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25 Enero 2021

Teorías de la conspiración: ¿por qué tantas personas las creen?

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Eduardo Olivares C.
Boletín Observatorio Internacional
No. 52 / Enero-febrero 2021
Facultad de Humanidades y Comunicaciones
Universidad Finis Terrae

“Una cosa que no puedo entender es cuán hambrientas están las personas por consumir mentiras”.
Al Schmidt, comisionado republicano de Filadelfia, durante el conteo de votos. CNN, 11 de noviembre de 2020

En su gran show de despedida, el ex presidente Donald Trump elaboró una mentira que estuvo amasando por meses: que la elección que perdió en realidad fue producto de un fraude masivo. Alimentó esa falsedad también en 2016, cuando decía que los demócratas harían trampa para vencerlo en los comicios. Ya entonces, como en 2020, su lógica operaba igual a la de cualquier niño malcriado: si gano, me lo merezco; si pierdo, me hicieron trampa.

Si fuera solo un juego de niños, tendría una solución, pero no lo es. El asalto al Capitolio refleja la gravedad de aquellas falsedades fuera de control, alimentadas -además- por otros políticos que tarde han intentado sofocar un incendio que ellos mismos atizaron.

Las denominadas teorías de la conspiración surgen como respuesta a enigmas o sospechas, o a veces son lisa y llanamente mentiras destinadas a la manipulación de individuos que carecen de las herramientas para detectarlas. Pueden ser atractivas, cómodas y en ocasiones tan adictivas que las personas llegan a necesitarlas para darles sentido a sus propias preferencias. Por eso, ante el asombro de ese funcionario republicano a cargo del conteo de votos en Pensilvania, Al Schmidt, sí, hay gente “hambrienta” de mentiras.

Tantas mentiras en la historia

Las teorías de la conspiración pueden ser definidas como la fabricación de una mentira cuya lógica depende de la duda sobre elementos de la realidad. Como la realidad es compleja, cualquier detalle –un discurso incompleto, un dato corregido, un asunto desatendido– puede gatillar una especulación que dé pie a una falsedad nueva.

Se dice que es una “teoría” porque consiste en una urdiembre de premisas, algunas de las cuales pueden ser ciertas, que permiten proyectar conjeturas con algún grado de verosimilitud. Son “conspirativas” porque detrás debe tener un gran culpable cuyo objetivo es la dominación de otros (un grupo específico, una nación, la humanidad).

Trump ha inventado –o promovido– teorías de las conspiración nuevas, pero es apenas uno más en una larga lista de creadores.

Fueron Suetonio y Dion Casio quienes escribieron en sus obras que Nerón ordenó el incendio de Roma, pero Tácito recuerda cuán lejos estaba el gobernante de la capital y nunca dice explícitamente que existiera una conexión directa con el evento. No ha importado: durante más de dos mil años se ha sostenido la creencia de que el extravagante emperador tocaba la lira mientras ordenaba hacer arder su ciudad. El impacto de esa mentira, con todo, ha sido inocuo. No así otra mentira mucho más grande y funesta: “Los protocolos de los sabios de Sion”.

A inicios del siglo XX apareció en Rusia y luego en Francia un escrito que se presentaba como el registro de reuniones secretas de un grupo de judíos que buscaban controlar Europa y, desde ahí, el mundo. El texto, llamado “Los protocolos de los sabios de Sion”, consistía en supuestas actas de encuentros de altas eminencias hebreas ocurridos a fines del siglo previo.

El documento circuló en clubes, llegó a manos de gobernantes, se popularizó entre ciertas élites antisemitas y de allí se filtró a las calles. Pero todo era un complot de individuos acomplejados, que aprovecharon el ascenso de algunos comerciantes y banqueros judíos para asestarles un golpe a punta de una campaña de desprestigio. Por cierto, lo consiguieron. Uno de los lectores de aquella obra fue un tal Adolf Hitler.

Para ser claros: nunca existieron ni esas reuniones ni mucho menos las actas. Todo fue un plagio alterado de una novela satírica de Maurice Joly, llamada “Diálogos en el infierno entre Maquiavelo y Montesquieu”, en ningún caso relacionada con los judíos.

En 1921, el Times de Londres y luego The New York Times revelaron la farsa, pero la mentira para entonces estaba irremediablemente instalada. Aún hoy existen ediciones en todos los idiomas de los “Protocolos…”, lo que demuestra la persistencia del daño de esta fabricación antisemita.

 

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El Covid

Uno: Las vacunas contra el covid-19 vienen con un microchip.
Dos: El covid-19 es un resfrío común.
Tres: Las antenas de 5G transmiten el nuevo coronavirus.

Estas tres son teorías conspirativas que hoy circulan por cuanta red social pueda revisarse. Son ciertamente atractivas, pues juegan con la ignorancia generalizada sobre el origen del virus SARS-Cov-2 y las sospechas sobre un “orden mundial” que no solo dirige todo con una planificación sorprendente, sino que oprime con su dinero a la humanidad.

Hay mucha ideación en la mezcla entre realidad y ficción. En la medida en que las personas menos informadas no disocian lo que cuentan las películas de su propia realidad, y se imparte educación de bajo estándar, aumenta la propensión a creer falsedades. No es algo nuevo. De otro modo, ¿por qué son tan exitosos los estafadores del “cuento del tío”?

