Las publicaciones y los proyectos de investigación tributan a las Áreas Prioritarias de Desarrollo Académico (APDA) que están definidas por la facultad. Así, la Facultad de Ingeniería ha definido sus áreas prioritarias APDAs en Industrias Sostenibles, Transformación digital y Ciencia de Datos.

A su vez, las líneas de Investigación declaradas para la carrera de Ingeniería Civil Industrial son: Ingeniería de Procesos y Sostenibilidad Industrial e Ingeniería de Investigación Aplicada. Y en la carrera de Ingeniería Civil Informática y Telecomunicaciones son: Ciencia de Datos e Inteligencia Artificial, e  Ingeniería de Investigación Aplicada.

Publicaciones

NIHILISMO A LA CHILENA: UNA LECTURA DE “COLONOS”

Título: “Colonos”
Autor: Leonardo Sanhueza
Editorial: Cuneta
Género: Poesía
Año de publicación:2011

Cuando reviso los libros de Leonardo Sanhueza, pienso que desde Cortejo a la llovizna hasta Colonos, su último poemario, se registra una pérdida de fe. Parece que una forma de escepticismo espectral domina ahora su visión poética, el tono y el alcance de su lenguaje. Un desencanto pausado y persistente. En lo estrictamente estético, su fraseo intenso y exuberante dio paso a un discurso más preciso, con mayor brillo intelectual y, al mismo tiempo, más lapidario y amargo.

Es cosa de pensar en los títulos de sus libros: Cortejo a la llovizna, Tres bóvedas, La Ley de Snell, Colonos. Este último es el único que ocupa tan solo una palabra para presentarse. Parco desde la portada, vacío de lirismo. Hasta la sonoridad de la palabra Colonos es árida y cortante como una navaja puesta en la mesa del lector.

La atmósfera del libro es sombría, violenta. Dividido en dos secciones (la primera en prosa), cuenta parte de la historia del belga Gustave Verniory, antes y durante su travesía a América en busca de fortuna. La segunda, escrita bajo la inevitable influencia del Spoon River de Edgar Lee Master, compila las voces de colonos ¿vivos? y muertos en el sur de Chile.

A pesar de la división prosa/verso lo uno como lo otro conviven intercambiando la pulpa. Al leer versos, la fluidez y el ritmo hacen pensar en prosa, y al leer la prosa, las imágenes y sentencias me parecen propias del verso. La mixtura pone el acento en la naturaleza narrativa de todo el libro, pero narrativa en un sentido poético, narrativa en un sentido más antiguo que nosotros, cuando la vida de los hombres era contada y cantada al mismo tiempo, cuando la mirada humana no era altiva ni tampoco despreciaba su lugar en el universo. Pero ese es otro tema. Volvamos.

La primera parte se cierra con esta imagen: «Nadie lo escuchaba. Como tampoco nadie lo veía, a continuación sacó el espejo de mano que solía llevar en un bolsillo de su chaqueta y, después de mirarse en él por última vez, lo limpió con su camisa y lo dejó caer en el mar».

Este cierre me pareció penetrante, profundo y muy emotivo. ¿Quién no ha querido mirarse por última vez en el espejo del pasado, limpiarlo de toda su oscuridad y arrojarlo al mar? Recordé al profeta Miqueas cuando dijo «Volverás a tener compasión de nosotros. /¡Aplastarás nuestros pecados bajo tus pies / y los arrojarás a las profundidades del océano!» (Miq 7, 19 / NTV). Esta escena que retrata a Verniory arrojando su antiguo reflejo al mar instala a “la identidad” como tema. ¿Quién fue y quién será Gustave? Por otra parte, ¿El viaje sin memoria es un largo exilio o un regreso a casa? ¿Es Gustave más parecido a Ulises persiguiendo el hogar perdido o a Moisés buscando la tierra prometida? ¿O tanto Ulises como Moisés buscan lo mismo?

Creo que la expectativa construida en Verniory tiene alcance universal. Y quizá la imposibilidad humana de lanzar el reflejo para perderlo en el agua, se vuelve drásticamente real en la segunda parte del libro: violenta, grotesca y absurda.

El tercer poema de la segunda parte le da voz a una gata que, camusianamente, ve la vida como una peste absurda y carente de propósito. A esta gata no le vienen con el cuento de las siete vidas porque para ella «…sólo una segunda oportunidad / …sería bastante» Para la gata de los Viande todo es «…un comienzo sin progreso ni final, / incluso en los espejos y en los ojos de vidrio, / donde se refleja, inerte, el mundo entero…» y se explica su existencia con la siguiente idea «…estamos muertos porque estamos vivos…» Es impresionante que una gata, símbolo de la inmortalidad, “devuelva” la vida a una miseria que le parece más propia y verosímil.

