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22 Noviembre 2019

Los caminos comunes de la era de las protestas globales

Los caminos comunes de la era de las protestas globales
Eduardo Olivares C.
Boletín Observatorio Internacional
No. 44 / Noviembre 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 

Un alza del valor del metro. Un incremento en los precios de las gasolinas. Un impuesto a WhatsApp. Un agobio con fecha de ira. Estos son algunos de los detonantes. Y todos han coincidido en este octubre de 2019, que se transformó en uno de los casos más recientes de la globalización de las protestas.

Claro, ahora los chilenos entienden más de lo que sucede en otros lugares del mundo, dado que en casa estamos en condiciones parecidas: violencia callejera, vandalismo, atropellos policiales, denuncias de violaciones a los derechos humanos. Y los temas que anteceden a la protesta: desigualdad, marginalidad, abusos de poder, corrupción, deslegitimación del sistema político. Es un cóctel que sirve para explicar prácticamente todos los casos que estallaron en octubre.

Pero no todos son, por cierto, iguales.

 

Las protestas latinoamericanas

 

Es cierto que hay antecedentes recientes en América Latina. Las marchas contra la corrupción política en Perú, las constantes convulsiones del régimen en Venezuela e incluso las masivas manifestaciones que azolaron México por la política del petróleo, son antecedentes relevantes para entender lo que ha sucedido, sobre todo, en el sur.

Ahora parece tan lejano. El 13 de octubre, el gobierno ecuatoriano enfrentó el primer día de un alzamiento popular contra la decisión de reducir el subsidio a la gasolina. El gobierno de Lenín Moreno entendió rápidamente que el uso de la fuerza pública resultaba contraproducente, dado que había columnas de ciudadanos indígenas que avanzaban con el respaldo de la población y con la influencia -más simbólica que efectiva- del ex presidente Rafael Correa con sus llamados desde Bélgica.

La violencia en las calles, incluida la destrucción de edificios y espacios públicos, amenazó con otra rebelión como aquellas que terminaron por quitar del poder –durante la década pasada- a presidentes como Jamil Mahuad y Lucio Gutiérrez. Al final, Moreno escogió a los interlocutores de quienes protestaron, anuló el decreto que reducía los subsidios y estableció un compromiso que le permitió extinguir las revueltas 10 días después de iniciadas.

Mientras ese conflicto se desarrollaba en Ecuador, en Chile había declaraciones de autoridades y de especialistas que alababan la excepcionalidad chilena. Sin embargo, el 18 de octubre mostraría el inicio de aquel error de diagnóstico.

 

En Bolivia, los problemas comenzaron el domingo 20 de octubre. Ese día se realizaron las elecciones en Bolivia que le dieron un primer lugar a Evo Morales, seguido a menos de 10 puntos de distancia por Carlos Mesa. Sin embargo, el conteo de votos demoró más de lo necesario, hubo un día de “silencio informativo” de las autoridades del Tribunal Electoral y aumentaron las acusaciones por un presunto fraude en los comicios. Al cabo de las horas, Morales aparecía con una ventaja marginal de 10,57 puntos porcentuales por encima de su rival; suficiente para declararse ganador en primera vuelta.

Pero entonces comenzaron las protestas. La oposición lideró esas manifestaciones, aunque curiosamente el personaje que enarboló ese descontento no fue Mesa, sino Luis Fernando Camacho, un hasta entonces desconocido dirigente empresarial de Santa Cruz de la Sierra que exigía la renuncia de Morales.

Durante días, la violencia se apoderó de los principales lugares en La Paz, El Alto, Cochabamba, Oruro, Sucre y la misma Santa Cruz. La Organización de Estados Americanos (OEA) anunció una auditoría a los comicios del 20 de octubre. Y en medio de ese caos, el 8 y 9 de noviembre, las unidades policiales en las mismas ciudades se fueron amotinando, de modo tal que el Ejecutivo perdió el control sobre las fuerzas de orden.

El 11 de noviembre hubo cuatro hitos: por la mañana, el informe de la OEA determinó que hubo irregularidades en la primera vuelta; Morales respondió con una propuesta para convocar nuevas elecciones, horas después las Fuerzas Armadas “sugirieron” la renuncia del presidente; y a las 16:50 horas, Morales comunicó su dimisión al pueblo boliviano.

Ahora, el nuevo gobierno de facto de Jeanine Áñez intenta controlar el desorden callejero y se han multiplicado las denuncias de indebido proceso contra los políticos que apoyaban (y apoyan) a Morales, en especial del partido Movimiento al Socialismo (MAS), el desasosiego continúa y la crisis apenas se ha tomado una pausa.

