencias de nuestras propias amistades virtuales.

Mujeres sorprendidas

Ya lo decía Daniel Berdichevsky, el chileno co-fundador del Laboratorio de Tecnologías Persuasivas de la Universidad de Stanford: “Facebook te hace sentir el centro del universo”. Las personas ya no compiten solo por un mejor auto sino que también por acumular más amigos, más “likes” y más “views”. De una u otra forma, se están convirtiendo en productos ofertando en un “mall digital”, que pone en sus vitrinas solo lo que uno quiere mostrar.

La intoxicación de información –o infoxicación, según Roberto Igarza- ha alimentado una opinión pública contemporánea, en donde la participación ciudadana tiene una voz que se escucha y se hace escuchar.

La salida de Mauricio Rojas como ministro de Cultura en Chile, en 2018, o el ascenso de Barack Obama en su primer periodo, en 2009, han sido espejos de una cultura digital que ha leído las nuevas conductas de los usuarios, permitiendo que estos se transformen en verdaderos “protransumidores”. O sea, en productores, transmisores y consumidores de información.

Así, como verdaderos DJ, los usuarios crean, mezclan, editan y gestionan información para adaptarla a sus necesidades y generar opiniones que naveguen libremente en el océano digital. Por cierto, cada una con su afán, su lado y su visión de la realidad.

Un cambio de tono

Esta libertad de expresión ha permitido que las conversaciones tengan distintos tonos. Así, la violencia, por ejemplo, opera en un plano verbal y con distintos componentes emocionales, que le dan crédito –o descrédito- a opiniones que parecieran imposibles de contenerse en espacios privados.

Ya lo sabe Mauricio Macri, que en las elecciones primarias de Argentina, acusó de manipulación al kirchnerismo, cuando se descubrió que una serie de “bots” habían difundido mensajes en su apoyo por redes sociales. Eso convirtió al presidente argentino en “trending topic”, pero no por buenos motivos.

La ola de inmigración también ha disparado las conversaciones. La activación de narrativas en redes sociales permite que distintos usuarios difundan mensajes que generalmente coinciden con sus creencias, por lo que evitan compartir contenidos que los perturben ideológicamente. Así, los ignoran o, incluso, los rehúyen.

Conceptos haters

El resultado es que esos usuarios terminan hablándose a ellos mismos, alimentando conversaciones y publicaciones sobre la base de argumentos que rayan en la discriminación, el racismo o el segregacionismo. Por eso, cualquier fanatismo se transforma en un vicio digital que provoca rechazos. Y discusiones. Y peleas. Y, claro, “trolls”.

Para muchos, la cólera de estos últimos tiempos digitales tiene como responsable al fenómeno de Cambridge Analytica. Ese punto de partida implicó que la desconfianza en las redes -que basaban sus algoritmos en la confianza- sufriera un fuerte remezón y diera cuenta de un iracundo consumo digital en un continente que tiene 440 millones de usuarios conectados y la penetración de internet alcanza a un 67% de su población.

La compañía privada que combinaba la minería de datos y su análisis con la comunicación estratégica –y que generó el mayor escándalo que ha tenido Facebook en su historia-, llevó la persuasión a niveles éticamente impensados, para aprovechar los datos de los usuarios a favor de un candidato.

Así, lo social pasó a ser antisocial. ¿Por qué? Porque una de las recomendaciones más clásicas del “community management” es que los “trolls” se alimentan del contenido que los usuarios les responden. Que eso es lo que genera crisis. Solo que, aquí, nadie se había dado cuenta que la misma información de los usuarios los habían convertido en los “trolls” de sus propios “amigos”. Que la rabia se estaba alimentando de la infoxicación que ellos mismos generaban. Y que la cólera, que creíamos erradicada del planeta, se había vuelto digital.

 
Rommel Piña A.
Periodista, Universidad Diego Portales.
Magíster en Edición y Comunicación Periodística, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Director Carrera Periodismo, Universidad Finis Terrae.
Profesor de Proyecto de Título, Community Management, Marketing para as Comunicaciones y
Taller de Nuevos Soportes.
Se ha desempeñado como editor de diversos medios de comunicación y director en universidades 
y agencias digitales.
Esta dirección de correo electrónico está siendo protegida contra los robots de spam. Necesita tener JavaScript habilitado para poder verlo.