Esta cosmovisión no es nueva y ha sido el espacio natural de la poesía y otras formas de expresión por décadas. En el poema Daniel Kröll se fortalece este discurso: «…cada mañana recuerdo con los buitres / que asierran la aurora, su sangre, madera del Estado, / y después cuando la tarde ya curca y tullida / cierra sus élitros para que podamos descansar / me envuelve con su bruma la tos de los cuatreros…» Es impresionante el tono chileno de estos versos y la síntesis perfecta de nuestra propensión a la queja y la enfermedad, como hipocondríacos espirituales que, en un día malo, podríamos ver al mismísimo sol y a su esperma, consumidos por la muerte y devorados por aves de carroña.

Me parece, así, que una de las características impresionantes de Colonos es reflejar (como Verniory al comienzo) el nihilismo propio de nuestra época, matizado por una cierta espiritualidad chilena, proclive a la enfermedad y la amargura. De hecho, el último poema (Charles Girardet) clausura cualquier puerta a la esperanza en el retrato de una familia carcomida por la locura y la violencia. ¿Tiene esto algún grado de parentesco con nuestra realidad actual? ¿Muestra en alguna medida el creciente recelo hacia la política y las instituciones nacionales? ¿La falta de fe convertida en una nueva forma de fe tanto chilena como universal?

La voz del último poema es la de un hombre viejo, quebrantado y medio loco, que ve en la soledad la falta total de sentido. Y no deja de inquietar esta imagen en un país que hace noticia (de vez en cuando) por la forma en que trata a sus ancianos.

El libro me parece de gran nivel expresivo, urdido con mucha inteligencia y habitado por imágenes cuya profundidad y riqueza lexical son evidentes. Pero me pregunto si tiene algún sentido que a este lado de la línea de tiempo los poetas solo crean en decesos.

Marcelo Uribe Lamour
Huechuraba, octubre, 2015

‘NOCTURNA’ DE GUILLERMO MONDACA

Que Guillermo Mondaca es un poeta joven y este es su primer libro podría ser un dato irrelevante, pero en este caso no, dado que nos hallamos frente a un discurso insospechado e inusual para un poeta de su edad, de su tiempo y de su ethos lírico: me explico, cuando Guillermo me invitó a presentar su libro, pensé encontrarme con una poética al uso por decirlo de alguna manera: post, urbana, transgresora con sus predecesores, partícipe de esa suerte de retórica que puede llegar a abrumar hasta el cansancio del nuevo poeta entramado, como el mismo material de la urbe, cemento en tanto piel, lumínicos en tanto pupilas, simulacro en tanto cuerpo, por la saturación de las imágenes, de lo evanescente, de la virtualidad, del universo saturado de información, de la web, etc., etc., es decir un poeta que se sumaría al dictum de Marschal Berman que nos dice y repite que “todo lo sólido se disuelve en el aire”.

Pero en Nocturna (título bastante inusual además en nuestros jóvenes post) nada está en aquel estado de disolución posmo, sino todo lo contrario. O aparentemente. Todo poemario lúcido o que se precie de tal, que participe del decir de nuestro tiempo, está lleno de celadas. Y yo puedo estar cayendo en las celadas (que no me cabe duda que las tiene) del libro de Guillermo. Un poemario que parece intentar alejarse de la retórica urbana y posmoderna, del dolorido sentir de la simulación y el asfalto (o su simulación) indudablemente se nos hace, de muchas maneras “sospechoso”. Y me gusta internarme en un libro pletórico de sospechas por su textualidad, o mejor, por el espesor de su textualidad, por la diapasón de imágenes que provienen de otra escena textual que no lo emparenta con su generación, donde la urbe y su orbe fragmentario, quebrado, tribal, no tiene, aparentemente, lugar.

Por decirlo directamente: es como si Guillermo quisiera, volitivamente, alejarse de esas escenas discursivas y mirar el mundo desde otro locus lírico; ¿Cuál? El del discurso que se allega a poetas y poéticas al parecer ya “superadas” (digo, al parecer y entre comillas) donde el discurso en toda su opacidad, el texto en sus más complejos entramados, la imagen como centro del logos, la metáfora como procedimiento irrecusable, es lo primordial, en tanto, insisto en el término, su espesor textual nos coloca ante un poemario cuya exégesis exige retomar ciertas lecturas, ciertos decires, que ya se habían clausurado para la joven poesía, en tanto una escena literaria donde nos hallamos bajo la superficie del texto, donde la revelación y cierta metafísica, todavía nos quieren hablar desde su espacio opaco y logocéntrico: un Anguita, un Gonzalo Rojas, y, me atrevo a decirlo, al Neruda tan poco revisitado de las Residencias –guardando, claro ciertas distancias- a un Lorca del Romancero Gitano, y hasta en un decir Withmaniano, entre otros célebres referentes. Es decir, un poeta que asume todos los riesgos posibles de sus lecturas y sus vaciados en su propia lírica.