 

¿La nueva Primavera Árabe?

 

En 2011, un pequeño comerciante tunecino se prendió fuego, harto de tener que pagar comisiones indebidas ante agentes del Estado. Esa ira se trasladó a las calles y se transformó en una ola de violencia que no solo echó abajo al gobierno de Túnez, sino que se extendió a Marruecos, Libia, Egipto, Siria, Yemen e incluso Jordania, entre otros países de la región, en aquello que hemos conocido como la Primavera Árabe.

En algunos casos, como el marroquí, se abrió una clara avenida por la democracia; en otros, como Egipto, solo cambió de manos autoritarias, y en algunos, como Siria, alimentó una guerra civil que asentó en el poder al mismo autócrata.

¿Se está viviendo en 2019 una nueva Primavera Árabe? Hay elementos que se parecen a aquella primera oleada.

En Irak, los problemas comenzaron el 1 de octubre, con una convocatoria generalizada en contra de los males detectados por los ciudadanos, especialmente los estudiantes: corrupción del aparato público, un sistema político deslegitimado heredado por Estados Unidos tras la invasión que derrocó en 2003 a Saddam Hussein, y altos niveles de desempleo juvenil.

Protestas Libano

Alrededor de la Plaza Tahrir, cientos de miles de manifestantes han iniciado desde octubre la rutina de las congregaciones. Aunque hubo una pausa a fines de ese mes, aquellas protestas han continuado y normalizado. Un edificio frente al lugar, conocido como el “Restaurante Turco”, se convirtió en un campamento de acogida al que no solo le han puesto electricidad, sino que funciona como un centro de socialización que incluye hasta una biblioteca.

Durante el día, los manifestantes se enfrentan a la policía, ponen barricadas, son heridos y han dispuesto de los tradicionales vehículos de tres ruedas (tuk-tuk) para el traslado de los caídos. Hay, según los conteos no oficiales, más de 320 muertos hasta ahora. Por la noche se encienden velas, y por la mañana los mismos que protestan, barren la suciedad de la jornada anterior.

Desde la instauración de las elecciones “libres”, los iraquíes tienen un sistema de reparto constitucional del poder que hace que la presidencia recaiga en un kurdo, el primer ministro debe ser chiita, y el vocero del Parlamento, sunita. A ese sistema, Arend Lijphart lo llamó mecanismo “consocional”, es decir, que permite representar las principales visiones étnicas y religiosas en el gobierno, de modo tal de mantener los equilibrios que se proyectan en la sociedad.

Aparentemente, esa respuesta de las políticas institucionales ha resultado insuficiente para la juventud iraquí, cuya gran mayoría creció precisamente bajo este sistema y ven en Saddam Hussein un recuerdo aún vivo -pero recuerdo después de todo- del pasado reciente.

En el Líbano también tienen un sistema consocional: un poder de reparto entre los cristianos maronitas (presidente), los musulmanes sunitas (primer ministro) y musulmanes chiitas (vocero del Parlamento). Sin embargo, también hay una erosión en sus instituciones que ha mantenido a este país con una crisis política desde hace meses. La chispa de la rebelión social fue un impuesto a WhatsApp, el servicio de mensajería favorito de la población, que consideró inaceptable pagar un tributo por sus comunicaciones.

Esa fue la chispa y el gobierno rápidamente retrocedió en su medida, pero ya era tarde. El alto desempleo, las continuas denuncias de corrupción política y el régimen consocional que se transformó en una maraña polarizada de los mismos líderes que sucedieron la guerra civil cesada en 1990, están detrás del descontento profundo de parte de la población.

Hay un conjunto de manifestaciones pacíficas que son las prevalecientes, pero también se han generado choques violentos con la policía y también con aquellos grupos apoyados por los militantes extremistas de Hezbollá (el histórico movimiento terrorista financiado por Irán y asentado en Líbano) y de Amal (un grupo extremista chiita).

Irán también se sumó al conjunto de países en crisis. Tras la decisión del gobierno de incrementar el precio de la gasolina en 50%, junto con un cronograma de nuevas alzas, las masas salieron a la calle. Y pese a que el Ejecutivo dispuso también de un programa de subsidios focalizados en la población más pobre, los jóvenes se tomaron las plazas y avenidas centrales en una veintena de ciudades de Irán a partir del viernes 15 de noviembre, con una pausa que recién se notó el lunes 18.

Nada indica que esto vaya a resolverse pronto. Por de pronto, el conteo de muertes ya superó las 100, según Amnistía Internacional, y el régimen bloqueó internet para evitar la dispersión informativa.

