facultad de humanidades y comunicaciones
Logo Facultad Humaniodades y Comunicaciones

26 Agosto 2021

¿Por qué los talibanes pudieron reconquistar Afganistán?

shutterstock 2026737008

Alberto Rojas M.
Boletín Observatorio Internacional
No. 54 / Julio-agosto 2021
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae

A casi dos décadas de la intervención estadounidense que derrocó su régimen brutal, la milicia talibán -tras una ofensiva imparable iniciada en mayo- retomó el control de Kabul y de casi todo Afganistán, ante la mirada atónita de la comunidad internacional. ¿Cómo y por qué ocurrió esto?

Son muchos los factores que se combinaron a lo largo de los años y que no fueron comprendidos -ni corregidos- de manera oportuna.

La larga guerra

Estados Unidos invadió Afganistán en octubre de 2001, tras los atentados terroristas de Al Qaeda del 11 de septiembre de ese mismo año, a través de la Operación Libertad Duradera. Sus objetivos eran la captura de Osama bin Laden, descabezar la organización terrorista que lideraba y destruir sus campos de entrenamiento en suelo afgano. Todos ellos, objetivos que se cumplieron -en términos generales- para diciembre de 2001 (Bin Laden se mantuvo prófugo por una década).

A partir de ese momento, Washington intentó impulsar un proceso de estabilización y democratización de Afganistán que evitara que se volviera a convertir en un “santuario” para grupos yihadistas. Una tarea no menor, considerando que este convulsionado país de Asia Central había vivido una polémica ocupación por parte de la Unión Soviética (1979-1989), una guerra civil (1990-1996) y un régimen fundamentalista a manos de los talibanes (1996-2001). En otras palabras, más de 20 años de violencia y destrucción.

Es probable que los afganos pensaran que la llegada de EE.UU. impulsaría una reconstrucción del país similar a la de Alemania o Japón tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, con el inicio de la invasión estadounidense a Irak (2003), Afganistán paulatinamente se fue transformando en un conflicto secundario que con el tiempo derivó casi en una “guerra olvidada”.

Y en la medida que pasaron los años, sobre todo con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, se instaló la idea de que EE.UU. debía iniciar la salida de aquellas largas y desgastadoras guerras en Afganistán e Irak.

En el caso afgano, la creación de un Ejército, una Fuerza Aérea y una Policía entrenados y equipados por Estados Unidos parecía suficiente para garantizar una retirada exitosa de ese país. Y de esa manera, a comienzos de 2020, las negociaciones entre el gobierno de Donald Trump y los talibanes en Doha (Qatar), ofrecían una falsa sensación de seguridad. Sobre todo, a partir del compromiso de los talibanes de detener sus ataques a las fuerzas occidentales y no amparar más grupos yihadistas en suelo afgano.

Un país fragmentado

Lo cierto es que Afganistán es un país que carece de una identidad nacional sólida. Y en vez de existir una “nación afgana”, es mucho más fuerte el vínculo con el grupo étnico o el clan tribal. Y por eso, históricamente, las provincias han visto con distancia y desconfianza al gobierno central en Kabul, en favor de la lealtad a los “señores de la guerra” locales.

Lejos de lo esperado, los talibanes -una milicia mayoritariamente pashtún- supo sobrevivir a su derrota en 2001 y al acecho constante de las fuerzas estadounidenses y de la OTAN. Y aprovechó en su favor todas las debilidades de sus adversarios.

shutterstock 2011872245

A pesar de su entrenamiento y armamento, las fuerzas militares afganas siempre dependieron en exceso de las tropas occidentales, así como del apoyo logístico ofrecido por contratistas militares privados. Por ejemplo, con el uso de drones y mantenimiento militar.

Asimismo, nunca se consolidó una industria armamentista local, que permitiera una progresiva independencia en términos de equipos y municiones. Y, por eso, cuando comenzó el acelerado repliegue estadounidense, se incrementó el número de derrotas y deserciones masivas.

A su vez, la inyección de millones de dólares -un billón, para ser exactos- solo acrecentó la malversación de fondos y la corrupción en todos los niveles del gobierno afgano, llegando a situaciones impensables, como que el Ejército comenzó a quedarse sin municiones, armas y alimentos.