El poemario se puede o quiere que se lea como una suerte de viaje cósmico, de entrada en la materia, la materia que constituye al mundo incluso antes de la ciudad ya cifrada por Baudelaire y posteriormente por las vanguardias , post vanguardias y neovanguardias. (Desde Vallejo a Lihn, desde Parra a Maquieira y hoy por hoy, Carrasco o Figueroa). No hay, como decía, referencias ni angustias posmo, rocanroleras, tribales. Tenemos a un sujeto que nos habla de su génesis cosmogónica y su devenir cosmológico, y esta génesis, insisto, está situada en la materia del mundo, entendiendo por materia aquellos elementos fenomenológicos que hallamos en la lectura de la literatura a través de la fenomenología de un Gastón Bachelard: un psicoanálisis del fuego, del agua, del aire y sus sueños, de la tierra como elemento matriz, y sus relaciones con el hombre y su danzar con el Mundo. Guillermo se interna en la materia bachelerianamente, indagando en el permanente abrazo de los elementos en una estética trascendente, pero siempre hic et nunc, sin olvidar que en el centro y en los vórtices de la materia hay un sujeto que la padece y la goza a la vez: allí radica su eros y su tánatos, su sentimiento de vida y de muerte, su erotismo y su padecimiento.

Por eso retomo la idea planteada más arriba: de espaldas al asfalto y a la virtualidad, el sujeto de Nocturna retorna a la materialidad primordial, sin olvidar que está en desventaja con el mundo, como en toda poesía que se precie de tal: “No puedes cantar con los dientes rotos, mordiéndote la boca”, afirma.

Su permanente apelación a la materia:

“Somos el humo que abrazando su propósito de fuego quema la luz, borra el incendio. Nos sostiene la piel de la imagen arrancada, la palabra que se cae y se quiebra en la otra orilla de la voz, nos sostiene”,

escenifica el conflicto lírico en un constante abrazo de los elementos, en una erótica inmanente/trascendente que se resuelve –o lo intenta- en su discursividad más bien opaca y espesa. Una discursividad que permanentemente apela a la visualidad de las imágenes, pero, como decía, una visualidad que echa raíces en una matriz arraigada en lo material del Mundo, a una suerte de árbol de la vida (pienso en Humberto Maturana y su concepción de una autopoiesis planteada ya desde su El árbol del conocimiento)

Entrada en la materia y entrada en el tiempo, Nocturna, sin dejar de sufrir los estertores del poeta moderno, trata de dar un paso más allá –riesgo o celada o trampa- emprender otra épica que, siguiendo una posible lectura de Saint John Perse, Rosamel del Valle, Anguita, o los giros del Canto Cósmico del último Ernesto Cardenal, encuentre “la rompiente aún lisa sus manos que hilan la arena en orillas que terminan hacia el aire, mientras desgaja la cadena que sostiene la cerrada mandíbula del mar.”

Capítulos de Libros

NIHILISMO A LA CHILENA: UNA LECTURA DE “COLONOS”

Título: “Colonos”
Autor: Leonardo Sanhueza
Editorial: Cuneta
Género: Poesía
Año de publicación:2011

Cuando reviso los libros de Leonardo Sanhueza, pienso que desde Cortejo a la llovizna hasta Colonos, su último poemario, se registra una pérdida de fe. Parece que una forma de escepticismo espectral domina ahora su visión poética, el tono y el alcance de su lenguaje. Un desencanto pausado y persistente. En lo estrictamente estético, su fraseo intenso y exuberante dio paso a un discurso más preciso, con mayor brillo intelectual y, al mismo tiempo, más lapidario y amargo.

Es cosa de pensar en los títulos de sus libros: Cortejo a la llovizna, Tres bóvedas, La Ley de Snell, Colonos. Este último es el único que ocupa tan solo una palabra para presentarse. Parco desde la portada, vacío de lirismo. Hasta la sonoridad de la palabra Colonos es árida y cortante como una navaja puesta en la mesa del lector.

