facultad de humanidades y comunicaciones
Logo Facultad Humaniodades y Comunicaciones

17 Agosto 2021

El Partido Republicano del ex presidente Trump

Trump

Eduardo Olivares C.
Boletín Observatorio Internacional
No. 54 / Julio-agosto 2021
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae

 

El gran espectáculo de la “política trumpista” al interior del Partido Republicano puede resumirse, a estas alturas, en tres actos. 

Primer acto: la toma

En el sistema político norteamericano, los partidos juegan un rol relevante como los grandes seleccionadores de candidatos en todos los niveles. Sin embargo, adolecen de una característica que suele ser objeto de críticas: en estricto rigor, cualquier persona puede ser la abanderada por uno de los dos partidos dominantes –Republicano y Demócrata– a cualquier puesto. En un estado normal de cosas, el partido debería dictar el marco dentro del cual la persona se acomoda; pero hay veces (pocas, pero las hay) en que termina siendo la persona la que dicta lo que el partido debe hacer.

Donald Trump, por ejemplo, se inscribió como republicano a fines de los 80, una década después se afilió a un partido menor (Partido de la Independencia) y se convirtió en demócrata a inicios de este siglo. Sería una década después cuando volvió a ser republicano. Su popularidad televisiva y su fama como empresario inmobiliario lo pusieron sobre el tablero. Y envalentado con una retórica populista y nacionalista que leyó bien el malestar de una parte del país, consiguió la nominación republicana en 2016 y luego su ascenso a la Casa Blanca en 2017. En ese camino terminó dominando a su partido.

La presidencia de Donald Trump ha sido suficientemente analizada en su propio mérito, de modo que aquí solo mencionaré algunos aspectos relativos a su impacto en el Partido Republicano.

En primer lugar, el partido consiguió llenar una serie de puestos en el Poder Judicial durante esta administración que le permitieron recuperarse ante el avance demócrata de la administración de Barack Obama. Contar con jueces republicanos en los distintos niveles de la Judicatura es favorable para las posiciones actuales de ese partido en áreas como el aborto, el porte de armas o las restricciones a la inmigración ilegal. Trump no puso obstáculos en la serie de solicitudes que al respecto le fueron realizando altos dirigentes republicanos, como Mitch McConnell o Lindsey Graham.

chapitas

En segundo lugar, Trump llevó adelante una reforma tributaria profunda que rebajó los impuestos a las grandes corporaciones. Aunque es difícil determinar el grado de impacto específico de esa política sobre la economía, es un dato que durante su administración Estados Unidos retomó niveles de crecimiento y de pujanza laboral que parecían olvidados. Nuevamente, se trató de iniciativas en línea con las demandas más sonadas del establishment republicano.

Hasta ahí, las coincidencias de la línea histórica más o menos reciente del Partido Republicano y las propuestas de Donald Trump tuvieron un alto grado de alineamiento. Pero en las dos siguientes áreas hubo más estridencias, sobre todo con la cúpula dirigente y los congresistas de mayor peso.

En tercer lugar, entonces, Trump trazó ciertas políticas económicas y diplomáticas heterodoxas. Su guerra comercial con China se alimentó de severos daños a la propia economía norteamericana, dado que un alza unilateral de los aranceles (como represalia a China) impactó a productores y consumidores. Fue una apuesta arriesgada, que buscó generar un desgaste para Beijing, y cuyos resultados finales quedaron en un gran signo de interrogación dado que la pandemia alteró cualquier cálculo. 

Con todo, el neoproteccionismo comercial, una política exterior aislacionista, la desconfianza hacia viejos aliados europeos y la sintonía con autócratas no conversaron bien con la propuesta del republicano previo en la Casa Blanca, George W. Bush. La animadversión recíproca entre Trump y Bush fue, en cualquier caso, siempre explícita.

En el cuarto puesto viene, probablemente, el factor más divisorio: la emergencia de las guerras culturales. En su estrategia por el camino de lo políticamente incorrecto, Trump dio tribuna a movimientos sexistas, raciales y xenófobos que estaban sumergidos en el discurso público, pero muy vivos en las conversaciones domésticas. 

Les dio validez a millones de votantes que por fin se sintieron representantes por quien no parecía tener vergüenza en hablar en forma ofensiva, si lo consideraba necesario. Para los republicanos históricos, aquellos que se sentían orgullosos de ser el partido de Abraham Lincoln –el gran abolicionista de la esclavitud–, resultó difícil de procesar que fuera su propio partido el que terminara capturado por discursos de odio racial.

Segundo acto: la operación

Los meses en que Trump negó haber sido derrotado fue un período de lastre. El ex presidente planteó a todos los vientos que la victoria de Joe Biden fue producto de un fraude masivo, al que llamó “la gran mentira”. 