No, no es cierto que se implanten microchips en las personas, entre otras razones porque no existe tal tecnología. También está desacreditado que el nuevo coronavirus sea otro resfrío común, para lo cual basta revisar la literatura médica sobre los efectos de cada cual. Y mucho menos una antena puede proyectar en el espectro electromagnético un virus.

A quienes todas estas obviedades les parezcan lo que son –ridículas–, debería sin embargo preocuparles que existan miles de personas que las crean verdades. El tiempo para comentarlas como bromas desapareció porque, lamentablemente, hay que tomarlas en serio y darse el trabajo lento y a veces fatigante de desmontarlas sin estridencias.

Cómo reconocerlas
De acuerdo con un trabajo publicado por la Unesco y la Comisión Europea, las teorías conspirativas presentan seis elementos en común que cualquier lector podrá advertir (1):

1. Una supuesta trama secreta.
2. Un grupo de conspiradores.
3. “Pruebas” que parecen apoyar la teoría de la conspiración.
4. Sugieren falsamente que nada es accidental y que las coincidencias no existen; nada es lo que parece y todo está relacionado.
5. Dividen el mundo entre buenos y malos.
6. Utilizan a determinadas personas y grupos como chivos expiatorios.

Como se ve, las teorías de la conspiración simplifican el mundo: blanco o negro, buenos y malos. Un factor típico de estas fabricaciones es que siempre existe una especie de “mente maestra” que no solo digita todo desde algún lugar secreto, sino que es capaz de anticipar todos los pasos del resto.
En el caso de ciertos movimientos antivacunas, la mentira se sostiene así: las vacunas hacen mal, pero los científicos lo ocultan porque son financiados por las grandes farmacéuticas que ganan dinero con las vacunas. En ese esquema, si alguien aporta pruebas de que las vacunas son benignas, se les rechaza sin importar la validez técnica pues “siempre responderán a intereses”.

Entonces, ¿cómo podría demostrárseles a esas personas que están equivocadas? Simplemente no se puede, pues solo toman sus prejuicios como válidos. Es un callejón sin salida, salvo que esa persona sea capaz de descubrir la manipulación de quien la engaña.

Por supuesto, detrás del éxito de las teorías de la conspiración hay al menos dos pilares. Por un lado, efectivamente los seres humanos ignoramos de nuestro mundo mucho más de lo que sabemos. Esa ignorancia se ha llenado a través de los siglos con mitos y supersticiones. Por algo entre los libros más vendidos al cierre de cada año están los de pronósticos esotéricos tipo horóscopo chino y charlatanerías similares.

Por otra parte, como ciudadanos hemos aprendido a sospechar entre nosotros y sobre todo de las élites. No es una sospecha infundada, sino bastante lógica a la luz de una perenne cascada de actos de corrupción e intereses creados que suelen desplegarse a vista de medio mundo. Grandes escándalos, como el de las tabacaleras que por décadas ocultaron su conocimiento sobre la relación entre fumar y el cáncer, corresponden a un cierto tipo de conspiraciones que terminaron siendo ciertas.



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La inteligencia de los excluidos

Pero aquí no hablamos de la corrupción o de mentiras corporativas, sino de materias sobre las cuales hay consenso experto en determinadas áreas.

Por ejemplo, hay consenso experto sobre el beneficio de las vacunas, sobre que la Tierra es esférica y sobre la llegada en 1969 del hombre a la Luna, asuntos sobre los cuales han emergido cuestionamientos en forma reciente.

En parte, quienes creen en las teorías de la conspiración se sienten excluidos, subestimados, en ocasiones humillados por los “expertos”. Esa distancia se agranda. Los excluidos se recluyen más, se alejan y explican su mundo a partir del “sentido común” del “si no lo veo, no lo creo”, “es así salvo que se demuestre lo contrario” y “por algo se dirá esto”. Se vuelven seguidores de una sospecha que les hace sentir parte de un “conocimiento” que compite con aquel de los expertos.

En un artículo en The New York Times, el intelectual Yuval Noah Harari descompone varios de los elementos de las teorías de la conspiración. Como él dice, las teorías suelen apuntar a una “camarilla mundial”, que vendrían siendo un grupo de personas que desde sus esferas de influencia y enormes corporaciones todo lo controlan. De ese modo, las teorías “son capaces de atraer a grandes grupos de seguidores, en parte porque ofrecen una sola explicación sin rodeos para una infinidad de procesos complicados. Las guerras, las revoluciones, las crisis y las pandemias todo el tiempo sacuden nuestras vidas. No obstante, si creo en algún tipo de teoría de la Camarilla Mundial, disfruto la tranquilidad de sentir que entiendo todo”.

Como agrega Harari, “la llave maestra de la teoría de la Camarilla Mundial abre todos los misterios del mundo y me ofrece una entrada a un círculo exclusivo: el grupo de personas que entienden. Nos hace más inteligentes y sabios que la persona promedio”.


Eduardo Olivares Concha.
Periodista, Pontificia Universidad Católica de Chile.
Magíster en Estudios Internacionales y del Pacífico, Universidad de California, San Diego.
Doctor en Ciencia Política, Universidad de Manchester.
Profesor de Economía Chilena en la carrera de Periodismo de la Universidad Finis Terrae.
Ha trabajado en el Diario Financiero, La Tercera y El Mercurio.
Actualmente es editor general de Pauta.

(1) Comisión Europea y Unesco, “Identificar las teorías conspirativas”, en https://ec.europa.eu/info/live-work-travel-eu/coronavirus-response/fighting-disinformation/identifying-conspiracy-theories_es. Acceso: 17 de enero de 2021