La atmósfera del libro es sombría, violenta. Dividido en dos secciones (la primera en prosa), cuenta parte de la historia del belga Gustave Verniory, antes y durante su travesía a América en busca de fortuna. La segunda, escrita bajo la inevitable influencia del Spoon River de Edgar Lee Master, compila las voces de colonos ¿vivos? y muertos en el sur de Chile.

A pesar de la división prosa/verso lo uno como lo otro conviven intercambiando la pulpa. Al leer versos, la fluidez y el ritmo hacen pensar en prosa, y al leer la prosa, las imágenes y sentencias me parecen propias del verso. La mixtura pone el acento en la naturaleza narrativa de todo el libro, pero narrativa en un sentido poético, narrativa en un sentido más antiguo que nosotros, cuando la vida de los hombres era contada y cantada al mismo tiempo, cuando la mirada humana no era altiva ni tampoco despreciaba su lugar en el universo. Pero ese es otro tema. Volvamos.

La primera parte se cierra con esta imagen: «Nadie lo escuchaba. Como tampoco nadie lo veía, a continuación sacó el espejo de mano que solía llevar en un bolsillo de su chaqueta y, después de mirarse en él por última vez, lo limpió con su camisa y lo dejó caer en el mar».

Este cierre me pareció penetrante, profundo y muy emotivo. ¿Quién no ha querido mirarse por última vez en el espejo del pasado, limpiarlo de toda su oscuridad y arrojarlo al mar? Recordé al profeta Miqueas cuando dijo «Volverás a tener compasión de nosotros. /¡Aplastarás nuestros pecados bajo tus pies / y los arrojarás a las profundidades del océano!» (Miq 7, 19 / NTV). Esta escena que retrata a Verniory arrojando su antiguo reflejo al mar instala a “la identidad” como tema. ¿Quién fue y quién será Gustave? Por otra parte, ¿El viaje sin memoria es un largo exilio o un regreso a casa? ¿Es Gustave más parecido a Ulises persiguiendo el hogar perdido o a Moisés buscando la tierra prometida? ¿O tanto Ulises como Moisés buscan lo mismo?

Creo que la expectativa construida en Verniory tiene alcance universal. Y quizá la imposibilidad humana de lanzar el reflejo para perderlo en el agua, se vuelve drásticamente real en la segunda parte del libro: violenta, grotesca y absurda.

El tercer poema de la segunda parte le da voz a una gata que, camusianamente, ve la vida como una peste absurda y carente de propósito. A esta gata no le vienen con el cuento de las siete vidas porque para ella «…sólo una segunda oportunidad / …sería bastante» Para la gata de los Viande todo es «…un comienzo sin progreso ni final, / incluso en los espejos y en los ojos de vidrio, / donde se refleja, inerte, el mundo entero…» y se explica su existencia con la siguiente idea «…estamos muertos porque estamos vivos…» Es impresionante que una gata, símbolo de la inmortalidad, “devuelva” la vida a una miseria que le parece más propia y verosímil.

Esta cosmovisión no es nueva y ha sido el espacio natural de la poesía y otras formas de expresión por décadas. En el poema Daniel Kröll se fortalece este discurso: «…cada mañana recuerdo con los buitres / que asierran la aurora, su sangre, madera del Estado, / y después cuando la tarde ya curca y tullida / cierra sus élitros para que podamos descansar / me envuelve con su bruma la tos de los cuatreros…» Es impresionante el tono chileno de estos versos y la síntesis perfecta de nuestra propensión a la queja y la enfermedad, como hipocondríacos espirituales que, en un día malo, podríamos ver al mismísimo sol y a su esperma, consumidos por la muerte y devorados por aves de carroña.

Me parece, así, que una de las características impresionantes de Colonos es reflejar (como Verniory al comienzo) el nihilismo propio de nuestra época, matizado por una cierta espiritualidad chilena, proclive a la enfermedad y la amargura. De hecho, el último poema (Charles Girardet) clausura cualquier puerta a la esperanza en el retrato de una familia carcomida por la locura y la violencia. ¿Tiene esto algún grado de parentesco con nuestra realidad actual? ¿Muestra en alguna medida el creciente recelo hacia la política y las instituciones nacionales? ¿La falta de fe convertida en una nueva forma de fe tanto chilena como universal?

La voz del último poema es la de un hombre viejo, quebrantado y medio loco, que ve en la soledad la falta total de sentido. Y no deja de inquietar esta imagen en un país que hace noticia (de vez en cuando) por la forma en que trata a sus ancianos.

