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22 Abril 2020

Pandemia, infodemia y la pérdida de confianza en lo establecido

Pandemia, infodemia y la pérdida de confianza en lo establecido
Paul Venturino D.
Boletín Observatorio Internacional
No. 47 / Marzo-abril 2020 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae
 
 

Cuando ya se cumplen más de cuatro meses de la aparición del coronavirus y su transformación en una pandemia, se ha producido una contaminación paralela en medios de comunicación y redes sociales. La infodemia ha provocado la atención total de los medios y de los usuarios de redes sociales a seguir la evolución del virus segundo a segundo, y a una fiscalización omnipresente a lo que los gobiernos hacen y dejan de hacer.

La infodemia tiene características similares a una enfermedad biológica: nos ataca por todos los flancos, generando más información y opinión de la que nuestro sistema puede procesar y discriminar. Así, las informaciones erradas y las francamente falsas pasan –al igual que los virus- por nuestros filtros, enfermando y modificando la percepción de las cosas.

Y así como en una pandemia no logramos saber quién contagia a quién y cuáles son las instancias en que eso ocurre, en la infodemia no logramos distinguir entre lo importante y lo contingente, lo cierto de lo falso y los hechos de las opiniones.

grafico infodemia

Los efectos negativos de una infodemia

 

Así, la infodemia amplifica, confunde y genera confusión en instituciones, grupos y ciudadanos, haciendo que la acción de las instituciones especializadas y de los estados enfrenten un permanente cuestionamiento a todas sus decisiones.

Por esta razón, la aprobación de los presidentes y jefes de Estado varía casi tan rápidamente como los medios y las redes sociales se enteran de sus decisiones. Esto ha hecho que los gobiernos vayan probando una fórmula de ensayo-error que combina decisiones técnicas de salud pública, con aquellas acciones que consideran son bien percibidas por la población.

El mejor ejemplo de esto son los anuncios de cuarentenas parciales o totales. Si bien en general son adecuadas como medidas de prevención y valoradas al momento de anunciarse, los programas o secciones no informativos de los medios (especialmente de la televisión) comienzan procesos automáticos de cuestionamiento, tratando de aplicar una mirada “de la gente común” que deriva en rápidas críticas a la decisión y a la autoridad que la representa. Luego, esta crítica se refuerza rápidamente con la participación de redes sociales que multiplican el tráfico y la discusión sobre las decisiones.

Como esta pandemia ha reforzado el sentimiento de inmediatez -probablemente porque gran parte de la ciudadanía está concentrada en ella por estar en cuarentena-, la infodemia solo demora unos minutos en activarse y comenzar a confundir la situación informativa y, por lo mismo, la capacidad de tomar decisiones y de anunciarlas.

titulares periodico infodemia

Esto hace que parte importante de la labor gubernamental se base en defender por diversos medios –incluidas las redes sociales- sus decisiones. Y si bien es bueno que en democracia exista la rendición de cuentas, la infodemia produce que ella no se haga ante entes representativos, sino frente a una diversa laya de cuestionadores, que pueden ir desde un estudiante hasta un especialista.

Es así como se notan casos como los de Boris Johnson o de Donald Trump. El primero continuó trabajando a pesar de estar enfermo -lo que contradice las indicaciones de salud pública, de las que él debería ser ejemplo- y acabó internado en un hospital, porque considera que su popularidad aumenta en la medida que lo ven activo y no por la efectividad de las medidas expresada en menos enfermos o menos muertos.

Por su parte, Donald Trump -en su habitual megalomanía- dijo que las mascarillas no servían, para luego requisar la producción de ellas que debía exportarse. Además, su apelación al “Chinese virus” es una construcción infodémica: busca confundir, culpando a otros de sus malas decisiones, dando a entender que esta puede ser una más de las tretas chinas para perjudicarlo.

Un tercer ejemplo, esta vez en América Latina, es el presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, conocido popularmente como AMLO. Si bien la actuación errática suele ser un sello en los problemas complejos de su administración, sus decisiones iniciales estuvieron más centradas en buscar una “conexión” con sus votantes -que lo siguen ciegamente- que en combatir la pandemia. Para él más valían los abrazos y los besos -con polémica de por medio, sobre si mordió o no a un niño- que las recomendaciones sanitarias.

 

La infodemia y la confusión política profunda

 

Los ejemplos anteriores nos muestran cómo la infodemia no es buena para la democracia, pero lamentablemente sí lo es para la confusión política y la pérdida de parámetros más objetivos. El riesgo que ella produce es que iguala opiniones con razones y da sensación de calidad a medidas que no poseen justificación técnica.

Esto da pie para que la competencia política no se base en el apoyo electoral o de bases -¡eso ya pasó hace muchos días!-, sino en el planteamiento de medida extremas que aparecen como buenas ideas, sin importar si son eficientes o no. En muchos países vemos que partidos políticos y poderes del Estado profundizan sus diferencias, buscando ganancias informativas de corto plazo que les permitan aparecer como adalides o como dignos de ocupar más espacio en los medios.

La gravedad de este tipo de prácticas es que termina debilitando al organismo, al igual que una enfermedad. La infodemia produce aumentos en los niveles de rechazo al sistema, a la democracia y a los partidos en el mediano y largo plazo.

Es así que si pensamos en la infodemia como un equivalente, la forma de combatirla y superarla pueda ser la misma: utilizar medios probados y ciertos, descansar de las recetas mágicas y, sobre todo, enfocarse en entender cuál es la forma correcta y pausada de mejorarse.

 
Paul Venturino D.
Periodista Universidad Católica de Chile.
Magíster en Ciencia Política, mención Instituciones y procesos políticos, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en comunicación audiovisual y publicidad, Universidad Autónoma de Barcelona, España.
Profesor de pre y posgrado Escuela de Periodismo Universidad Finis Terrae.
Profesor magister de Comunicación Estratégica, Facultad de Comunicaciones, Universidad Católica de Chile.
Socio y director ejecutivo de Strategika
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