Si a todo lo anterior se suma la convicción -por no decir fanatismo- de los talibanes, las posibilidades de sobrevivencia del gobierno afgano eran muy bajas, a pesar de que las fuerzas afganas triplicaban en número a los milicianos talibanes.

En ese aspecto, el presidente Joe Biden varias veces sostuvo que los 300.000 soldados del Ejército afgano frenarían el avance de los talibanes, que contaban con 60.000 a 70.000 efectivos. Sin embargo, hace décadas que la superioridad cuantitativa -en términos militares- no es garantía de un triunfo seguro.

La imagen de helicópteros estadounidenses evacuando personal diplomático, tropas y colaboradores afganos desde el aeropuerto de Kabul, inevitablemente ha hecho recordar la caída de Saigón, la antigua capital de Vietnam del Sur, en 1975. Un nuevo fantasma que, con toda seguridad, durante años se convertirá en un freno a nuevas incursiones militares.

shutterstock 2026737026

Sobre todo, a partir de las dramáticas imágenes de cientos de miles de afganos intentando obtener un cupo en algún avión que los saquen del país. Y que son solo una muestra de la crisis humanitaria en desarrollo que aumentará la diáspora afgana por el mundo.

Las perspectivas no son auspiciosas, considerando que el ex presidente Ashraf Ghani se encuentra refugiado en Emiratos Árabes Unidos y que líderes políticos talibanes como Abdul Ghani Baradar ya están de regreso en Afganistán para organizar su nuevo gobierno.

Ante la partida de Ghani, el vicepresidente Amrullah Saleh se declaró presidente provisional y llamó a la resistencia, aunque la pregunta es cómo articularla. Tal vez una esperanza sea Ahmad Massoud, hijo del asesinado líder tajiko Ahmed Chah Massoud, quien al igual que su padre, planea atrincherarse en el estratégico valle de Panshir (a solo 150 kilómetros de Kabul).

Otra larga guerra termina en medio de una retirada precipitada, dejando en el aire las interrogantes sobre sus causas y consecuencias. Un tema que, sin duda, historiadores y analistas internacionales intentarán poner en perspectiva a futuro, pero que los propios talibanes ejemplificaron con una frase: “Las tropas occidentales tenían los relojes, pero nosotros teníamos el tiempo”.

Alberto Rojas Moscoso
Director del Observatorio de Asuntos Internacionales
Facultad de Comunicaciones y Humanidades Universidad Finis Terrae.
Periodista, Universidad Diego Portales.
Magíster en Ciencia Política, mención Relaciones Internacionales, Pontificia
Universidad Católica.

 

.

A casi dos décadas de la intervención estadounidense que derrocó su régimen brutal, la milicia talibán -tras una ofensiva imparable iniciada en mayo- retomó el control de Kabul y de casi todo Afganistán, ante la mirada atónita de la comunidad internacional. ¿Cómo y por qué ocurrió esto?

Son muchos los factores que se combinaron a lo largo de los años y que no fueron comprendidos -ni corregidos- de manera oportuna.

La larga guerra

Estados Unidos invadió Afganistán en octubre de 2001, tras los atentados terroristas de Al Qaeda del 11 de septiembre de ese mismo año, a través de la Operación Libertad Duradera. Sus objetivos eran la captura de Osama bin Laden, descabezar la organización terrorista que lideraba y destruir sus campos de entrenamiento en suelo afgano. Todos ellos, objetivos que se cumplieron -en términos generales- para diciembre de 2001 (Bin Laden se mantuvo prófugo por una década).

A partir de ese momento, Washington intentó impulsar un proceso de estabilización y democratización de Afganistán que evitara que se volviera a convertir en un “santuario” para grupos yihadistas. Una tarea no menor, considerando que este convulsionado país de Asia Central había vivido una polémica ocupación por parte de la Unión Soviética (1979-1989), una guerra civil (1990-1996) y un régimen fundamentalista a manos de los talibanes (1996-2001). En otras palabras, más de 20 años de violencia y destrucción.

Es probable que los afganos pensaran que la llegada de EE.UU. impulsaría una reconstrucción del país similar a la de Alemania o Japón tras la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, con el inicio de la invasión estadounidense a Irak (2003), Afganistán paulatinamente se fue transformando en un conflicto secundario que con el tiempo derivó casi en una “guerra olvidada”.