El libro me parece de gran nivel expresivo, urdido con mucha inteligencia y habitado por imágenes cuya profundidad y riqueza lexical son evidentes. Pero me pregunto si tiene algún sentido que a este lado de la línea de tiempo los poetas solo crean en decesos.

Marcelo Uribe Lamour
Huechuraba, octubre, 2015

‘NOCTURNA’ DE GUILLERMO MONDACA

Que Guillermo Mondaca es un poeta joven y este es su primer libro podría ser un dato irrelevante, pero en este caso no, dado que nos hallamos frente a un discurso insospechado e inusual para un poeta de su edad, de su tiempo y de su ethos lírico: me explico, cuando Guillermo me invitó a presentar su libro, pensé encontrarme con una poética al uso por decirlo de alguna manera: post, urbana, transgresora con sus predecesores, partícipe de esa suerte de retórica que puede llegar a abrumar hasta el cansancio del nuevo poeta entramado, como el mismo material de la urbe, cemento en tanto piel, lumínicos en tanto pupilas, simulacro en tanto cuerpo, por la saturación de las imágenes, de lo evanescente, de la virtualidad, del universo saturado de información, de la web, etc., etc., es decir un poeta que se sumaría al dictum de Marschal Berman que nos dice y repite que “todo lo sólido se disuelve en el aire”.

Pero en Nocturna (título bastante inusual además en nuestros jóvenes post) nada está en aquel estado de disolución posmo, sino todo lo contrario. O aparentemente. Todo poemario lúcido o que se precie de tal, que participe del decir de nuestro tiempo, está lleno de celadas. Y yo puedo estar cayendo en las celadas (que no me cabe duda que las tiene) del libro de Guillermo. Un poemario que parece intentar alejarse de la retórica urbana y posmoderna, del dolorido sentir de la simulación y el asfalto (o su simulación) indudablemente se nos hace, de muchas maneras “sospechoso”. Y me gusta internarme en un libro pletórico de sospechas por su textualidad, o mejor, por el espesor de su textualidad, por la diapasón de imágenes que provienen de otra escena textual que no lo emparenta con su generación, donde la urbe y su orbe fragmentario, quebrado, tribal, no tiene, aparentemente, lugar.

Por decirlo directamente: es como si Guillermo quisiera, volitivamente, alejarse de esas escenas discursivas y mirar el mundo desde otro locus lírico; ¿Cuál? El del discurso que se allega a poetas y poéticas al parecer ya “superadas” (digo, al parecer y entre comillas) donde el discurso en toda su opacidad, el texto en sus más complejos entramados, la imagen como centro del logos, la metáfora como procedimiento irrecusable, es lo primordial, en tanto, insisto en el término, su espesor textual nos coloca ante un poemario cuya exégesis exige retomar ciertas lecturas, ciertos decires, que ya se habían clausurado para la joven poesía, en tanto una escena literaria donde nos hallamos bajo la superficie del texto, donde la revelación y cierta metafísica, todavía nos quieren hablar desde su espacio opaco y logocéntrico: un Anguita, un Gonzalo Rojas, y, me atrevo a decirlo, al Neruda tan poco revisitado de las Residencias –guardando, claro ciertas distancias- a un Lorca del Romancero Gitano, y hasta en un decir Withmaniano, entre otros célebres referentes. Es decir, un poeta que asume todos los riesgos posibles de sus lecturas y sus vaciados en su propia lírica.

El poemario se puede o quiere que se lea como una suerte de viaje cósmico, de entrada en la materia, la materia que constituye al mundo incluso antes de la ciudad ya cifrada por Baudelaire y posteriormente por las vanguardias , post vanguardias y neovanguardias. (Desde Vallejo a Lihn, desde Parra a Maquieira y hoy por hoy, Carrasco o Figueroa). No hay, como decía, referencias ni angustias posmo, rocanroleras, tribales. Tenemos a un sujeto que nos habla de su génesis cosmogónica y su devenir cosmológico, y esta génesis, insisto, está situada en la materia del mundo, entendiendo por materia aquellos elementos fenomenológicos que hallamos en la lectura de la literatura a través de la fenomenología de un Gastón Bachelard: un psicoanálisis del fuego, del agua, del aire y sus sueños, de la tierra como elemento matriz, y sus relaciones con el hombre y su danzar con el Mundo. Guillermo se interna en la materia bachelerianamente, indagando en el permanente abrazo de los elementos en una estética trascendente, pero siempre hic et nunc, sin olvidar que en el centro y en los vórtices de la materia hay un sujeto que la padece y la goza a la vez: allí radica su eros y su tánatos, su sentimiento de vida y de muerte, su erotismo y su padecimiento.

