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24 Junio 2019

¿Se debilita la estrategia de Juan Guaidó y los opositores venezolanos?

¿Se debilita la estrategia de Juan Guaidó y los opositores venezolanos?
Paul Venturino D.
Boletín Observatorio Internacional
No. 39 / Junio 2019 
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae 

El 23 de febrero fue planteado por los opositores venezolanos como la fecha en que el régimen de Nicolás Maduro caería o, al menos, se debilitaría mortalmente. Coincidiendo con el concierto Venezuela Aid Live -organizado entre otros por Richard Branson y apoyado por los gobiernos chileno, colombiano y paraguayo-, la oposición encabezada por Juan Guaidó apostó que la presión internacional crearía una gesta que no le dejaría otra opción a Maduro que renunciar. Pero eso no pasó. Con una asistencia mucho menor a la esperada y el escaso apoyo -más allá de la visita de presidentes como Sebastián Piñera-, no logró la renuncia de Maduro.

El 30 de abril fue a segunda fecha en que la oposición planteó su “Día D”. Guaidó, Leopoldo López, opositores y algunos militares tratan de generar un alzamiento. En una estrategia diferente de la anterior, esta vez Guaidó intenta generar legitimidad enviando el mensaje de que las fuerzas armadas están con él. Pero nuevamente Maduro se mantuvo en el poder y más allá de algunos militares -que la oposición trata de convertir en emblemáticos-, la mayoría permanece junto al presidente.

Y si bien con cada acción el régimen de Nicolás Maduro se debilita un poco y continúa perdiendo legitimidad, es un hecho que la estrategia de la oposición no logra desencadenar los hechos necesarios para el reemplazo o para llamar a nuevas elecciones en Venezuela.

¿Por qué no cae Maduro?

Es así como la pregunta que surge es por qué un régimen debilitado y sumido en una crisis evidente se mantiene y la oposición, que parece contar con legitimidad local e internacional, no logra generar una presión equivalente que permita que ocurra una transición.

La respuesta tiene varios puntos, relacionados con la fuerza autoritaria, la influencia internacional y la debilidad de la oposición. Todos ellos interactúan, pero es importante distinguir que los dos últimos se relacionan directamente con la incapacidad de Juan Guaidó y sus aliados de presentar una idea creíble de transición.

El primer punto está relacionado con el autoritarismo del gobierno de Nicolás Maduro. Más allá de si la denominación es de dictadura o no, es un hecho que el grupo en el poder está utilizando la violencia contra las personas y la coacción contra las normas para mantenerse en el poder, junto con un uso abusivo de los medios y de la propaganda, que permanentemente habla de la guerra en sus diversas formas: interna, económica y de defensa contra el imperialismo. Es por ello que, a pesar de su pérdida de legitimidad, el régimen mantiene el poder necesario para tener la lealtad de instituciones y de la burocracia.

Aliados internacionales

Pero Maduro no está solo. Y como suele pasar en casos de crisis en continentes como América Latina, Asia o África, cuenta con aliados poderosos que, si bien probablemente no valoren a su gobierno como un aliado productivo, sí lo ven como un espacio de influencia en la región que no pueden dejar al completo arbitrio de Estados Unidos.

Este es el caso de Rusia y China -y en menor medida de otros, como Irán-, dos estados que se caracterizan por su pragmatismo y por estar en un proceso de expansión de influencia en América Latina. Lo interesante de estos dos estados -de credenciales democráticas discutibles en el caso de Putin y de un autoritarismo expreso en el caso de China- es que apoyan al régimen de Maduro con la energía justa para evitar su colapso, pero sin interés de reconstrucción económica total.

Tanto Rusia como China son dos países expertos en utilizar la doble estrategia de “apretar-negociar” que les permite establecer un contrapeso a Estados Unidos en la zona. Así, logran contener y disputar el poder en la región y, por qué no decirlo, también juntar poder para otras negociaciones.

Más allá de que han generado algunos hechos -que Maduro ha tratado de mostrar como una fuente de progreso-, como vuelos a Caracas, cooperación tecnológica o préstamos blandos, ambas potencias se mantienen a una distancia suficiente para no poner en peligro sus relaciones con otros países de la región.