Nuevos libros sobre su último año en la Casa Blanca, en especial “I alone can fix it” (Carol Leonning y Philip Rucker) y “Landslide” (Michael Wolff), citan el caótico cierre de su gestión e incluso dicen que un insólito intento de autogolpe sí habría tomado un cierto vuelo en Washington DC. Eso sí, Wolff concluye que en realidad la incompetencia de Trump era incluso elevada como para elaborar, en forma al menos articulada, un posible ataque a la democracia. Del texto de Wolff uno concluye que todo lo sucedido al cierre del mandato de Trump fue la consecuencia de un delirio.

No fue sino hasta las derrotas senatoriales de Georgia, en una segunda vuelta disputada en enero, que los principales dirigentes republicanos comenzaron a aceptar en forma oficial la victoria de Joe Biden. Para entonces las aguas entre esos líderes, en especial McConnell, líder del partido en el Senado, con Trump, ya se habían separado. 

Es cierto que el segundo impeachment contra Trump, motivado por el asalto al Capitolio el 7 de enero, fue infructuoso debido a que no contó con el respaldo republicano, pero el propio McConnell expresaría después con dureza que en su opinión el expresidente debería de todos modos enfrentar a la justicia.

Y he aquí el gran dilema del establishment republicano: no pueden librarse de la influencia trumpista. El ex mandatario ya no ejerce su peso presidencial y ha perdido su palanca comunicacional tras la expulsión desde Twitter, pero en sus escasas intervenciones en mítines políticos ha perseverado en su cadena de falsedades sobre la elección de noviembre de 2020 y sus bases parecen suficientemente agitadas. 

La muestra más clara sobre el poder trumpista operó en mayo, cuando Liz Cheney, hija del ex vicepresidente Dick Cheney, fue expulsada como una de las líderes de su partido en la Cámara de Representantes. Su pecado fue condenar, donde pudo y cuantas veces pudo, la causalidad entre las provocaciones de Trump y el asalto al Capitolio.

Tercer acto: la captura

La prensa norteamericana más liberal saturaba sus titulares con las acciones que Trump ejercía y con las atribuciones que Trump no aplicaba. Su nombre figuraba de punta a cabo en las páginas de papel y los sitios web. Pero esos medios, en especial “The New York Times”, “The Washington Post” y CNN, le hablaban a un público mayormente demócrata, liberal y en particular anti-Trump.

El público de Trump no consumía esos reportes. Desconfiaba de ellos. Y aún lo hace. Los electores blancos de menor nivel educacional y menores recursos, la gran base de apoyo del magnate inmobiliario, se nutren de los programas de estrellas radiales y televisivas (en especial Fox News) conservadores que rehúyen del Estado, del discurso progresista, del “red set” y de lo políticamente correcto. Y esos comunicadores, como Sean Hannity, denuncian que la izquierda enriquecida –de la costa este y oeste–, inmersa en guerras culturales y en el discurso identitario, ha olvidado al norteamericano medio dejado atrás en el camino del progreso. Aquella división sigue viva.

En las primarias para puestos decisivos en el partido, que debe escoger cientos de postulantes a cargos congresistas estatales y federales, la marca “Trump” ofrece crédito. Las elecciones de mitad de mandato son en 2022, pero es en 2021 cuando se mueven las aguas en las primarias respectivas. 

cartel pro trump

Hay algunas carreras senatoriales que seguir. Por ejemplo, el senador republicano Pat Toomey no irá a la reelección en Pensilvania y, de los cuatro posibles contendores en las primarias de ese partido (Sean Parnell, Jeff Bartos, Kathy Barnette y Carla Sands), los cuatro tienen un sello trumpista. 

Las primarias republicanas para el puesto senatorial de Arizona tienen una serie de competidores declarados, entre ellos Blake Masters, y buena parte del eje de discusión gira en torno a una auditoría a las elecciones 2020 por las sospechas de la “gran mentira”. En Carolina del Norte, el senador Richard Burr también abandona su puesto y entre los republicanos ya hay un “bendecido” por Trump: el representante Ted Budd.

Fue en Carolina del Norte donde Trump protagonizó un reciente mitin en que trazó cuál será la línea donde hará jugar a los republicanos. “La supervivencia de Estados Unidos depende de nuestra capacidad para elegir republicanos, en todos los niveles, a partir de las elecciones de mitad de mandato del próximo año”, dijo.

El ex presidente, de 75 años, juega por ahora al misterio en relación con una potencial candidatura para 2024. Aparte de su propio interés, hay al menos dos factores que podrían bloquearle ese paso: por un lado, un mal resultado de los candidatos que él apoye, tanto en las primarias republicanas como en las elecciones de medio término; por otro, que el caso judicial que la Fiscalía de Manhattan lleva adelante sobre la Organización Trump –su holding empresarial– termine con él como acusado.

Puesto así, el Partido Republicano parece tener muchos años de Trump por delante.



Eduardo Olivares Concha.
Periodista, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en Estudios Internacionales y del Pacífico, Universidad de California, San Diego.
Doctor en Ciencia Política, Universidad de Manchester.
Profesor de Economía Chilena en la carrera de Periodismo de la Universidad Finis Terrae.
Ha trabajado en el Diario Financiero, La Tercera y El Mercurio.
Actualmente es editor general de Pauta.