Por eso retomo la idea planteada más arriba: de espaldas al asfalto y a la virtualidad, el sujeto de Nocturna retorna a la materialidad primordial, sin olvidar que está en desventaja con el mundo, como en toda poesía que se precie de tal: “No puedes cantar con los dientes rotos, mordiéndote la boca”, afirma.

Su permanente apelación a la materia:

“Somos el humo que abrazando su propósito de fuego quema la luz, borra el incendio. Nos sostiene la piel de la imagen arrancada, la palabra que se cae y se quiebra en la otra orilla de la voz, nos sostiene”,

escenifica el conflicto lírico en un constante abrazo de los elementos, en una erótica inmanente/trascendente que se resuelve –o lo intenta- en su discursividad más bien opaca y espesa. Una discursividad que permanentemente apela a la visualidad de las imágenes, pero, como decía, una visualidad que echa raíces en una matriz arraigada en lo material del Mundo, a una suerte de árbol de la vida (pienso en Humberto Maturana y su concepción de una autopoiesis planteada ya desde su El árbol del conocimiento)

Entrada en la materia y entrada en el tiempo, Nocturna, sin dejar de sufrir los estertores del poeta moderno, trata de dar un paso más allá –riesgo o celada o trampa- emprender otra épica que, siguiendo una posible lectura de Saint John Perse, Rosamel del Valle, Anguita, o los giros del Canto Cósmico del último Ernesto Cardenal, encuentre “la rompiente aún lisa sus manos que hilan la arena en orillas que terminan hacia el aire, mientras desgaja la cadena que sostiene la cerrada mandíbula del mar.”

Artículos

NIHILISMO A LA CHILENA: UNA LECTURA DE “COLONOS”

Título: “Colonos”
Autor: Leonardo Sanhueza
Editorial: Cuneta
Género: Poesía
Año de publicación:2011

Cuando reviso los libros de Leonardo Sanhueza, pienso que desde Cortejo a la llovizna hasta Colonos, su último poemario, se registra una pérdida de fe. Parece que una forma de escepticismo espectral domina ahora su visión poética, el tono y el alcance de su lenguaje. Un desencanto pausado y persistente. En lo estrictamente estético, su fraseo intenso y exuberante dio paso a un discurso más preciso, con mayor brillo intelectual y, al mismo tiempo, más lapidario y amargo.

Es cosa de pensar en los títulos de sus libros: Cortejo a la llovizna, Tres bóvedas, La Ley de Snell, Colonos. Este último es el único que ocupa tan solo una palabra para presentarse. Parco desde la portada, vacío de lirismo. Hasta la sonoridad de la palabra Colonos es árida y cortante como una navaja puesta en la mesa del lector.

La atmósfera del libro es sombría, violenta. Dividido en dos secciones (la primera en prosa), cuenta parte de la historia del belga Gustave Verniory, antes y durante su travesía a América en busca de fortuna. La segunda, escrita bajo la inevitable influencia del Spoon River de Edgar Lee Master, compila las voces de colonos ¿vivos? y muertos en el sur de Chile.

A pesar de la división prosa/verso lo uno como lo otro conviven intercambiando la pulpa. Al leer versos, la fluidez y el ritmo hacen pensar en prosa, y al leer la prosa, las imágenes y sentencias me parecen propias del verso. La mixtura pone el acento en la naturaleza narrativa de todo el libro, pero narrativa en un sentido poético, narrativa en un sentido más antiguo que nosotros, cuando la vida de los hombres era contada y cantada al mismo tiempo, cuando la mirada humana no era altiva ni tampoco despreciaba su lugar en el universo. Pero ese es otro tema. Volvamos.

La primera parte se cierra con esta imagen: «Nadie lo escuchaba. Como tampoco nadie lo veía, a continuación sacó el espejo de mano que solía llevar en un bolsillo de su chaqueta y, después de mirarse en él por última vez, lo limpió con su camisa y lo dejó caer en el mar».

Este cierre me pareció penetrante, profundo y muy emotivo. ¿Quién no ha querido mirarse por última vez en el espejo del pasado, limpiarlo de toda su oscuridad y arrojarlo al mar? Recordé al profeta Miqueas cuando dijo «Volverás a tener compasión de nosotros. /¡Aplastarás nuestros pecados bajo tus pies / y los arrojarás a las profundidades del océano!» (Miq 7, 19 / NTV). Esta escena que retrata a Verniory arrojando su antiguo reflejo al mar instala a “la identidad” como tema. ¿Quién fue y quién será Gustave? Por otra parte, ¿El viaje sin memoria es un largo exilio o un regreso a casa? ¿Es Gustave más parecido a Ulises persiguiendo el hogar perdido o a Moisés buscando la tierra prometida? ¿O tanto Ulises como Moisés buscan lo mismo?

