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24 Junio 2021

Las monarquías constitucionales europeas y su rol en el siglo XXI

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Paul Venturino D.
Boletín Observatorio Internacional
No. 53 / Mayo-junio 2021
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae

Megan Markle junto al príncipe Harry -previo pago de US$ 7 millones- criticando en televisión a la reina Isabel, Ernesto de Hannover siendo condenado a restricciones de movimiento en Austria o Juan Carlos I de España escapando subrepticiamente de su país para evitar a la ley, son imágenes comunes en los medios. Si bien son hechos que podrían ser catalogados solo como “farándula”, son relevantes políticamente porque estos personajes representan instituciones que en sus países son la base del Estado (España e Inglaterra son monarquías constitucionales) y tienen una alta influencia en la política, en la sociedad y, sin duda, en la economía.

Más allá de que las instituciones suelen funcionar de acuerdo con la habilidad de las personas a cargo -que en este caso son designadas por razón de herencia y no por elección- y por lo mismo están expuestas a vaivenes personales, la pregunta transversal que atraviesa los países europeos y sus monarquías es cuál es el rol político que ellas deben cumplir en un momento que las democracias participativas ya se han consolidado por más de medio siglo.

El rol de garantes institucionales pierde fuerza

Hay dos ideas basales del rol que cumplen las monarquías constitucionales, pero que en la discusión pública actual son cuestionadas producto de la globalización y los conflictos. La primera de ellas es que las monarquías representan la continuidad de la idea de nación, generando estabilidad, mientras que la segunda, plantea que son fuente de unidad de sus pueblos, más allá de la contingencia política propia de gobiernos que se modifican.

Por lo mismo, su rol es eminentemente simbólico, especialmente en países que, como España, Inglaterra o Bélgica, son federales y agrupan dentro de sí nacionalidades históricas diferentes y habitualmente en disputa. El simbolismo está dado por su capacidad de aunar criterios y tener en la figura del o la monarca a alguien intachable que, además, concita respeto interno y externo.

El problema que enfrenta esta visión -que de todas formas suele tener el apoyo mayoritario de los ciudadanos en los países de Europa- es que la globalización, los nacionalismos y las migraciones han generado un cuestionamiento directo a la figura del Estado-nación tradicional y, por ende, a sus símbolos como monarquía, bandera e idioma único.

Frente a una corriente cuestionadora que las excede, las monarquías han sido poco ágiles en modernizarse -más allá de discursos y actividades en diferentes zonas geográficas o aprendizaje de idiomas regionales- y abrazar como propias causas que son relevantes para sus súbditos como la equidad de género, los problemas asociados al cambio climático o la promoción de los derechos de minorías. Y si bien puede alegarse que probablemente el rol de los monarcas está determinado por las reglas de la corte, también es cierto que, para crear una posición, esta no tiene que ser necesariamente política.
Otro factor de debilitamiento público -que no siempre incide en su popularidad, pero sí en su valor de marca- es que en general los países europeos han logrado convertirse en democracias estables y, por lo mismo, menos necesitadas de garantes o líderes nacionales que tengan a raya a grupos o instituciones que quieran conculcar los proceso democráticos y electorales.

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¿Pero qué pasa con las personas?

Como todo tema social, hay diversas posiciones en las sociedades de los países que tienen monarquías, aunque hasta el momento -en general- la mayoría tiene una positiva evaluación del sistema y de sus monarcas. Es interesante que el apoyo tiende a crecer en personas mayores y ser progresivamente menor a medida que se baja en rangos etarios.

Por ejemplo, en Inglaterra, de acuerdo con el sitio Statista, especializado en estadísticas sociales y económicas, a inicios de este año el apoyo a la monarquía a nivel general era de 62%, pero con un rango que va entre 84% entre los mayores de 65 años y solo un 42% en la población de 28 a 24 años.
Otra mirada interesante es la que aporta un estudio de IPSOS, realizado en 2020, que afirma que si bien las monarquías son apoyadas por los ciudadanos con mayorías que rozan el 50%, está creciendo a niveles similares el porcentaje de quienes consideran que es una institución prescindible y que podría ser objeto de un referéndum sobre su continuidad.

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Su rol económico y turístico

Independientemente de los problemas o cuestionamientos políticos a la institución, hay dos elementos en los que reyes, reinas y príncipes pueden consolidar un rol relevante: ser embajadores económicos para sus países. A pesar de problemas como los de Juan Carlos I, quien recibió sobornos por gestiones en proceso de licitación, es un hecho que los monarcas tienen una capacidad importante de despliegue internacional y son figuras interesantes para relaciones exteriores, atracción de inversiones, y motivación de turismo interno y externo.

Países como Bélgica, Suecia, Inglaterra u Holanda, han generado interesantes iniciativas de “marca país” en las que la monarquía juega un papel importante tanto desde el “cuento de hadas” como del de una institución que es interesante de conocer por su presente, pero especialmente por su historia.
De hecho, un estudio de la consultora Brand Finance -realizado hace algunos años, pero cuyas conclusiones se pueden extrapolar a 2021- plantea que la monarquía británica genera valor por más de 1.600 millones de libras anuales, lo que es una excelente ganancia si se considera que el costo de la institución no supera los 250 millones de libras, anualmente.

Si bien no hemos conocido los números, un ejemplo de este valor de marca país/turístico pudo apreciarse en los funerales de Felipe de Edimburgo. No solo se realizó una extensa cobertura mediática, sino que se generó infinidad de contenidos en medios tradicionales y redes sociales sobre su rol y el de la monarquía, reactivando la idea de su rol simbólico.
En ese sentido, es probable que la crisis del coronavirus que ha generado un mundo afectado por la incertidumbre y la desesperanza cree un escenario favorable para las monarquías europeas y abra nuevos roles para sus integrantes.

Paul Venturino D.
Periodista Universidad Católica de Chile.
Magíster en Ciencia Política, mención Instituciones y procesos políticos, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en comunicación audiovisual y publicidad, Universidad Autónoma de Barcelona, España.
Profesor de pre y posgrado Escuela de Periodismo Universidad Finis Terrae.
Profesor magister de Comunicación Estratégica, Facultad de Comunicaciones, Universidad Católica de Chile.
Socio y director ejecutivo de Strategika.