El caso de Estados Unidos es similar. A pesar de la retórica violenta habitual de Trump, este país no ha generado presión suficiente para forzar la transición a la democracia como sí lo ha hecho en otros países. Y si bien le interesa contener la influencia del régimen y que ella no se extienda, ha preferido poner sus esfuerzos diplomáticos en otros países, considerando que de esa forma puede generar el cambio ansiado.

La debilidad de Guaidó

El tercer punto de nuestro análisis nos lleva a la debilidad de Juan Guaidó y la oposición que encabeza para lograr cambios. Es esta debilidad la que se convierte en el complemento perfecto de las dos anteriores, generando un escenario poco propicio para la transición. A pesar de que Guaidó -apoyado por Leopoldo López- cuenta con la simpatía y el apoyo de parte importante de los líderes de la región y de varios países relevantes, no ha logrado convertirse en una alternativa creíble a Maduro.

Ello se debe a que no ha logrado generar una influencia suficiente para unir, para provocar el proceso y para generar una alternativa deseable que saque a Venezuela de la crisis en la que se encuentra. Por lo mismo, no es capaz de promover la transición o forzar el cambio violento.

Si bien su gesto de autoproclamarse -generando un inicial aparato público paralelo- y contar con el apoyo de la oposición generó expectativas de cambio, en estos meses ha sido incapaz de consolidar el apoyo necesario en la burocracia y en las instituciones gubernamentales, lo que ha hecho que el equipo de Maduro siga siendo una mejor opción para el importante aparato estatal y paraestatal venezolano.

Lo anterior se debe, en parte importante, a que Guaidó y su grupo no han logrado proponer un proceso de transición y una alternativa creíble de desarrollo democrático y estabilidad. Más allá de la retórica de falta de legitimidad y tiranía contra Maduro, no ha generado un plan de transición que permita convencer a sus aliados de que vale la pena apoyarlo con mayor firmeza.

La falta de confianza en su proyecto se ha basado en su incapacidad de generar cambios internos y de lograr apoyos que vayan más allá de la oposición que, de por sí, ya está fragmentada. Pero también ha sido provocada por la errónea visión política de pensar que Venezuela Live Aid y el posterior alzamiento serían gestas épicas que desencadenarían la irreversible salida de Maduro.

Ante tal falta de influencia, sus aliados han optado por apoyarlo en las declaraciones y en la comunicación, pero han sido muy cautos en el real apoyo político y monetario.

En este punto, es importante señalar que el apoyo en política de actores como gobiernos o parlamentos no solo tiene que ver con el espíritu democrático, sino también con el dividendo de estar en el bando ganador. Por eso, el fracaso del concierto fue un duro golpe comunicacional para sus aliados, ya que no solo no se produjo la caída, sino que los más directos -como los presidentes de Chile, Paraguay y Colombia- se mostraron siendo parte de una actividad con poca profundidad democrática y basada en un diagnóstico altamente errado e inocente.

Y entonces, ¿qué pasará?

Todo lo que hemos planteado anteriormente, concluye en el hecho de que no hay un plan de transición y, como no lo hay, no existe la capacidad de negociar más allá de las intenciones de cambio o de permanencia. Si bien Guaidó y la oposición que encabeza han generado instancias como gabinetes alternativos y representantes diplomáticos, no ha sido capaz de plantear cuál es su plan para que Maduro renuncie (o se le expulse), para reemplazar la estructura gubernamental y reordenar Venezuela.

En esa línea, no tiene un planteamiento claro que hacer al régimen y una oferta creíble a quienes lo apoyan internacionalmente para lograr que se arme un grupo que contribuya de manera efectiva al cambio y a la estabilización. Al día de hoy -al menos comunicacionalmente, para todos los involucrados internacionales- es más útil la retórica del ataque que la de la transición. Y como el tiempo pasa rápido, en la medida que se demore, más debilitado estará frente a su grupo y a sus aliados nominales y reales.

Paul Venturino D.
Periodista Universidad Católica de Chile.
Magíster en Ciencia Política, mención Instituciones y procesos políticos, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en comunicación audiovisual y publicidad, Universidad Autónoma de Barcelona, España.
Profesor de pre y posgrado Escuela de Periodismo Universidad Finis Terrae.
Profesor magister de Comunicación Estratégica, Facultad de Comunicaciones, Universidad Católica de Chile.
Socio y director ejecutivo de Strategika
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