Creo que la expectativa construida en Verniory tiene alcance universal. Y quizá la imposibilidad humana de lanzar el reflejo para perderlo en el agua, se vuelve drásticamente real en la segunda parte del libro: violenta, grotesca y absurda.

El tercer poema de la segunda parte le da voz a una gata que, camusianamente, ve la vida como una peste absurda y carente de propósito. A esta gata no le vienen con el cuento de las siete vidas porque para ella «…sólo una segunda oportunidad / …sería bastante» Para la gata de los Viande todo es «…un comienzo sin progreso ni final, / incluso en los espejos y en los ojos de vidrio, / donde se refleja, inerte, el mundo entero…» y se explica su existencia con la siguiente idea «…estamos muertos porque estamos vivos…» Es impresionante que una gata, símbolo de la inmortalidad, “devuelva” la vida a una miseria que le parece más propia y verosímil.

Esta cosmovisión no es nueva y ha sido el espacio natural de la poesía y otras formas de expresión por décadas. En el poema Daniel Kröll se fortalece este discurso: «…cada mañana recuerdo con los buitres / que asierran la aurora, su sangre, madera del Estado, / y después cuando la tarde ya curca y tullida / cierra sus élitros para que podamos descansar / me envuelve con su bruma la tos de los cuatreros…» Es impresionante el tono chileno de estos versos y la síntesis perfecta de nuestra propensión a la queja y la enfermedad, como hipocondríacos espirituales que, en un día malo, podríamos ver al mismísimo sol y a su esperma, consumidos por la muerte y devorados por aves de carroña.

Me parece, así, que una de las características impresionantes de Colonos es reflejar (como Verniory al comienzo) el nihilismo propio de nuestra época, matizado por una cierta espiritualidad chilena, proclive a la enfermedad y la amargura. De hecho, el último poema (Charles Girardet) clausura cualquier puerta a la esperanza en el retrato de una familia carcomida por la locura y la violencia. ¿Tiene esto algún grado de parentesco con nuestra realidad actual? ¿Muestra en alguna medida el creciente recelo hacia la política y las instituciones nacionales? ¿La falta de fe convertida en una nueva forma de fe tanto chilena como universal?

La voz del último poema es la de un hombre viejo, quebrantado y medio loco, que ve en la soledad la falta total de sentido. Y no deja de inquietar esta imagen en un país que hace noticia (de vez en cuando) por la forma en que trata a sus ancianos.

El libro me parece de gran nivel expresivo, urdido con mucha inteligencia y habitado por imágenes cuya profundidad y riqueza lexical son evidentes. Pero me pregunto si tiene algún sentido que a este lado de la línea de tiempo los poetas solo crean en decesos.

Marcelo Uribe Lamour
Huechuraba, octubre, 2015

‘NOCTURNA’ DE GUILLERMO MONDACA

Que Guillermo Mondaca es un poeta joven y este es su primer libro podría ser un dato irrelevante, pero en este caso no, dado que nos hallamos frente a un discurso insospechado e inusual para un poeta de su edad, de su tiempo y de su ethos lírico: me explico, cuando Guillermo me invitó a presentar su libro, pensé encontrarme con una poética al uso por decirlo de alguna manera: post, urbana, transgresora con sus predecesores, partícipe de esa suerte de retórica que puede llegar a abrumar hasta el cansancio del nuevo poeta entramado, como el mismo material de la urbe, cemento en tanto piel, lumínicos en tanto pupilas, simulacro en tanto cuerpo, por la saturación de las imágenes, de lo evanescente, de la virtualidad, del universo saturado de información, de la web, etc., etc., es decir un poeta que se sumaría al dictum de Marschal Berman que nos dice y repite que “todo lo sólido se disuelve en el aire”.

Pero en Nocturna (título bastante inusual además en nuestros jóvenes post) nada está en aquel estado de disolución posmo, sino todo lo contrario. O aparentemente. Todo poemario lúcido o que se precie de tal, que participe del decir de nuestro tiempo, está lleno de celadas. Y yo puedo estar cayendo en las celadas (que no me cabe duda que las tiene) del libro de Guillermo. Un poemario que parece intentar alejarse de la retórica urbana y posmoderna, del dolorido sentir de la simulación y el asfalto (o su simulación) indudablemente se nos hace, de muchas maneras “sospechoso”. Y me gusta internarme en un libro pletórico de sospechas por su textualidad, o mejor, por el espesor de su textualidad, por la diapasón de imágenes que provienen de otra escena textual que no lo emparenta con su generación, donde la urbe y su orbe fragmentario, quebrado, tribal, no tiene, aparentemente, lugar.