Y en la medida que pasaron los años, sobre todo con la llegada de Barack Obama a la Casa Blanca, se instaló la idea de que EE.UU. debía iniciar la salida de aquellas largas y desgastadoras guerras en Afganistán e Irak.

En el caso afgano, la creación de un Ejército, una Fuerza Aérea y una Policía entrenados y equipados por Estados Unidos parecía suficiente para garantizar una retirada exitosa de ese país. Y de esa manera, a comienzos de 2020, las negociaciones entre el gobierno de Donald Trump y los talibanes en Doha (Qatar), ofrecían una falsa sensación de seguridad. Sobre todo, a partir del compromiso de los talibanes de detener sus ataques a las fuerzas occidentales y no amparar más grupos yihadistas en suelo afgano.

Un país fragmentado

Lo cierto es que Afganistán es un país que carece de una identidad nacional sólida. Y en vez de existir una “nación afgana”, es mucho más fuerte el vínculo con el grupo étnico o el clan tribal. Y por eso, históricamente, las provincias han visto con distancia y desconfianza al gobierno central en Kabul, en favor de la lealtad a los “señores de la guerra” locales.

Lejos de lo esperado, los talibanes -una milicia mayoritariamente pashtún- supo sobrevivir a su derrota en 2001 y al acecho constante de las fuerzas estadounidenses y de la OTAN. Y aprovechó en su favor todas las debilidades de sus adversarios.

A pesar de su entrenamiento y armamento, las fuerzas militares afganas siempre dependieron en exceso de las tropas occidentales, así como del apoyo logístico ofrecido por contratistas militares privados. Por ejemplo, con el uso de drones y mantenimiento militar.

Asimismo, nunca se consolidó una industria armamentista local, que permitiera una progresiva independencia en términos de equipos y municiones. Y, por eso, cuando comenzó el acelerado repliegue estadounidense, se incrementó el número de derrotas y deserciones masivas.

A su vez, la inyección de millones de dólares -un billón, para ser exactos- solo acrecentó la malversación de fondos y la corrupción en todos los niveles del gobierno afgano, llegando a situaciones impensables, como que el Ejército comenzó a quedarse sin municiones, armas y alimentos.

Si a todo lo anterior se suma la convicción -por no decir fanatismo- de los talibanes, las posibilidades de sobrevivencia del gobierno afgano eran muy bajas, a pesar de que las fuerzas afganas triplicaban en número a los milicianos talibanes.

En ese aspecto, el presidente Joe Biden varias veces sostuvo que los 300.000 soldados del Ejército afgano frenarían el avance de los talibanes, que contaban con 60.000 a 70.000 efectivos. Sin embargo, hace décadas que la superioridad cuantitativa -en términos militares- no es garantía de un triunfo seguro.

La imagen de helicópteros estadounidenses evacuando personal diplomático, tropas y colaboradores afganos desde el aeropuerto de Kabul, inevitablemente ha hecho recordar la caída de Saigón, la antigua capital de Vietnam del Sur, en 1975. Un nuevo fantasma que, con toda seguridad, durante años se convertirá en un freno a nuevas incursiones militares.

Sobre todo, a partir de las dramáticas imágenes de cientos de miles de afganos intentando obtener un cupo en algún avión que los saquen del país. Y que son solo una muestra de la crisis humanitaria en desarrollo que aumentará la diáspora afgana por el mundo.

Las perspectivas no son auspiciosas, considerando que el ex presidente Ashraf Ghani se encuentra refugiado en Emiratos Árabes Unidos y que líderes políticos talibanes como Abdul Ghani Baradar ya están de regreso en Afganistán para organizar su nuevo gobierno.

Ante la partida de Ghani, el vicepresidente Amrullah Saleh se declaró presidente provisional y llamó a la resistencia, aunque la pregunta es cómo articularla. Tal vez una esperanza sea Ahmad Massoud, hijo del asesinado líder tajiko Ahmed Chah Massoud, quien al igual que su padre, planea atrincherarse en el estratégico valle de Panshir (a solo 150 kilómetros de Kabul).

Otra larga guerra termina en medio de una retirada precipitada, dejando en el aire las interrogantes sobre sus causas y consecuencias. Un tema que, sin duda, historiadores y analistas internacionales intentarán poner en perspectiva a futuro, pero que los propios talibanes ejemplificaron con una frase: “Las tropas occidentales tenían los relojes, pero nosotros teníamos el tiempo”.