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“Namazu” de Rodrigo Ramos Bañados

| Jueves, 05 Noviembre 2015.

Título: “Namazu”
Autor: Rodrigo Ramos Bañados
Editorial: Narrativa Punto Aparte
Género: Narrativa
Año de publicación:2013

namazu

Dos cosas cabe decir de entrada sobre esta novela de Rodrigo Ramos Bañados, autor antofagastino que viene a corroborar con su obra tan secreta y pertinaz esa suerte de “boom” literario que hoy conforman los autores nortinos, una eclosión de talentos novelísticos a la cabeza de la cual marchan Patricio Jara o Diego Zúñiga. La primera cosa es que Namazu casi obtuvo, muy merecidamente, el premio a las mejores obras inéditas del año previo a su publicación –galardón que cedió a Diego Zúñiga, dicho sea de paso– y luego estuvo en la discusión final de otro premio relevante –me consta porque tomé parte en esa nueva discusión como jurado. La segunda es que es una joya de principio a fin, un tour de force insospechado en que se patentizan nuestras abundantes miserias como nación, pero también nuestras reservas –tan escasas, tan vacilantes– de humor negro y de cierta desidia criolla y provinciana que, aun con su indolencia y sarcasmo siempre acechantes, nos permiten a todos sobrevivir en este antro de estulticia a orillas del Pacífico. Le puse color; es contagioso lo de Ramos Bañados.

La historia en sí es desde ya insólita: un tal Hiromu, una suerte de sismólogo japonés de poca monta e improvisado, llega a Tocopilla con un ayudante y documentalista peruano, Kasunoke, también de ancestros nipones, con un propósito desopilante: prevenir a la fauna tocopillana y regional del gran cataclismo que se avecina en cuestión de semanas y cuyas coordenadas exactas han sido establecidas por Hiromu. Tan exacta es su predicción, que la novela se inicia, en una secuencia y despliegue hábilmente concebidos por el autor, con la destrucción y arrasamiento del puerto nortino al inicio de la narración.

Con este apocalipsis develado en las primeras cinco líneas, nuestra lectura del escenario previo al desastre y de los seres desangelados que lo habitan será ineludiblemente expectante y también cómplice. Expectante porque, desde las primera páginas, anhelamos saber qué ocurrió y quién habrá de sobrevivir; y cómplice, porque la suerte, o mala suerte, del pueblo nos lleva a la identificación ineludible y la empatía progresiva con esa gente condenada y resueltamente infame que vegeta en ese litoral sin destino. Una parcela del mundo que es, a todas luces, como el Chile profundo: una semblanza, querámoslo o no, de todos nosotros. Gente que, como comprueba su fallido redentor japonés, “tiene la costumbre de pedir dinero a todas horas”, que está siempre esperando a que alguien se equivoque para reírse, que cultiva como si fueran dones la xenofobia y la superstición. “Dios dejó a este pueblo botado”, dice en cierto momento uno de los protagonistas de la historia, resumiendo el pathos colectivo. La historia está llevada con una agilidad insospechada, en una suerte de crónica –jalonada cada tanto con páginas tomadas de la bitácora del propio Hiromu– que adhiere con astucia a los clisés periodísticos siempre en boga en las páginas de crónica, en un tono premeditada y falsamente objetivo que abunda en los esperpentos locales y vuelve cada tanto a las consecuencias ya reveladas de la tragedia en ciernes. Ramos Bañados tiene el don del humor y el sarcasmo, pero es una cualidad que despliega como al pasar, sin estridencias y sin buscar obsesivamente la comicidad, y así es como habitualmente se logra la comicidad de altura. Conmiseración y tono de farsa son las dos caras de una misma moneda, esa que el autor de esta novela excepcional echa a rodar desde la primera página y que no nos da tregua sino hasta que todo ha sido arrasado, dejándonos, a pesar del asunto apocalíptico, una sonrisa indeleble en el rostro y la sensación gratísima de haber asistido a una revelación de algún tipo. La misma que Rodrigo Ramos Bañados sugiere, con su modestia solo aparente de propósitos, en el panorama literario nacional.


Diciembre 2014