Por decirlo directamente: es como si Guillermo quisiera, volitivamente, alejarse de esas escenas discursivas y mirar el mundo desde otro locus lírico; ¿Cuál? El del discurso que se allega a poetas y poéticas al parecer ya “superadas” (digo, al parecer y entre comillas) donde el discurso en toda su opacidad, el texto en sus más complejos entramados, la imagen como centro del logos, la metáfora como procedimiento irrecusable, es lo primordial, en tanto, insisto en el término, su espesor textual nos coloca ante un poemario cuya exégesis exige retomar ciertas lecturas, ciertos decires, que ya se habían clausurado para la joven poesía, en tanto una escena literaria donde nos hallamos bajo la superficie del texto, donde la revelación y cierta metafísica, todavía nos quieren hablar desde su espacio opaco y logocéntrico: un Anguita, un Gonzalo Rojas, y, me atrevo a decirlo, al Neruda tan poco revisitado de las Residencias –guardando, claro ciertas distancias- a un Lorca del Romancero Gitano, y hasta en un decir Withmaniano, entre otros célebres referentes. Es decir, un poeta que asume todos los riesgos posibles de sus lecturas y sus vaciados en su propia lírica.

El poemario se puede o quiere que se lea como una suerte de viaje cósmico, de entrada en la materia, la materia que constituye al mundo incluso antes de la ciudad ya cifrada por Baudelaire y posteriormente por las vanguardias , post vanguardias y neovanguardias. (Desde Vallejo a Lihn, desde Parra a Maquieira y hoy por hoy, Carrasco o Figueroa). No hay, como decía, referencias ni angustias posmo, rocanroleras, tribales. Tenemos a un sujeto que nos habla de su génesis cosmogónica y su devenir cosmológico, y esta génesis, insisto, está situada en la materia del mundo, entendiendo por materia aquellos elementos fenomenológicos que hallamos en la lectura de la literatura a través de la fenomenología de un Gastón Bachelard: un psicoanálisis del fuego, del agua, del aire y sus sueños, de la tierra como elemento matriz, y sus relaciones con el hombre y su danzar con el Mundo. Guillermo se interna en la materia bachelerianamente, indagando en el permanente abrazo de los elementos en una estética trascendente, pero siempre hic et nunc, sin olvidar que en el centro y en los vórtices de la materia hay un sujeto que la padece y la goza a la vez: allí radica su eros y su tánatos, su sentimiento de vida y de muerte, su erotismo y su padecimiento.

Por eso retomo la idea planteada más arriba: de espaldas al asfalto y a la virtualidad, el sujeto de Nocturna retorna a la materialidad primordial, sin olvidar que está en desventaja con el mundo, como en toda poesía que se precie de tal: “No puedes cantar con los dientes rotos, mordiéndote la boca”, afirma.

Su permanente apelación a la materia:

“Somos el humo que abrazando su propósito de fuego quema la luz, borra el incendio. Nos sostiene la piel de la imagen arrancada, la palabra que se cae y se quiebra en la otra orilla de la voz, nos sostiene”,

escenifica el conflicto lírico en un constante abrazo de los elementos, en una erótica inmanente/trascendente que se resuelve –o lo intenta- en su discursividad más bien opaca y espesa. Una discursividad que permanentemente apela a la visualidad de las imágenes, pero, como decía, una visualidad que echa raíces en una matriz arraigada en lo material del Mundo, a una suerte de árbol de la vida (pienso en Humberto Maturana y su concepción de una autopoiesis planteada ya desde su El árbol del conocimiento)

Entrada en la materia y entrada en el tiempo, Nocturna, sin dejar de sufrir los estertores del poeta moderno, trata de dar un paso más allá –riesgo o celada o trampa- emprender otra épica que, siguiendo una posible lectura de Saint John Perse, Rosamel del Valle, Anguita, o los giros del Canto Cósmico del último Ernesto Cardenal, encuentre “la rompiente aún lisa sus manos que hilan la arena en orillas que terminan hacia el aire, mientras desgaja la cadena que sostiene la cerrada mandíbula del mar.”

Centro Valora

Atendemos al sector público y privado en materias de transformación digital, Industria 4.0.- y sustentabilidad.