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Nihilismo a la chilena: una lectura de "Colonos"

| Jueves, 18 Diciembre 2014.

Título: “Colonos”
Autor: Leonardo Sanhueza
Editorial: Cuneta
Género: Poesía
Año de publicación:2011

colonos

Cuando reviso los libros de Leonardo Sanhueza, pienso que desde Cortejo a la llovizna hasta Colonos, su último poemario, se registra una pérdida de fe. Parece que una forma de escepticismo espectral domina ahora su visión poética, el tono y el alcance de su lenguaje. Un desencanto pausado y persistente. En lo estrictamente estético, su fraseo intenso y exuberante dio paso a un discurso más preciso, con mayor brillo intelectual y, al mismo tiempo, más lapidario y amargo.

Es cosa de pensar en los títulos de sus libros: Cortejo a la llovizna, Tres bóvedas, La Ley de Snell, Colonos. Este último es el único que ocupa tan solo una palabra para presentarse. Parco desde la portada, vacío de lirismo. Hasta la sonoridad de la palabra Colonos es árida y cortante como una navaja puesta en la mesa del lector.

La atmósfera del libro es sombría, violenta. Dividido en dos secciones (la primera en prosa), cuenta parte de la historia del belga Gustave Verniory, antes y durante su travesía a América en busca de fortuna. La segunda, escrita bajo la inevitable influencia del Spoon River de Edgar Lee Master, compila las voces de colonos ¿vivos? y muertos en el sur de Chile.

A pesar de la división prosa/verso lo uno como lo otro conviven intercambiando la pulpa. Al leer versos, la fluidez y el ritmo hacen pensar en prosa, y al leer la prosa, las imágenes y sentencias me parecen propias del verso. La mixtura pone el acento en la naturaleza narrativa de todo el libro, pero narrativa en un sentido poético, narrativa en un sentido más antiguo que nosotros, cuando la vida de los hombres era contada y cantada al mismo tiempo, cuando la mirada humana no era altiva ni tampoco despreciaba su lugar en el universo. Pero ese es otro tema. Volvamos.

La primera parte se cierra con esta imagen: «Nadie lo escuchaba. Como tampoco nadie lo veía, a continuación sacó el espejo de mano que solía llevar en un bolsillo de su chaqueta y, después de mirarse en él por última vez, lo limpió con su camisa y lo dejó caer en el mar».

Este cierre me pareció penetrante, profundo y muy emotivo. ¿Quién no ha querido mirarse por última vez en el espejo del pasado, limpiarlo de toda su oscuridad y arrojarlo al mar? Recordé al profeta Miqueas cuando dijo «Volverás a tener compasión de nosotros. /¡Aplastarás nuestros pecados bajo tus pies / y los arrojarás a las profundidades del océano!» (Miq 7, 19 / NTV). Esta escena que retrata a Verniory arrojando su antiguo reflejo al mar instala a “la identidad” como tema. ¿Quién fue y quién será Gustave? Por otra parte, ¿El viaje sin memoria es un largo exilio o un regreso a casa? ¿Es Gustave más parecido a Ulises persiguiendo el hogar perdido o a Moisés buscando la tierra prometida? ¿O tanto Ulises como Moisés buscan lo mismo?

Creo que la expectativa construida en Verniory tiene alcance universal. Y quizá la imposibilidad humana de lanzar el reflejo para perderlo en el agua, se vuelve drásticamente real en la segunda parte del libro: violenta, grotesca y absurda.

El tercer poema de la segunda parte le da voz a una gata que, camusianamente, ve la vida como una peste absurda y carente de propósito. A esta gata no le vienen con el cuento de las siete vidas porque para ella «…sólo una segunda oportunidad / …sería bastante» Para la gata de los Viande todo es «…un comienzo sin progreso ni final, / incluso en los espejos y en los ojos de vidrio, / donde se refleja, inerte, el mundo entero…» y se explica su existencia con la siguiente idea «…estamos muertos porque estamos vivos…» Es impresionante que una gata, símbolo de la inmortalidad, “devuelva” la vida a una miseria que le parece más propia y verosímil.

Esta cosmovisión no es nueva y ha sido el espacio natural de la poesía y otras formas de expresión por décadas. En el poema Daniel Kröll se fortalece este discurso: «…cada mañana recuerdo con los buitres / que asierran la aurora, su sangre, madera del Estado, / y después cuando la tarde ya curca y tullida / cierra sus élitros para que podamos descansar / me envuelve con su bruma la tos de los cuatreros…» Es impresionante el tono chileno de estos versos y la síntesis perfecta de nuestra propensión a la queja y la enfermedad, como hipocondríacos espirituales que, en un día malo, podríamos ver al mismísimo sol y a su esperma, consumidos por la muerte y devorados por aves de carroña.

Me parece, así, que una de las características impresionantes de Colonos es reflejar (como Verniory al comienzo) el nihilismo propio de nuestra época, matizado por una cierta espiritualidad chilena, proclive a la enfermedad y la amargura. De hecho, el último poema (Charles Girardet) clausura cualquier puerta a la esperanza en el retrato de una familia carcomida por la locura y la violencia. ¿Tiene esto algún grado de parentesco con nuestra realidad actual? ¿Muestra en alguna medida el creciente recelo hacia la política y las instituciones nacionales? ¿La falta de fe convertida en una nueva forma de fe tanto chilena como universal?

La voz del último poema es la de un hombre viejo, quebrantado y medio loco, que ve en la soledad la falta total de sentido. Y no deja de inquietar esta imagen en un país que hace noticia (de vez en cuando) por la forma en que trata a sus ancianos.

El libro me parece de gran nivel expresivo, urdido con mucha inteligencia y habitado por imágenes cuya profundidad y riqueza lexical son evidentes. Pero me pregunto si tiene algún sentido que a este lado de la línea de tiempo los poetas solo crean en decesos.

Marcelo Uribe Lamour
Huechuraba, octubre, 2015