El brigadier general de la milicia Basij, Gholamreza Soleimani, dijo que el “complot de Estados Unidos fracasó”, en una alusión no comprobada de que Washington estuvo detrás de las instigaciones en la población iraní.

Pero esa acusación carece de fundamento en el largo plazo. Las protestas en Irán son, en rigor, antiguas. Hubo un movimiento justo hace 10 años, el llamado Movimiento Verde, que reclamó por los resultados de las elecciones de entonces y, aunque esa revuelta fue sofocada, no apaciguó los ánimos. Hoy los iraníes, en especial los más jóvenes, cuestionan la política exterior de su país, que ha terminado financiando incursiones en terceros territorios (Israel, Irak, Yemen) en vez de focalizar los recursos en su propia economía.

 

La rabia en las economías desarrolladas

 

La ola generalizada de protestas de este año tuvo un origen en el Lejano Oriente. Claro, se trata de Hong Kong, caso sobre el cual se ha escrito mucho más, precisamente por su mayor data. Un proyecto de ley de extradición impulsado por el gobierno liderado por Carrie Lam desató una serie de manifestaciones a partir del 15 de marzo, sobre todo pacíficas en un inicio y luego derechamente violentas.

Ahora ya no se trata de una ley de extradición (retirada hace mucho de la tramitación legislativa), sino de demandas que buscan la democracia en un territorio dependiente de la República Popular China. La irrupción en el Consejo Legislativo, las barricadas cotidianas, la interrupción de los servicios del metro y aeropuerto y, ahora último, la toma de los mayores campus universitarios, han generado una percepción de caos en Hong Kong que desde ya atenazó, por ejemplo, las posibilidades de su crecimiento económico. De hecho, ya está registrado que habrá recesión este año en Hong Kong.

Protestas Hong Kong

Hasta el momento, Beijing ha evitado tomar medidas de represión mayores al uso policial de gases lacrimógenos y balines, pero el conteo de tres muertos preocupa, porque la escalada agresiva podría incrementar ese número letal.

En Cataluña se vive otro ejemplo de protestas desatadas en octubre. El lunes 14 de ese mes, se conoció el resultado del “procés”, ese proceso judicial que terminó con la condena a un grupo de políticos catalanes que impulsaron la fracasada iniciativa de independencia de esa provincia en España. Los choques con la policía, la interrupción del tránsito y la destrucción de mobiliario urbano se tornaron comunes y, hasta ahora, el desorden en distintas ciudades catalanes continúa. Incluso un clásico del fútbol hispano (Real Madrid versus Barcelona) debió ser suspendido.

Y entonces, ¿están globalizadas las protestas?

El fenómeno que estamos viviendo este año en distintas partes del mundo arroja, sobre todo, preguntas. Sí, existen factores comunes: quienes protestan -sobre todo jóvenes- han utilizado profundamente las redes sociales para coordinar sus acciones, existe un cuestionamiento generalizado a las condiciones materiales de esas sociedades (desigualdad, pobreza, etc.) y otro conjunto de críticas a sus sistemas políticos. Pero eso es lo general. Porque al ahondar un poco más, no parecieran tener relación alguna las protestas prodemocracia hongkonesas con la ira catalana, ni los cuestionamientos a la composición multirreligiosa del Ejecutivo iraquí con el tipo de esquema político contra el cual reclaman los jóvenes chilenos o los adversarios bolivianos a Evo Morales.

Existe, sin embargo, una tendencia global que sirve para visualizar un fenómeno de radicalizaciones sociales. En ciertos casos, como ha sucedido en varios países de Europa oriental o en escenarios más próximos como Brasil y Argentina, la solución política se encontró precisamente en la política: realizar elecciones. En un conjunto alto de esos casos, el resultado fue el populismo, es cierto, pero evitó -tal vez- la pérdida de vidas y de daños físicos.

Y suele ser así. Es la política la que debe ser resuelta para distender el descontento económico y social. Ya sea la necesidad de democracia, como en Hong Kong o Irán, o por las carencias materiales, como en Líbano y Chile. En cualquier caso, siempre la política debe hallar la respuesta.

 

 
Eduardo Olivares Concha.
Periodista, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en Estudios Internacionales y del Pacífico, Universidad de California,
San Diego.
Doctor en Ciencia Política, Universidad de Manchester.
Profesor de Economía Chilena en la carrera de Periodismo de la Universidad
Finis Terrae.
Ha trabajado en el Diario Financiero, La Tercera y El Mercurio.
Actualmente es editor general de Pauta.
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